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Bogotá, Colombia -Edición: 661 Fecha: Domingo 30-06-2024 |
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COLUMNISTA |
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ATAQUE AL CORAZÓN ó EL LUGAR DE LOS HECHOS
Por: Jotamario Arbeláez
Para Almendra Tello
Desde que me matriculé en la poesía siendo un piernipeludo, como nos llamaban a los que andábamos aún de pantalón corto, hasta años más tarde cuando abandoné la idea del suicidio que me rondaba por leer a ciertos filósofos disparatados, traté de seguirle el ritmo y el tono y el estilo a unos aedos que encontré de casualidad en un libro viejo lleno de princesas encastilladas en la última torre mirando por la ventana ese punto móvil que debería ser su libertador a caballo con sus gualdrapas, que terminaría semiarrodillado, con una mano al pecho y la otra al cielo. Pero debía profundizar otro poco. No podía quedarme en los cuentos de hadas más noches que las mil y una, imaginándome qué cosas a cual más borrascosas.
A
lo primero que le debía prestar atención era a la manera de
detallar el amor del que aún no tenía la menor idea, ni de
sentirlo ni de hacerlo y menos de describirlo. Lo percibía como
una especie de encantamiento que desencadenaba los cuerpos
haciendo que se empotraran. Según nociones ancestrales era un
don de la divinidad para que la humanidad unida y solidaria no
se matara, para que se forjaran idilios y se formaran familias,
para que surgieran los hijos que perpetuaran apellidos con o sin
lustre, para que los poetas y los cantantes cantaran y con su
canto encantaran a las musas encantadoras. Pero también se
rumoreaba que quienes se entregaban con alma, vida, corazón y
sombrero al sacerdocio de la palabra escrita o entonada para
hacerla objeto de culto corrían el riesgo de perder por entero
esas pertenencias. Ni el amor cantado ni la canción amorosa se
prestaban para el estipendio. A no ser en la prostitución, pero
esa por entonces era palabra vedada.
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fuerte de tan singular sentimiento y en occidente establecieron como su símbolo esa caricatura coloreada de colorado, sin parar mientes en aurículas y ventrículos, los amantes se llamaban corazón mío, dónde estás corazón, corazón de melón, de todo corazón te entrego mi ser, hazme tuya. Hasta que científicos de universidades norteamericanas (el dossier es extenso y no cabe en este responso), descubrieron que el amor nace en el cerebro, que despacha la información al corazón activando una zona denominada núcleo estriado que es la misma que se activa con la adición a las drogas. Lo que implica que el amor corporal adquiera la categoría de estupefaciente. Y hasta la vista corazones partidos.
Pero yo no transijo. Después de mucho razonar deduje que el amor tiene residencia en lo que dio en llamarse precisamente los órganos del amor, identificables en el hombre como pene, falo, verga, pito, cipote, polla, picha y mondá pelá; y en las damas como vagina, bizcocho, pan, panocha, chocha, cuca, raja, para no ahondar en otras profundidades.
Como no suena muy poético el enumerar sustantivos
que a pesar de lo sustanciosos puedan considerarse descomedidos, había que
consultar la obra de vates arriesgados en la temática. Y al primero que me
aproximé fue a Apollinaire, adelantado vanguardista y pornógrafo por encargo, de
quien descubrí que en su pasión por Madeleine había compuesto Las nueve puertas
de tu cuerpo, donde con maña va describiendo cada uno de estos cojonudos
orificios y su manera de ir haciéndolos suyos, los dos ojos, las dos orejas, las
dos fosas de la nariz, la boca, el templo destemplado de entre las piernas “y la
novena puerta aún más misteriosa / abierta |
entre dos montañas de perlas”.
Cuando luego del largo viaje interestelar de su navío tendido sobre el sofá toqué puerto, comencé a describirlo con un verso que cuando en el aeropuerto de Maiquetía se lo susurré al oído a esa suculenta abogada venezolana encargada de que no me fuera a pasar nada malo cuando fui a recibir el premio de poesía de la Fundación Rómulo Gallegos, exclamó en éxtasis que era el mejor verso que había oído en la vida, referido a ese sitio tan delicado, pues ella lo vivía día por día en situaciones más escabrosas: “Henos por fin en el lugar de los hechos”.
Como
era de izquierda letrada se emocionó más cuando le referí que otro de los versos
descriptivos era “púrpura y arremolinada como Maiacovsky / allí también la
anatomía se ha vuelto loca”, así como el ruso había dicho igual de sí mismo,
porque él era “todo corazón”. Y que la radiografía proseguía como “surco bestial
y creador de enervamiento”. Luego algo más pintoresco: “la estalactita canta
durante la noche / restregada por mi pata de grillo”. A la sensibilizada doctora
se le brotaban cada vez más los ojos. Y le continué con la zambullida: “Y más
adentro sensaciones / calor / óxido húmedo / rasguño / rozadura / pequeños
aletazos”. Y la inocultable, aunque un poco descomedida referencia odorífera: “Y
olor de oro de mar / en la nevera”.
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