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Bogotá, Colombia -Edición: 679 Fecha: Domingo 11-08-2024 |
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COLUMNISTA |
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Contratiempo
Por: Jotamario Arbeláez
El infierno y sus maravillas
Voy a visitar al amigo de los días que agoniza con parsimonia en
un cuarto alquilado que da a la calle. Vive solo. Mantiene la
puerta sin seguro para que en cualquier momento puedan entrar
sin tocar, ya que le es imposible levantarse. Además, no tiene
nada que le puedan robar. La casera le trae la comida una vez al
día y le administra sus medicinas. Hablamos un rato de lo de
siempre, de lo que nos tocó en suerte, de lo realizado y de lo
imposible, de los sueños cumplidos y de los que se quedaron en
el tintero. Ambos quisimos ser escritores. Pero tal vez nos
faltó estar más despiertos. No soñar tanto. Tiene clara
consciencia de que está en las últimas pero lo consuela sentir
que en esas anduvo toda la vida.
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de Swedenborg, traducción de Jorge Luis Borges. Pienso que ya mi amigo no va a llegar hasta ese sitio y no va a echar de menos la ausencia del tomo. Lo meto bajo el brazo y salgo con él.
Una vez en mi confortable habitación de soltero
preparo mi cama para leer, me pongo la piyama, enciendo el calentador y la
lámpara, y al abrir el libro veo que frente a la portadilla hay una calcomanía
de aspecto macabro que reza: “Maldición eterna a quien robe este libro”.
Sueño que con las primeras luces de la mañana me
dirijo a la morada de mi amigo. Lo despierto para mostrarle el libro y decirle
que ayer me lo llevé por error, que allí se lo traigo. Se lo queda mirando. “Ese
libro no es mío”, me dice. “Nunca lo he visto. Y además, tú ayer no viniste. Y
yo estaba en el hospital.” Despierto sobresaltado. El libro no está en mi pecho,
ni sobre la cama, ni en ningún lugar de la habitación. No comprendo |
qué está pasando. Me lavo la cara para asegurarme de que estoy bien despierto.
Me dirijo a la habitación de mi amigo. Me dice que me estaba esperando, para comunicarme que se encuentra en el mundo de los espíritus, decidiendo si toma el camino del infierno o del cielo. “Cuídate de las maldiciones”, agrega. “Yo estoy pagando por una. Por un robo insignificante. Tenía la esperanza de que tú me libraras de ella. Heredándotela.”
Me acerco un poco más y lo veo cadáver. Le cierro los labios. Decido que sea la casera la que lo encuentre, no sea que me enrede en líos de policía o de policlínica.
Al
salir, y ver sobre la mesita el libro de Swedenborg, vacilo entre llevármelo o
dejarlo, puesto que ya el robo no opera. Es mi herencia. Como sigo impresionado
con el mensaje de mi amigo, prefiero dejarlo.
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