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sobrepesca; y corvina (Micropogonias furnieri),
cuyas larvas duran bastante en el agua, de modo que se encontró que no había
poblaciones diferentes de esta especie.
El investigador recolectó 20 especímenes por cada área de muestreo para las 6
especies escogidas. Para las de fondos blandos someros, la colecta se hizo en
los sitios de desembarque con apoyo de pescadores que utilizan redes de enmalle
y palangres, o cordeles largos y gruesos, de los cuales penden unos ramales con
anzuelos en sus extremos. Para el caso de las de fondos rocosos, los muestreos
se hicieron con buceo autónomo, haciendo recolectas manuales y utilizando nasas
o arte de pesca artesanal.
En este estudio solo se contempló la porción de la línea costera y el mar
territorial de Colombia, donde se presentan las ecorregiones Caribe sur y
suroccidente. La primera incluye la península de La Guajira hasta el Parque
Nacional Natural Tayrona, y la segunda desde Santa Marta hasta Cabo Tiburón.
Entre las conclusiones se encuentra que: los análisis de diferenciación genética
y de varianza molecular sugieren que 4 especies se ajustan al modelo de cambio
genético abrupto ante una barrera biogeográfica (A. rivasi, C. pica, M.
melongena y S. proops). “Esto supone que la pluma del río Magdalena debe estar
actuando como barrera biogeográfica para especies marinas que tienen limitación
en su dispersión”, señala el investigador.

El otro hallazgo fue el efecto combinado que
causa la ausencia del fondo y litoral rocoso somero entre el Cabo de la Vela y
el sector de Santa Marta y el afloramiento semipermanente en La Guajira, la cual
opera para A. rivasi.
Sobre las especies de fondo blandos, se
supervisa la influencia de Sierra y de factores ecológicos y oceanográficos
sobre una ruptura genética entre Dibulla/Punta Gallinas e isla de Salamanca,
para M. melongena y S. proops.
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Son el factor que limita el proceso de
dispersión o movimiento de los organismos desde su lugar de nacimiento hasta su
sitio de reproducción.
Aunque se pensaría que el mar es una masa uniforme y que los animales que lo
habitan se pueden desplazar a su antojo, lo cierto es que existen barreras
biogeográficas -o frentes oceánicos- de distinta densidad que imponen límites
naturales y aíslan genéticamente las poblaciones de peces. Así lo evidenció el
estudio de 20 individuos de 6 especies colectadas a diferentes profundidades del
Caribe colombiano, entre La Guajira y Santa Marta.
Juan Carlos Narváez Barandica, doctor en Ciencias - Biología de la Universidad
Nacional (UNAL), explica que “dichas barreras son consideradas como el factor
que limita el proceso de dispersión o movimiento de los organismos desde su
lugar de nacimiento hasta su sitio de reproducción, impidiéndoles colonizar
otros lugares o ‘conectarse’ genéticamente con otras poblaciones”.

Su estudio lo realizó en la “pluma” del río
Magdalena, área conocida así porque en la costa Caribe se le suele llamar
“pluma” al grifo. Esta hace referencia a la carga de dispersión de sedimentos y
materiales de un río al llegar a la desembocadura del océano costero, que, en el
caso del principal afluente del país es muy alta, por lo que hay organismos que
no soportan estas condiciones y no pueden cruzar a otros lugares marinos.
Otro factor que incide en estas limitantes se relaciona con el estrechamiento de
la plataforma continental debido al levantamiento de la Sierra Nevada de Santa
Marta, que a lo largo de los años se fue desplazando hacia el norte ayudada por
las fuerzas geológicas, hasta que se ancló en la cuenca de Colombia y la montaña
quedó a la orilla del mar.
También existen otras barreras como la
ausencia del fondo y litoral rocoso somero entre el Cabo de la Vela y el sector
de
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Santa Marta, que significa que no hay fondos
duros constituidos ni arrecifes coralinos; y el hecho de que en La Guajira se
transportan masas de agua hacia el centro del mar Caribe, lo que podría limitar
la dispersión de larvas hacia el suroeste del litoral Caribe de Colombia.
Análisis a fondo
Para el estudio se seleccionaron 6 especies
marinas: 3 de fondos rocosos y 3 especies de aguas. Las primeras fueron:
tubícola mandíbula manchada (Acanthemblemaria rivasi), quigua o cigua (Cittarium
pica) y caracol nerita (Nerita tessellata).
Sobre estas, el biólogo marino Arturo Acero Pizarro –profesor de la UNAL Sede
Caribe y director de la investigación del doctor Narváez– explica: “la especie
A. rivasi es un pez pequeño que vive ligado a las rocas, en aguas muy someras;
sus estados larvarios duran poco (una semana o menos), y por lo tanto, hay
varias poblaciones; el segundo es un caracol muy apreciado por las personas que
conocen los productos marinos, pero está prácticamente extinto; está ligado a
fondos duros (continuación de las zonas rocosas emergidas en la tierra) y tiene
varias poblaciones; y el tercero es otro caracol herbívoro, que pastorea las
algas pegadas a las rocas”.
Las otras 3 especies de aguas se colectaron en aguas someras de fondos blandos o
arenosos, formados por pequeñas partículas sueltas de diferentes tamaños
(arenas, gravas, cascajo, fangos); estas fueron: chivita nolón (Melongena
melongena), un caracol cuya hembra pone cápsulas ovíjeras y desde estas sale un
caracol diminuto; bagre piedrero (Sciades proops), de alta importancia
comercial, amenazado por
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