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Querida, te faltó sal.

Por: Jotamario Arbeláez
En
esta época de continuadas agresiones machistas contra el antaño
denominado sexo débil, hay que proteger a las féminas. Pero,
¿quién defiende a los pobres machos que se descachan?
Nunca he pensado que una mujer sea capaz de matar a su marido,
ni siquiera de desear su muerte, por más mala ficha que el
hombre sea o haya sido. Y eso que me he leído toda la tragedia
griega, reparando en el pobre de Agamenón, que después de diez
años de una guerra de la que salió bien librado, fue decapitado
en su bañera por la mamá de sus hijos.
El uso de esa bestialidad ha estado por lo general referido al
varón, al domado y al indomable, por cuestiones que a pesar de
tener visos de razonables, según las tablas de la ley de otras
antañonas culturas, no pueden ser aceptables al día de hoy. Eso
del apedreamiento de la mujer adúltera al pie de la sinagoga, es
inaceptable. Jesucristo predicó para todos el abstenerse de
tirar la primera piedra. La infidelidad femenina ya no es un
delito, ni una transgresión, ni un pecado, y mucho menos objeto
de pena capital por parte del ofendido. Es una decisión y un
derecho, en una sociedad permisiva. Para eso existe la
separación, in situ e ipso facto. Mi amigo el abogado Armando
Barona Mesa fue el acusador de “el papero”, un uxoricida famoso
en la Cali de los años 60. Pero si la mujer le ponía los
cuernos, le recriminé. Sí, pero eso no era razón para matarla,
me concretó. Y estaba en lo cierto. Nadie puede matar a nadie, y
mucho menos por amor ni por desamor. Ni por celos ni por
recelos.
Los motivos pueden ser otros, pero hay
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algunos que va la madre, como se dice, que no
tienen perdón de Dios, ni de los desprevenidos lectores de noticias por internet,
aunque en ocasiones sí de los tribunales humanos. Acabo de tener noticia por las
redes atiborradas, de un episodio sucedido en Penza, ciudad de Rusia. Una mujer,
Evgenia Davydkina para más señas, y para que no se olvide su nombre, después de
una cena de gala en su residencia, esperó a que su adorado tormento pegara el
ojo, como se dice, para aplicarle 35 puñaladas con el afiladísimo cuchillo de la
cocina con que preparara los bocadillos, todo porque en la mesa se había
permitido hacer el comentario de que a un plato le había quedado faltando sal.
Tal vez no era muy agraviante el comentario, tal vez fuera ”el tonito”, como
dicen las señoras. O un término pesado para la elegante anfitriona, como “a este
huevo le falta sal”, o “ese huevo quiere sal”, como piropean los costeños. La
falta de sal en el plato principal era señal de falta de amor, se habría quejado
el occiso Menos mal que estiró la pata dormido, y así no tuvo oportunidad de
hacerle ningún nuevo reclamó salido de tono a su atormentada adorada.
No fueron tan simples las 35 puñaladas al bendito de su marido. Hubo el
agravante de que su hijo de 4 años miraba desde la cuna, todavía incapaz de
defender a papá. Una vez consumado el alevoso atentado, la embejucada Evgenia
fue a buscar al comensal que se había quedado a dormir, seguramente después de
bailar con ella a los postres mientras el marido clavaba pico, como se dice. El
aterrado huésped alertó al hospital, llegó la ambulancia y cargó con el
desangrado.
De modo pues, apreciados caballeros, que a partir de ahora nada de comentarios
simplones o salaces en la mesa ni en la cama, si no quieren ser pasados al
papayo por dar papaya, como se dice. Hagan como yo, siguiendo la observación del
poeta Lorca: “la luz del entendimiento me hace ser muy comedido”.
Por una vez, en esta oportunidad la justicia rusa no pecó de machista. A pesar
de su
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confesión inclemente, en la que lo único que no dijo fue cuál era el platillo
objeto del letal comentario, le fue concedida la residencia por cárcel. Para
impedir que el niño todas las noches tuviera pesadillas recordando el horroroso
suceso, lo dejaron al cuidado de su mamá.
Anexo la noticia:
“Apuñaló a su esposo hasta la muerte porque le dijo que a su comida le
faltaba sazón
Evgenia Davydkina cogió un cuchillo de pesca y se lo enterró unas 35 veces a su
marido luego de que él le manifestara que le faltaba sal a un platillo.
La
mujer esperó a que unos invitados se fueran de su casa, ubicada en Penza
(Rusia), y a que su esposo se durmiera para apuñalarlo. Según informes de medios
locales, citados por DAily Mail, Evgenia mató al hombre en frente de su hijo, de
4 años de edad.
Tras apuñalar a su esposo, la rusa despertó a un invitado que se quedó en su
casa y le pidió que llamara a una ambulancia. Aunque los paramédicos llegaron al
poco tiempo, la víctima ya había muerto, agregó el diario inglés.
Durante el interrogatorio con la policía, la mujer confesó el motivo del
asesinato. Además, contó que su esposo le manifestó que si no le ponía sal a la
comida era porque no lo amaba, señaló el medio.
A pesar de la confesión, a la mujer le dieron el beneficio de casa por cárcel,
por lo que ahora permanece en su vivienda con su pequeño hijo. De acuerdo con
Daily Mail, varios vecinos criticaron esa decisión.
El periódico también indicó que los informes policiales no mencionaron cuál fue
el platillo que la mujer cocinó.
Enero 15.19”
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