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Bogotá, Colombia -Edición: 713 Fecha: Miércoles 30-10-2024 |
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INFORME |
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Beethoven y Mendelssohn en el León de Greiff
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y profundo primer movimiento, Samouil logró un sutil dramatismo de la mano de un controlado y luminoso optimismo.
Durante el segundo, Larghetto en sol mayor, la interpretación tomó el camino de la intimidad reflexiva para desembocar, en Atacca, en el fogoso Rondo – Allegro, fogoso, brillante, casi triunfal; nuevamente con la cadenza de Kreisler.
Ante el aplauso, en encore, el Largo de la Sonata nº3 para violín solo en re
mayor BWV 1005 de Bach, impecable desde luego.
Para la segunda parte, la Sinfonía en re mayor, Reforma, op. 107 de Felix Mendelssohn-Bartholdy de 1830, escrita para la celebración del tricentenario de la Confesión de Augsburgo, que en sí contiene una declaración resuelta del compositor, dado su origen judío; algo que, históricamente ha pesado sobre su música a lo largo de prácticamente dos siglos.
Fue la mejor actuación de orquesta. Bernold se cuidó de subrayar con inteligencia y suspicacia esos pasajes donde el tema del Amen de Dresde recuerda, o mejor, resultan tan afines al Parsifal wagneriano, uno de los compositores –no el único– más antisemitas de todos los tiempos. El director francés logró ese clima de grandeza que tiene la partitura sin pasar por alto el manejo casi de filigrana durante la parte final del tercer movimiento, Andante en sol menor, donde delató su faceta de flautista de primer orden en la forma como dirigió los episodios para el instrumento, que desembocan en el Andante con moto – Allegro vivace – Allegro maestoso, que pese a su complejidad, o justamente por eso, fue la mejor manera de cerrar una tarde que, con sus bemoles, fue una gran experiencia. Porque para la gran experiencia musical se necesita algo más que música: comunión entre el compositor y el auditorio mediante el intérprete.
Cauda: En buena hora los encargados de la remodelación del auditorio León de Greiff retiraron del fondo del escenario el escudo de la universidad, que era objeto de distracción e innecesario. Como si hiciera falta ratificar que el León respira vida universitaria.
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Una tarde para entender que la
experiencia musical puede ir más allá de la música.
El punto de inflexión estuvo
en el lugar y en el público.
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Atravesar los jardines de la Nacional con su preciosa arquitectura -la del auditorio la mejor- predispone el espíritu para oír a Beethoven y Mendelssohn.
Lo dicho, el programa fue clásico a
ultranza. La tarde se inició con la Obertura en mi mayor op. 73 para Fidelio,
única ópera de Beethoven, de 1805. De las oberturas que compuso para la ópera,
esta, cuarta y definitiva, es de gran aliento sinfónico. Fue recorrida con
decisión por la orquesta, dirigida el sábado por el francés Philippe Bernold,
que no sucumbió a la tentación de utilizar toda la artillería filarmónica, sino
mejor una orquesta reducida, más numerosa que esa que seguramente acompañó el
estreno vienés. El resultado, sin duda, equilibrado y a favor de la orquesta,
que lo hizo bien; no memorable, pero bien. |
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