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Bogotá, Colombia -Edición: 673 Fecha: Domingo 28-07-2024 |
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COLUMNISTA |
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La domadora en la boca del león
Por: Jotamario Arbeláez
A Tatiana Arango
En los 13 años que llevaban juntos, Cézar, el dueño del circo, Cézar, el león, y Elena, la esposa del primero y domadora del segundo, nunca se había presentado el menor incidente desagradable entre ellos, ni en las funciones de miércoles a domingo ni en la intimidad de la vida bajo el cielo carpado. El empresario y su esposa vivían en una furgoneta vecina de la jaula, y no era extraño en las medianoches de luna llena escuchar los gemidos lastimeros del león respondiendo a los gemidos de gozo de la domadora.
Las funciones se llevaban a cabo en perfecta normalidad en Kuwait, y ni la guerra del Golfo interrumpió la programación. El número del león y su ama arrancaba
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aplausos y lágrimas, pues el látigo restallaba cada vez más ríspido en las carnes de la fiera, y en sus respuestas pesadas y lentas dejaba ver el león el intenso amor por su dueña.
El león había
nacido en Birmania y la pareja lo recibió cachorro como presente agradecido de
los niños de una escuelita del golfo de Bengala, por donde pasó Sakyamuni.
Prácticamente no había conocido a su madre, aplastada por la pata de un elefante
ciego, y se alimentó a base de unos colosales teteros de leche que Elena le daba
con no fingida ternura, pues la pareja no tenía hijos. Una vez adulto, a partir
de los once meses, el carnívoro félido seguía una dieta balanceada de antílopes
tiernos y cebras nonatas, que Cézar le procuraba de la nómina del circo. En una
ceremonia solemne a la que asistió todo el personal humano e irracional del
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alcalde de Kuwait, y que consistió en lanzar desde el trampolín al león en un cubo de agua, Cézar el empresario bautizó con su nombre a la fiera, que se volvió un reflejo fiel de su amo arrevolverado.
La luna llena pasada fue especialmente sofocante en el Asia. Terminada la función final del sábado, Cézar se tendió con su esposa que olía penetrantemente a mascota, pues estrenaban un nuevo número en el que ella metía la cabeza en la boca del felino y la sacaba con la cabellera húmeda de vaho de saliva. Una pasión extraña inflamó a Cézar esposo, quien tenía por costumbre apañarse la parte del león, y los ramalazos de placer de Elena se expandieron por el circo dormido.
En
la función del domingo, tan pronto Elena incrustó su cabeza en la boca de Cézar,
éste hundió sus colmillos en el marfil de su cuello. Dice la enciclopedia que el
león sólo ataca cuando está herido, y es de suponer que sangraba el ego feroz.
El certero balazo de Cézar en el corazón de su hijo adoptivo no evitó la
tragedia, sino que vino a engrosar con otra muerte el historial de peligro de
los triángulos amorosos. Es falso que el león se haya suicidado, como reza
piadosamente el despacho.
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