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Bogotá, Colombia -Edición: 680 Fecha: Miércoles 14-08-2024 |
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COLUMNISTA |
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La anciana matamaridos
Por: Jotamario Arbeláez
En mi afán de colaborar con la erradicación de la violencia de género, que me parece atroz venga de donde viniere, sigo haciendo mis investigaciones acerca de casos extremos donde son las tiernas costillas las que se arrogan el derecho de dar muerte a sus caras mitades, así la gracia les resulte aún más cara. Son mujeres fatales contemporáneas y por tanto más peligrosas que las antiguas, aunque no necesariamente bellas ni mataharis. Simples amas de casa como todos tenemos una. Se me encogió el corazón ante el ajusticiamiento, el 24 de febrero de 2000, de la desalmada abuela y bisabuela norteamericana Betty Lou Beets, de 62 años, cinco veces casada con cinco espantosos cónyuges y dos veces viuda por su propia mano. Luego de rechazar la última cena privilegio de los condenados se la sometió a la doble inyección letal, una en la vena de cada brazo, aplicada por el verdugo de bata blanca de la penitenciaría de Huntville. Sobre la camilla la desgraciada,
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amarrada con correas de pies y manos y, en
presencia de sus cinco hijos, nueve nietos y seis biznietos, dio sus últimos
pataleos. Desde que se reimplantó la pena capital a mediados de los 70, La Viuda
Negra -como se la ha catalogado-, era la cuarta mujer sometida a la ejecución.
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patadas. El alma se le sala así a la más santa. Su primer damo la violaba dormida, tal vez atraído por sus apetitosas ancas en reposo. Acudió al divorcio. Lo mismo hizo el segundo con el mismo resultado. Cuando el tercero trató de repetir le aplicó un tiro en el vientre. Al cuarto se lo pegó en la cabeza cuando le descubrió sus mismas intenciones.
Al
quinto le propino el mismo disparo a pesar de que ni siquiera la tocaba. Del
cuarto no se supo en su momento, pues alegó que la había abandonado. Fue cuando
se buscó el cadáver del quinto, de Mr. Beets, en el jardín de la casa, que se
encontró un metro más abajo el de su antecesor Mr. Doyle Baker. Los había
condenado a ser abono de su jardín teniendo en cuenta lo mierdas que fueron. Un
hijo y una hija confesaron en el juicio haber ayudado a mamá a enterrar a sus
últimos padrastros. Activistas en contra de la pena de muerte se pronunciaron
enfervorizados contra la crueldad de la ley, alegando que la anciana sólo se
había defendido de sus conyugales verdugos. Pero los verdugos del Estado fueron
inflexibles cuando la fiscalía alegó que el último asesinato se efectuó para
cobrar una pensión y un seguro de cien mil verdes. Así, nadie tuvo clemencia de
la inclemente.
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