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Bogotá, Colombia -Edición: 725 Fecha: Miércoles 27-11-2024 |
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COLUMNISTA |
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ME CELEBRO Y ME CANTO
Por: Jotamario Arbeláez
Nací en Cali porque el cielo es muy grande. Cómo será que en él
cabe Dios, toda su corte celestial y los justos salvados para
contemplarlo perpetuamente. No sé si iré a ser uno de ellos,
pero me esfuerzo. Ya de Dios he tenido vislumbres que me han
permitido comprender el inconmensurable Todo. Como hacemos parte
no solo de la materia que se perpetúa sino del tiempo, puedo
decir sin ambages que estoy viviendo la edad del sol. Sol edad,
sol edad. Aunque solo no he estado nunca en este universo de
palabras. |
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Cada cumpleaños, a partir de mis 20, incluidos
aquellos períodos de angustias existenciales por el porvenir de la especie, por
las masacres de los campesinos de mi país, por la impotencia de escribir una
arenga que pudiera contrarrestar el factible bombazo atómico de postguerra, me
celebraba y cantaba con un poema a la manera del barbudo de Manhattan, y a pesar
de que por entonces no quería nada con la fe religiosa recuperaba la fe en mí
mismo. Al principio eran unos cánticos retumbantes que fueron deviniendo en
meros canticos, como el presente que estoy redactando medio dormido.
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Leyva a establecer allí mi Montaña Mágica, buscando “el sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, el susurrar de las fuentes, la quietud del espíritu” de que habla Cervantes en su prólogo del Quijote.
Los amigos que me deparó la ruleta me propusieron desde cuando recién barbaba salvar a la humanidad del salvajismo contemporáneo con las armas de la palabra en la literatura y el periodismo, Como no lo logramos nos propusimos cambiar de mundo, pero sin olvidar la recomendación de Breton de comportarnos “como si estuviéramos realmente en el mundo”. Me la pasé echando vivas a cada uno de los amigos que se iba yendo, y aun no sé si deberé gritar ¡Viva yo! en el momento en que esté muriendo.
Casi todos al carro de la revolución le metimos el hombro, pero al tiempo marcados por inaplazables doctrinas de paz. No podíamos admitir la muerte entre hermanos por enemigos que fueran. Y como los adalides de la revolución fueron tomando caminos raros nos volvimos a refugiar en las doctrinas de Oriente, como en nuestro periodo hippie.
Entiendo que el día de mi cumpleaños editorial Planeta estará surtiendo las librerías con “Y vivo todavía”, ese libro que es un mentís a la muerte que me endilgaron. Aunque me siento más maduro que un plátano, pero más vivo que un renacuajo, dedicaré los días que me restan, que han de ser largos, a darle fin a los doce tomos de “Los días contados”, para que no digan que no dejé qué leer.
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