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Bogotá, Colombia -Edición: 698 Fecha: Miércoles 25-09-2024 |
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COLUMNISTA |
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Un encuentro milagroso
Por: Jotamario Arbeláez
Toda su vida se la he pasado escribiendo sobre su primera
persona, y hasta en tercera, en presente y pasado de indicativo,
aun en subjuntivo y en radiante pluscuamperfecto, sin pena pero
con un atisbo de gloria, pues a juicio de la Universidad de
Zacatecas lo que ha venido escribiendo desde chiquito queda
premiado, contando lo que perdió en un naufragio cibernético y
lo que se está esforzando por redactar. Son los gajes del ocio.
Por más que trata, no pierde la ilación en sus versos
versiculares, y por más que busca, no puede darles el toque beat
que pretende. Aun bordeando el delirio se le impone la
coherencia. La vanguardia le quedó atrás. Escribe sobre lo que
le pasa pensando que otros como él —si los hay— van a sentirse
retratados en sus clímax y descalabros, en sus golpes de suerte
y de desventura, en sus duelos y sus quebrantos. Y le van a
agradecer por haberlos tenido en cuenta.
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la política. De repente sintió como un mordisco
en mitad de la nalga derecha. Siguió caminando como si nada hacia la librería en
busca de la biografía de Cioran. Cuando logró llegar a la estantería de
Tornamesa donde reposaban los hechos del filósofo rumano anclado en la cima del
pesimismo, el dolor le bajó de la nalga al anverso del muslo, y en el momento de
salir de la librería hincó las fauces en su pantorrilla. Tuvo que llamar a
Emermédica para que lo recogiera en una ambulancia, lo trasladara a casa y le
aplicara una inyección de Tramadol que lo dejó viendo un chispero de estrellas.
Le dijeron que era la ciática. Y así pasaron 15 días, con la temible inyección
alternada con Voltarén, según el criterio del médico de turno en cada visita.
Recordó el verso lastimero del paciente poeta chino: “Ya el perro no ladra
cuando llegan los médicos”. Cuando al fin pudo acceder a la resonancia
electromagnética, resultó que tenía una hernia discal entre las vértebras L4 y
L5. Parte del disco de sustancia amortiguadora se había desbordado e
impresionado el haz descendente de nervios, en este caso sensibilizando el
ciático, que suele ser el escandaloso. Los dolores le hacían aullar con moverse
un tris —y hasta llorar por el esfínter virgen de la sensibilidad lacrimógena—,
sobre todo a la hora de acostarse a dormir, que a qué más, en este quebranto. Y
lo peor es que no se podía abrazar a un libro, todos empacados para el trasteo.
Lo peor no es el dolor de la ciática que le impide moverse en la cama hacia la
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izquierda con la derecha enfilada hacia su inasible costilla, sino las ganas de orinar recurrentes que le obligan al penoso discurrir al cuarto de baño —pues un varón de su estirpe no apela a la bacinilla—, por un presunto desbalanceo de la próstata. Recuerda que cuando se jactaba de sus proezas orgiásticas ante sus compañeros de oficina más de 30 años atrás su jefe hacía el comentario entre envidioso y jocoso: “Éste va a terminar acabándose como los trompos, por el herrón.”
Dando una vuelta motorizada por la ciudad de los virreyes, con su esposa y su conductor, el percusionista Andrés, se encuentran con un grupo de familiares de ella que al parecer salen de un seminario. Cuando se detienen a saludar, un personaje menudo ataviado como un estudiante de enfermería shaolín, abre la puerta trasera donde viaja el poeta, le da la mano para ayudarlo a salir, sin saber quién es, y le dice que no se preocupe con esas vértebras L4 y L5, ni por el corazón en cuarto creciente, ni por el hígado graso, ni con la micción continuada que no responde a problemas de la próstata sino de la vejiga por cuenta del nervio. Pide que traigan un asiento y en el andén comienza a tratarlo con masajes y ensalmos atropellados, va señalando los sitios donde el cuerpo flaquea, identificándolos por los nombres de la antigua fisiología japonesa, cuenta breves anécdotas de sus estudios en el país del Sol Naciente, de la vez que siendo muy niño se precipitó por las graderías de un estadio, se rompió la cabeza y desde entonces ve en el aura colorida y transparente de las personas marcados sus padeceres, mientras los asistentes hacen barra y algunos filman la escena. El poeta, que en principio pensaba que se tratara de un teatrero, muy pronto fue intuyendo que estaba ante un maestro de la sanación energética, y de la expresión verbal lindante con la poesía mística corporal curativa para hacer retroceder el mal a punta de pases. Le dice que lo invita mañana a la sesión final de su seminario, le obsequia un puñado de hierbas y la manera de prepararlas para esta noche, que él se encargará de arreglarlo como arreglados se suponen todos los asistentes que han estado en problemas y hoy le rodean, y que sólo le pague con su gorra griega. Que de inmediato el poeta se quita y se la pone. Es el maestro Sensei.
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