Bogotá, Colombia -Edición: 698

 Fecha: Miércoles 25-09-2024

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\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

La resiliencia colombiana

 

De una u otra manera, el espíritu colombiano es sumamente particular. En efecto, al estar inmersos constantemente en esta sociedad, en muy pocos casos, existen quienes sobresalen y se impulsan a ser un poco más de aquello que la sociedad le exige que sea. Tal es el caso del colombiano en el exterior, su habilidad para superarse a sí mismo, para desplegar su simpatía y sus buenas intenciones es simplemente maravillosa y de esos, de esos hay muchísimos más que de aquellos que muestran diferentes tipos de antivalores. En palabras simples, el colombiano, que aunque parezca promedio en cualquier otro espacio diferente a su país de origen, es por mucho muy especial.

No obstante, esta forma tan especial dice mucho de lo que implica ser un colombiano, puesto que la resiliencia, parte fundamental del colombiano, resulta ser el efecto de una vida llena de carencias sociales, es decir, la constante corrupción mantiene al colombiano en un lugar en donde el único responsable para su supervivencia es él mismo. Nadie, ni el estado se preocupa por él, lo cual lo obliga a que sea él quien active sus habilidades para obtener logros en la medida que generalmente no se trata de talento o esfuerzo, se trata de la rosca que se posea, de allí que todos siempre tengan esa pulsión de emprender, puesto que de no hacerlo simplemente tendría que quedarse en la carencia toda la vida, ya que de un salario mínimo en Colombia no se vive.

 

La habilidad que antes desarrollamos genera un dilema moral. El dilema de la resiliencia colombiana nace a partir de que tal habilidad es hija del trauma que el colombiano genera a través de la carencia que produce la corrupción. Aunque, si aterrizamos este trauma y lo utilizamos como país dentro de nuestro propio espacio, el trauma se volvería la salvación para un país que ha perdido la fe en sí mismo, o mejor dicho en el trabajar en grupo, si la resiliencia colombiana la aplicamos como un grupo seguro podríamos alzar a Colombia como el gran país que puede llegar a ser.

 

 

 

El derecho al trabajo o la agonía de vivir en la sombra

 

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  

 

Trabajar no es una obligación de nadie, pero es el quehacer de los seres humanos para sobrevivir en sociedad. Este deber se vuelve imperativo porque no somos una sociedad primitiva que cada uno labora en su entorno y se mantiene a flote con lo que hay a su alcance.

Con el nacimiento de los imperios quienes están a la cabeza de ellos crean una red de súbditos para que le sirvan y vivan en su entorno. Así nace la primera casa y su jefe hace más de 30 mil años.

El ser humano es igual como individuo en su conjunto pero no todos tienen las mismas capacidades e intelecto y esto hace esa variedad de personalidades y quehaceres en una sociedad actual.

En el pasado no se podían mezclar todos en un mismo sitio por esa diferencia de condiciones de intelecto y conocimiento. Hoy por el avance genético y tecnológico estamos casi todos mezclados en la misma aldea de ciudadanos.

El emprendimiento de cada uno nos obliga a saber elegir nuestro rol y ubicación en la sociedad de hoy y esto hace que el trabajo no sea igual que hace cien o más años en la historia. Pero quienes manejan la cosa pública en ciertas sociedades desconocen el manejo de esos códigos que regulan la labor de los trabajadores.

En la actualidad no hay un orden equitativo que permita mantener el balance y permita a cada uno poder tener la seguridad social que debería existir en una sociedad evolucionada. Las leyes o estatutos laborales están lejos de balancear las tres partes a que corresponde el equilibrio del acuerdo entre las partes.

Las leyes laborales están politizadas y los intereses de los trabajadores no concuerdan con lo que deberían ser las leyes que amparen por iguales partes a los que firman el contrato. Y cada uno jala hasta donde más estire el caucho. Y esto hace que siempre exista un conflicto entre las partes.

El sistema laboral colombiano hay que rehacerlo de principio a fin y ubicarlo en tiempo presente para que el establecimiento asuma la responsabilidad que le corresponde y le dé a ambas partes las obligaciones que le corresponden independiente el uno del otro y se logre alcanzar el beneficio que se espera a la hora del retiro.

La situación que se vive en Colombia por el Código del Trabajo es penosa para los trabajadores y el sistema laboral. Es casi imposible celebrar contratos a término definido o indefinido por todas esas arandelas que lleva de obligaciones para el empresario y que no le permite crecer sanamente, porque el establecimiento evade responsabilidades que le corresponde y se las deja al contratista.

 

 

 

¿Qué sociedad puede prosperar bajo esas condiciones?

Esto genera todo tipo de evasión de obligaciones y contrato de prestación de servicios dejando al trabajador a la intemperie y obligándolo a convertirse en microempresario para poder subsistir.

En la actualidad hay millones de personas trabajando bajo su propia responsabilidad y sin ningún beneficio a futuro. La corrupción navega por estas aguas eludiendo compromisos que ha creado al estado y que al final hacen más daños en términos generales

 

EN GUERRA TODO SE PUEDE
Crónica #971

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

Audio: https://www.youtube.com/watch?v=OiikjiC-dqI

 

La idea de que mientras un país se encuentre en estado de guerra todo se puede, ha ido calando en la historia moderna al mismo tiempo que paradójicamente fue creciendo el poder de censura de la Corte Penal Internacional investigando y sancionando crímenes de guerra.

Bajo esa mira se encuentra hoy Israel, que afirma librar la guerra contra Hamás en Gaza y contra Hezbolá en Líbano. Lo que se ha hecho entre los palestinos de la otrora franja libérrima de Gaza dejó de ser un acto defensivo para convertirse en una masacre miserable.

Con tal de combatir a los terroristas de Hamás, que mataron y secuestraron un millar de israelíes hace ya casi un año, esa tierra estéril se ha llenado de sangre y atrocidades donde los civiles, mujeres y niños han sido las víctimas preferidas de los bombardeos de barrios y escuelas enteras donde probablemente el servicio secreto israelí dice haber detectado a militantes armados de Hamás.

Es la guerra y el mundo ha dejado que todo se haga. Ahora comienza la batalla contra los miembros de Hezbolá, que se tomaron al Líbano como su territorio y tienen un ejército mucho más y mejor conformado que el propio país que los alberga.

Las víctimas serán otra vez los civiles que subyugados por el poderío de la agrupación camuflaron sus lanzacohetes dentro de las residencias y edificios del sur del país y desde allí atacan casi que diariamente al ejército judío y a los civiles que viven en sus barriadas del norte israelí.

Es la guerra y todo se disculpa. Por eso no se ha profundizado la significación a futuro que tiene la habilidad de haber convencido a los de Hezbolá que los celulares estaban coptados y era mejor cambiarlos por beepers y wokitokis fabricados y vendidos por los judíos pero previamente envenenados hasta llegar a lo increíble de hacer estallar al unísono más de 4 mil de ellos y usar la muerte selectiva para infundir terror que combata otros terrores.

Es la guerra y en ella todo se puede, hasta enmudecer.

El Porce, septiembre 25 del 2024

 

 

 

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