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Bogotá, Colombia -Edición: 657 Fecha: Viernes 21-06-2024 |
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COLUMNISTA |
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Abuela se quema
Por: Jotamario Arbeláez
El
31 de diciembre Jorge Giraldo llega a la casa cargado de
cohetes, triquitraques, papeletas, tronantes, volcanes,
buscaniguas, totes, diablitos y bengalas para quemar esta noche
a las doce. La tía Adelfa lo recibe con un beso y un
aguardiente, el pickup moliendo a todo full un pasillo. En la
cocina están preparando la cena con las guaguas cobradas en la
cacería del fin de semana. Papá se ha hecho motilar y todos se
ríen de la trasquilada. Mamá está embarazada de Estela, de
Graciela o de Toño, para el caso es lo mismo pues esta historia
sucede todos los 31.
Desde las siete de la noche comienzan a desfilar las “carangas” del añoviejo, un largo palo de guadua conducido en hombros por dos muchachos, otros dos o tres que con palos sobre ella tocan un pertinaz redoble
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de muertos, una camilla también de guaduas sobre
la que llevan un muñeco de paja muerto que es el año que acaba, una viuda de
negro con una mantilla que le tapa la cara y unas enormes tetas y nalgas
realzadas con trapos, que va llorando y estirando un cepillo para que le den una
limosnita por el amor de Dios que se me murió mi marido mire ahí lo llevan, un
esqueleto que es la muerte que nos espera con su calva de yeso y su costillar
blanco contra la trusa negra y un demonio que es el mismo diablo con los cuernos
al cielo y una cola que termina en punta de flecha también pidiendo limosna y
tomando trago. Cuando pasan por la ventana yo me estremezco con la viuda porque
es un hombre, con el diablo y la muerte, y chillo para que salga la tía a darles
la limosnita. |
ya que somos los únicos en la cuadra que nos atrevemos a quemar pólvora en estos tiempos violentos, lo que puede ser aprovechado por los “pájaros” para pasar echando bala.
La abuela acapara las bolsas de papeletas y tronantes, que va encendiendo con un pucho que sostiene en la otra mano y tira al centro de la calle para que exploten mientras yo acuclillado sobre el andén raspo los diablitos que se prenden en un hormigueante chisporroteo. Los buscaniguas pasan serpeando fugaces entre todos nosotros que saltamos para que no nos quemen los pies. De pronto una chispa de la mecha de un tronante recién encendido por la abuela cae en la bolsa y le revientan por lo menos cincuenta mientras ella grita hijueputas me quemé, me volé la mano, y se agarra el brazo que acostumbran picarle los alacranes. Vuelve a presentarse la corredera, que traigan unos gajos de cebolla larga, que le unten vaselina, que le metan la mano en agua, que corran a la farmacia a avisarle al practicante. Tan de buenas esta Lota, dice Jorge Giraldo, que no se voló la mano sino que sólo le quedó entumecida, y yo corro a abrir el escaparate y sacar la media de aguardiente para pasarle un trago. En vista del bochorno del accidente y para agradecer a Dios que no fue más grave dejamos la cena de medianoche para el desayuno del primero de enero y nos entramos a acostar antes de que nos suceda una verdadera desgracia. Jorge Giraldo aprovecha para volarse de parranda adonde sus otras mujeres y a la mañana siguiente nos damos cuenta de que después de que nos dormimos pasó el carro fantasma haciendo unos tiros contra la fachada de nuestra casa y que la sirvienta de la casa vecina que había peleado con el novio se envenenó con unos totes que encontró abandonados en el andén y la llevaron al hospital de San Juan de Dios donde le están prestando los primeros auxilios.
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