Bogotá, Colombia -Edición: 661

 Fecha: Domingo 30-06-2024

Página 9

 

    

\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL


Mentalidad

 

Desde la época en que prevalecía la mentalidad euro centrista, el territorio de la Nueva Granada, hoy Colombia, era y es una economía minera. Y lo es ahora y siempre lo será para la economía humana colombiana y para la gran mayoría del pueblo que habita las regiones. El modelo económico predominante es de explotación, lo que significa hacer del uso del subsuelo un atropello tratándolo como territorio minero con el fin de limitar minas, constituir empresas mineras y despojar de minerales del subsuelo la riqueza que contienen.

Como la riqueza es de la nación y ésta está constituida por la ciudadanía colombiana, pues todos obtienen, si o si, un porcentaje de la renta producida con la explotación minera, la regalía, que es privilegio y derecho a la renta universal de derecho en favor del ciudadano y por el bien común en el Estado Social de Derecho. La regalía es una economía arrodillada, alimentada por la explotación minera de metales, gases y carburantes generados en la cadena nacional minera en Colombia, de ahí que su manejo administrativo está enfocado hacia el bien público y al gasto social.

Y en lo social, la inversión en salubridad, que consiste en hacer de la humanidad una especie limpia, asignando prioridad a la emergencia climática, al gasto de la pureza de la molécula que presumiblemente dio origen a la vida: el agua. Emergencia cuyo significado es que ahora somos conscientes de estar atentos en el día a día del clima y su variable de sequía, calor extremo, carencia de agua que invariablemente es proseguido temporada de lluvias, inundaciones y deslizamientos que paradójicamente deja sin servicio de agua domiciliaria a muchos lugares poblados.

Ahora bien, la eficiencia de acueductos y alcantarillados: ¡bastante deficientes! Rajados en la orientación del gasto público que causa la explotación minera en los territorios pertenecientes a la Nación. La economía de rentas genera una mentalidad colonialista que impone la dinámica de los usos de los atributos del territorio en los que la conservación de la naturaleza que sustenta la vida es llevada hacia el paroxismo de la extinción.

Porque, además, a la explotación minera en los territorios de las regiones, se suma la explotación ganadera, la mentalidad de la ganadería: criar y sacrificar ganado para aprovechar, cachos, cola, carne, cuero, vísceras, leche y sangre. De sobremesa, la agricultura verde de rotura y aplicación de sustancias químicas para producir comida, alimentar poblaciones y poder fundar y expandir ciudades.

La explotación de la mina de biodiversidad del suelo en las cuencas hidrográficas pone de manifiesto la mentalidad colonial de señores feudales patriarcales autoritarios, construye el paisaje colonial en la que la voluntad de amos, señores y dueños del mundo se enseñorean con la mentalidad de explotador rico.

Ciertamente, Colombia es una nación rica porque su territorio terrestre y oceánico contiene diversidad de minerales, plantas, gases y líquidos que unidos a la cadena productiva de la vida y al lugar que ocupa en la geografía de los continentes de la tierra y del sistema solar, le posibilita en medio de la guerra civil no declarada, ir encontrando el camino de la libertad y la paz con justicia social y ambiental. Descolonizar la mentalidad de explotación en las cadenas productivas y conservar la naturaleza es un destino felizmente válido.

 

 

 

Si el campo no es rentable es que el estado está en las manos equivocadas

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  

 

África ha vivido las hambrunas más crueles en la historia de la humanidad. En Biafra murieron más de un millón de habitantes entre 1967 y 1970 de hambre. Este fenómeno ha perseguido a muchos países por guerras y descontrol de la agricultura. A pesar que existen organizaciones que proveen de comida a países cuando ésta escasea, no es suficiente.

Las personas que han vivido con lo básico y otras veces simplemente subsistiendo saben que es estar en hambruna. Hoy hay millones de colombianos que viven bajo esa colcha y que no pueden hacer nada porque el sistema carece de esa habilidad para mantener su sociedad libre de este flagelo.

No todo tiene la habilidad de poder moverse sobre arenas movedizas y salir adelante cuando la corrupción devora hasta el papel higiénico de los inodoros.

Cada día sale el sol y a todos ilumina, pero la luz solar es buena pero también mata. De igual manera funcionan los empleados públicos si entienden sus deberes y obligaciones. Pero los que están arriba filtran la luz dejando al resto en manos a que sobrevivan con lo que pueden utilizar.

Colombia ha sido un país de campesinos desde sus principios porque quienes comandaban así manejaron el país. Carlos Lleras Restrepo siempre dijo que los colombianos eran del campo aunque él quería hacer de la nación un Japón tropical.

 

Aisladamente muchos personajes han querido sacar al país adelante con su ingenio tecnológico y han tenido que emigrar porque quienes manejan la cosa pública son incapaces de acercarse y por lo menos merodear y empaparse de esa magia que encierra la ciencia y la tecnología. El dinero fácil es el que más se acerca a ellos, pero al final no es como lo pintan y es más peligroso que una cámara de gas.

Saber combinar el campo con la tecnología se verían los provechos, es simplemente colocar a las personas adecuadas para elaborar esquemas y proyectos que llenen los requisitos que el mundo demanda.

El nuevo gobierno busca crear impuestos, pero no piensa en regalías sobre la producción que sale al exterior y la transformación de la materia prima en bienes de consumo que se pueden exportar para crear una economía fuerte sin desangrar al ciudadano.

Colombia tiene tanta tierra, y solo piensan en expropiar. Pero no piensan en una macro industria agrícola que reúna a todos los finqueros y los vaya ubicando en sus quehaceres propios y así cada producto pueda manejarse por agrupaciones, asociaciones, cooperativas o entidades de socios que ellos mismos las administran con autonomía. Si ellos no pueden administrar sus bienes, ya que son los mayores

 

 

 

interesados para que las cosas funcionen bien, todo será un fracaso.

El finquero necesita oxigenarse para que sus productos alcancen todos los sitios en  el mercado nacional e internacional.

 

QUÉ LEE GARDEAZÁBAL

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

Marco Aurelio
de Pablo Montoya
Editado por Random House

 

Audio:

 

https://www.youtube.com/watch?v=6mijv5DVKXY

La novela histórica no ha sido una vertiente muy nutrida en Colombia. Y si se trata de la novela sobre los episodios finales de un emperador romano como lo fue Marco Aurelio, si que menos.

Quien ha emprendido esa difícil hazaña es Pablo Montoya, el docto profesor de la Universidad de Antioquia, premiado una y otra vez en certámenes de reconocimiento internacional como el Rómulo Gallegos o el iberoamericano premio José Donoso.

Lo ha hecho en el pasado con solvencia, aunque ha patinado cuando se acercó a la historia contemporánea como en “La sombra de Orión”. En esta ocasión el profesor Montoya asalta con su prosa suave y exquisita, a veces adormecedora, el período final de Marco Aurelio, el emperador filósofo, que le tocó afrontar la primera gran peste sembradora de muertes en ejércitos, ciudades y campos del imperio romano.

 

Cargando a brincos la sapiencia filosófica, pierde el hilo novelesco del personaje porque cae en la monotonía del ajuste de cuentas burocrático, sacrificando la trama de ficción que transforma toda historia novelada. Y cómo usa el narrador en primera persona, sin derecho a más verdades comparativas que las del mismo Marco Aurelio, diluye la tensión narrativa para ofrendarla en el altar de los estoicos y cometer el crimen literario de narrar su propia muerte.

 

Es un libro que suda sabiduría filosófica, habilidad y corrección supremas en el arte de contar pero que esfuma tanto a su personaje en malabares sapientísimos que, 60 páginas antes del final, la novela ya ha terminado porque el clímax lo había logrado en el diálogo preagónico con Tertuliano.

 

Leerla entonces como ejemplo de historia/ficción no es buena cosa pero como el estoicismo se ha vuelto a poner de moda y su personaje emperador lo fue para siempre, hoy debe lograr muchos adeptos entre las juventudes a quienes el profesor Montoya enseña.

Para los otros lectores, el libro se pierde rápidamente entre las brumas como se hacen invisibles los créditos en su equivocada carátula, donde las letras azules tenues sobre un cielo descolorido las vuelve casi que irreconocibles.

El Porce, junio 30 del 2024

 

 

 

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