|
EDITORIAL
Mentalidad
Desde la época en que prevalecía la mentalidad
euro centrista, el territorio de la Nueva Granada, hoy Colombia,
era y es una economía minera. Y lo es ahora y siempre lo será
para la economía humana colombiana y para la gran mayoría del
pueblo que habita las regiones. El modelo económico predominante
es de explotación, lo que significa hacer del uso del subsuelo
un atropello tratándolo como territorio minero con el fin de
limitar minas, constituir empresas mineras y despojar de
minerales del subsuelo la riqueza que contienen.
Como la riqueza es de la nación y ésta está constituida por la
ciudadanía colombiana, pues todos obtienen, si o si, un
porcentaje de la renta producida con la explotación minera, la
regalía, que es privilegio y derecho a la renta universal de
derecho en favor del ciudadano y por el bien común en el Estado
Social de Derecho. La regalía es una economía arrodillada,
alimentada por la explotación minera de metales, gases y
carburantes generados en la cadena nacional minera en Colombia,
de ahí que su manejo administrativo está enfocado hacia el bien
público y al gasto social.
Y en lo social, la inversión en salubridad, que consiste en
hacer de la humanidad una especie limpia, asignando prioridad a
la emergencia climática, al gasto de la pureza de la molécula
que presumiblemente dio origen a la vida: el agua. Emergencia
cuyo significado es que ahora somos conscientes de estar atentos
en el día a día del clima y su variable de sequía, calor
extremo, carencia de agua que invariablemente es proseguido
temporada de lluvias, inundaciones y deslizamientos que
paradójicamente deja sin servicio de agua domiciliaria a muchos
lugares poblados.
Ahora bien, la eficiencia de acueductos y alcantarillados:
¡bastante deficientes! Rajados en la orientación del gasto
público que causa la explotación minera en los territorios
pertenecientes a la Nación. La economía de rentas genera una
mentalidad colonialista que impone la dinámica de los usos de
los atributos del territorio en los que la conservación de la
naturaleza que sustenta la vida es llevada hacia el paroxismo de
la extinción.
Porque, además, a la explotación minera en los territorios de
las regiones, se suma la explotación ganadera, la mentalidad de
la ganadería: criar y sacrificar ganado para aprovechar, cachos,
cola, carne, cuero, vísceras, leche y sangre. De sobremesa, la
agricultura verde de rotura y aplicación de sustancias químicas
para producir comida, alimentar poblaciones y poder fundar y
expandir ciudades.
La explotación de la mina de biodiversidad del suelo en las
cuencas hidrográficas pone de manifiesto la mentalidad colonial
de señores feudales patriarcales autoritarios, construye el
paisaje colonial en la que la voluntad de amos, señores y dueños
del mundo se enseñorean con la mentalidad de explotador rico.
Ciertamente, Colombia es una nación rica porque su territorio
terrestre y oceánico contiene diversidad de minerales, plantas,
gases y líquidos que unidos a la cadena productiva de la vida y
al lugar que ocupa en la geografía de los continentes de la
tierra y del sistema solar, le posibilita en medio de la guerra
civil no declarada, ir encontrando el camino de la libertad y la
paz con justicia social y ambiental. Descolonizar la mentalidad
de explotación en las cadenas productivas y conservar la
naturaleza es un destino felizmente válido.
|
|
Si el campo no es rentable es
que el estado está en las manos equivocadas

Por: Zahur
Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com
África ha vivido las hambrunas
más crueles en la historia de la humanidad. En Biafra murieron
más de un millón de habitantes entre 1967 y 1970 de hambre. Este
fenómeno ha perseguido a muchos países por guerras y descontrol
de la agricultura. A pesar que existen organizaciones que
proveen de comida a países cuando ésta escasea, no es
suficiente.
Las personas que han vivido con lo básico y otras veces
simplemente subsistiendo saben que es estar en hambruna. Hoy hay
millones de colombianos que viven bajo esa colcha y que no
pueden hacer nada porque el sistema carece de esa habilidad para
mantener su sociedad libre de este flagelo.
No todo tiene la habilidad de poder moverse sobre arenas
movedizas y salir adelante cuando la corrupción devora hasta el
papel higiénico de los inodoros.
Cada día sale el sol y a todos ilumina, pero la luz solar es
buena pero también mata. De igual manera funcionan los empleados
públicos si entienden sus deberes y obligaciones. Pero los que
están arriba filtran la luz dejando al resto en manos a que
sobrevivan con lo que pueden utilizar.
Colombia ha sido un país de campesinos desde sus principios
porque quienes comandaban así manejaron el país. Carlos Lleras
Restrepo siempre dijo que los colombianos eran del campo aunque
él quería hacer de la nación un Japón tropical.
Aisladamente muchos personajes
han querido sacar al país adelante con su ingenio tecnológico y
han tenido que emigrar porque quienes manejan la cosa pública
son incapaces de acercarse y por lo menos merodear y empaparse
de esa magia que encierra la ciencia y la tecnología. El dinero
fácil es el que más se acerca a ellos, pero al final no es como
lo pintan y es más peligroso que una cámara de gas.
Saber combinar el campo con la tecnología se verían los
provechos, es simplemente colocar a las personas adecuadas para
elaborar esquemas y proyectos que llenen los requisitos que el
mundo demanda.
El nuevo gobierno busca crear impuestos, pero no piensa en
regalías sobre la producción que sale al exterior y la
transformación de la materia prima en bienes de consumo que se
pueden exportar para crear una economía fuerte sin desangrar al
ciudadano.
Colombia tiene tanta tierra, y solo piensan en expropiar. Pero
no piensan en una macro industria agrícola que reúna a todos los
finqueros y los vaya ubicando en sus quehaceres propios y así
cada producto pueda manejarse por agrupaciones, asociaciones,
cooperativas o entidades de socios que ellos mismos las
administran con autonomía. Si ellos no pueden administrar sus
bienes, ya que son los mayores
|
|
interesados para que las cosas
funcionen bien, todo será un fracaso.
El finquero necesita oxigenarse para que sus productos alcancen
todos los sitios en el mercado nacional e internacional.
QUÉ
LEE GARDEAZÁBAL

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Marco Aurelio
de Pablo Montoya
Editado por Random House
Audio:
https://www.youtube.com/watch?v=6mijv5DVKXY
La novela histórica no ha sido una vertiente muy nutrida en
Colombia. Y si se trata de la novela sobre los episodios finales
de un emperador romano como lo fue Marco Aurelio, si que menos.
Quien ha emprendido esa difícil hazaña es Pablo Montoya, el
docto profesor de la Universidad de Antioquia, premiado una y
otra vez en certámenes de reconocimiento internacional como el
Rómulo Gallegos o el iberoamericano premio José Donoso.
Lo ha hecho en el pasado con solvencia, aunque ha patinado
cuando se acercó a la historia contemporánea como en “La sombra
de Orión”. En esta ocasión el profesor Montoya asalta con su
prosa suave y exquisita, a veces adormecedora, el período final
de Marco Aurelio, el emperador filósofo, que le tocó afrontar la
primera gran peste sembradora de muertes en ejércitos, ciudades
y campos del imperio romano.
Cargando a brincos la sapiencia filosófica,
pierde el hilo novelesco del personaje porque cae en la
monotonía del ajuste de cuentas burocrático, sacrificando la
trama de ficción que transforma toda historia novelada. Y cómo
usa el narrador en primera persona, sin derecho a más verdades
comparativas que las del mismo Marco Aurelio, diluye la tensión
narrativa para ofrendarla en el altar de los estoicos y cometer
el crimen literario de narrar su propia muerte.
Es un libro que suda sabiduría filosófica,
habilidad y corrección supremas en el arte de contar pero que
esfuma tanto a su personaje en malabares sapientísimos que, 60
páginas antes del final, la novela ya ha terminado porque el
clímax lo había logrado en el diálogo preagónico con Tertuliano.
Leerla entonces como ejemplo de historia/ficción
no es buena cosa pero como el estoicismo se ha vuelto a poner de
moda y su personaje emperador lo fue para siempre, hoy debe
lograr muchos adeptos entre las juventudes a quienes el profesor
Montoya enseña.
Para los otros lectores, el libro se pierde rápidamente entre
las brumas como se hacen invisibles los créditos en su
equivocada carátula, donde las letras azules tenues sobre un
cielo descolorido las vuelve casi que irreconocibles.
El Porce, junio 30 del 2024
|
|