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Bogotá, Colombia -Edición: 643 Fecha: Domingo 19-05-2024 |
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COLUMNISTA |
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Los zapatos del bisabuelo
Por: Jotamario Arbeláez
Tarde vine a descubrir que el mejor vehículo para transportarse
son los zapatos. Con los que uno anda por la tierra y el
pavimento, por el mar en el transatlántico y por las nubes en el
airbús. Cree uno que para que le rinda el tiempo hay que andar
en carro, y lo que hace es perder el espacio que brinda Cronos
cuando no se le pone más velocidad de la que conlleva. Al
comienzo de los años 50 pasaban por nuestras ciudades los
raidistas, provenientes del cono sur con destino a donde
llegaran, quienes después se llamaron los caminantes, que nos
remitían a Rimbaud, “caminante de la ancha carretera por entre
los bosques enanos”. Ahora marcho por la ciudad por prescripción
médica, pues el galeno me ha recetado caminar para mantener el
corazón mejor irrigado, los músculos más firmes, los huesos más
resistentes, y me doy cuenta de que me había perdido el paisaje
urbano, el campestre y el celeste, por pasármela leyendo libros
como pasajero en el carro. ¿A qué horas levantaron este edificio, tumbaron esos árboles, colgaron estos
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puentes, trazaron esta avenida? Desde los años sesenta no caminaba tanto, eran los tiempos ruidosos del obligado septimazo, cuando se tenía la oportunidad de localizar anfitriones sucesivos para el desayuno, el almuerzo y la comida sin olvidar la bebida. ¡Eran tiempos aquellos a cual más bellos!
Esto me hace acordar de la Cali de mi bisabuelo,
don David Raza, procedente de Ambato, en el Ecuador, quien vivía con su esposa
la bisabuela Delfina, con su hija Zoila Raza, con mi abuelo Luis F. Ramos,
sastre de alcurnia, y sus hijas Lida y Marina y sus nietas las mellizas rubia y
morena, Erika y Betty, en la calle 19 con 11D, enfrente de una fábrica de
tejidos que nunca apagaba sus telares y al voltear de la destellante Platería
Ramírez, a media cuadra de donde empezaba la zona de tolerancia, precisamente
del bar Acapulco, donde yo iba todavía de pantalón corto a ver bailar por la
ventana a Janeth, una doble de María Félix, hasta que la policía de bolillo me
mandaba de vuelta a casa.
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a su biznieto, y dirigía su regreso a la casa de mis papás, en San Nicolás, a descansar en la mecedora en tanto yo le leía de El Tiempo las aventuras de Don Pancho, que él celebraba con risotadas, porque yo por entonces no sabía leer y le inventaba los diálogos de don Pancho y doña Ramona.
Después de mi corta y lenta y fraudulenta lectura él pasaba a contarme historias de las sierras ecuatorianas, de los cruces de las familias Ramos y Raza, del nacimiento de los vástagos, de la migración masiva a Colombia en la que algunos se quedaron en Ipiales y en Pasto y los más llegaron a Cali, hasta que se iba quedando dormido y entonces yo me paraba a comerme los bananitos.
Le quitaba los zapatos al bisabuelo, hechos por él mismo sobre medidas, pues era un zapatero de filigrana, lo que posibilitaba a su yerno en la sastrería ofrecer el flush completo a los clientes. Estaban amalgamados con el polvo de los caminos. Acusaban el principio de un desgaste en el centro de las suelas, y la caída de los remates de plástico en la punta de los cordones. Eran unos zapatos que sabían para qué los habían mandado a medir el mundo.
Hoy soy yo el bisabuelo que rememora estos cuentos, sin un nieto o biznieto que los escuche y me ayude a quitar los míos. Pero para qué me los quito si de un momento a otro han de venir por mí y me temo que la caminata sea larga.
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