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Bogotá, Colombia -Edición: 625 Fecha: Domingo 07-04-2024 |
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COLUMNISTA |
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El disco rayado
Por: Jotamario Arbeláez
Comencé hace ya un buen rato, desde que me instalé en mi paraíso en Villa de Leyva -donde hubo un mar y vivieron dinosaurios antes que yo-, a joder con la muerte en mis escritos de prensa, hasta que de pronto la misma prensa dio la noticia de mi muerte mientras yo roncaba feliz en una clínica de reposo donde en un pulmón me descubrieron un trombo que ya se fue. Mi anunciado deceso despertó llanto colectivo mundial y alborozo cuando se desmintió la noticia que voló como pájaro migratorio por las redes y los periódicos. Hubo una aclamación general acerca de mis cualidades y mis bondades, de algunas de las cuales ni yo mismo tenía noticia. No puedo negar que la arisca fortuna al fin me peló los dientes.
Con las pastillas anticoagulantes el trombo se volvió humo, pero debo seguir tomándolas para impedir que retorne. El problema latente es que la sangre adquiere tal fluidez que por ejemplo si me corto las venas me muero, o si me hago una herida en la cara con la navaja, e incluso se me pincho con una rosa como le sucedió al poeta Rilke, o a la mujer del cuento de Gabo que se iba desangrando en la nieve.
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Cuando Dios dijo “hágase la muerte” la muerte se
hizo la muerta. Y eso hice yo. Ya a la muerte me la pasé por la faja pero no sé
qué me quedo haciendo en la repetición de los mismos rituales, dormir y
despertar y bañarse y desayunar y hacer del cuerpo y hacer de cuenta que se hizo
el amor con las novias que se vuelven a vestir y se van. Vivir la vida como un
disco rayado. Menos mal que quedan los libros que no se han alcanzado a leer y
las películas que uno no recuerda si vio. Y que quedan algunos alzadores de
pesas y diestros con el violín y el pincel que sacan la cara por la especie
mientras que con el corazón en una mano y el sombrero en la otra asistimos al
entierro de los amigos que esperaron toda la vida sepultarnos con la pompa que
merecíamos. Porque uno espera que se vaya primero el otro con quien se compartió
pan y pedazo. Unos se entristecen y otros ni siquiera se darán cuenta. Nadie
sabe para quién se muere.
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cuerpo y en el alma que no tenía, pero también por los dolores del mundo que no
sabía cómo apagar. Pero como eso era el mal de mi generación, no me abstuve de
bailar la conga en una sola pata en cada reunión a la que asistía y en la cual
encontraba por lo general a una pareja que con su otra sola pata me seguía el
paso. Eduardo Escobar me motivó a dar el salto con su eslogan para una lotería
“Salga de la depresión”, y a la publicidad fui a parar de cabeza, para mofas de
la insurgencia. Y con sus honorables honorarios más los denarios de los premios
de poesía construí mi blanca morada.
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