Bogotá, Colombia -Edición: 725

 Fecha: Miércoles 27-11-2024

 

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COLUMNISTA

 

 

 

ME CELEBRO Y ME CANTO

Por: Jotamario Arbeláez

 

Nací en Cali porque el cielo es muy grande. Cómo será que en él cabe Dios, toda su corte celestial y los justos salvados para contemplarlo perpetuamente. No sé si iré a ser uno de ellos, pero me esfuerzo. Ya de Dios he tenido vislumbres que me han permitido comprender el inconmensurable Todo. Como hacemos parte no solo de la materia que se perpetúa sino del tiempo, puedo decir sin ambages que estoy viviendo la edad del sol. Sol edad, sol edad. Aunque solo no he estado nunca en este universo de palabras.

Ochenta y cuatro 30s de noviembre les he tachado a los almanaques en memoria del instante providencial en que el espermatozoide más seductor de papá se incrustó en el óvulo más coqueto de mi mamá. Nunca pensé ser un mortal que a partir de la mocedad y la adolescencia y la juventud y la adultez alcanzara la vejentud sin ancianidad. Todo empezó cuando el galeno, al extraerme de las profundidades maternas exclamó: ¡Vivirá! Y me ha tocado vivir una vida intensa, tanto sentado como parado o acostado haciendo lo mismo, escribiendo, amando, bebiendo y comiendo, con la muerte velando.
 

 

 

Cada cumpleaños, a partir de mis 20, incluidos aquellos períodos de angustias existenciales por el porvenir de la especie, por las masacres de los campesinos de mi país, por la impotencia de escribir una arenga que pudiera contrarrestar el factible bombazo atómico de postguerra, me celebraba y cantaba con un poema a la manera del barbudo de Manhattan, y a pesar de que por entonces no quería nada con la fe religiosa recuperaba la fe en mí mismo. Al principio eran unos cánticos retumbantes que fueron deviniendo en meros canticos, como el presente que estoy redactando medio dormido.

Desde que sospeché lo que era la poesía me metí en ella de lleno y nunca me faltó nada; si le decía que tenía hambre se convertía en una tortilla, si le decía que quería conocer tal parte del mundo me prestaba sus alas, si le decía que quería hacer el amor me invitaba a la cama. Y me otorgaron premios gordos por andar de gancho con ella. Y conocí los mejores sitios del mundo entrando por la puerta grande y por la de atrás. Con la poesía a estas alturas convivo sin hacernos ningún reclamo. Ella me hace feliz permitiéndole que le cante, a la manera como lo hice con aquellas damas con quienes le fui infiel usando la misma herramienta con la que me dotara, la cantilena.

Vine a la vida de visita y me quedé a vivir en ella sin reparar en que la visita tendrá sueño, como se dice de los hospederos cansados. En cuántas casas viví que no eran la mía hasta que la poesía me permitió construir mi castillo propio en el paraíso mitológico de los muiscas. Llegué a Villa de

 

 

 

Leyva a establecer allí mi Montaña Mágica, buscando “el sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, el susurrar de las fuentes, la quietud del espíritu” de que habla Cervantes en su prólogo del Quijote.

 

Los amigos que me deparó la ruleta me propusieron desde cuando recién barbaba salvar a la humanidad del salvajismo contemporáneo con las armas de la palabra en la literatura y el periodismo, Como no lo logramos nos propusimos cambiar de mundo, pero sin olvidar la recomendación de Breton de comportarnos “como si estuviéramos realmente en el mundo”. Me la pasé echando vivas a cada uno de los amigos que se iba yendo, y aun no sé si deberé gritar ¡Viva yo! en el momento en que esté muriendo.

 

Casi todos al carro de la revolución le metimos el hombro, pero al tiempo marcados por inaplazables doctrinas de paz. No podíamos admitir la muerte entre hermanos por enemigos que fueran. Y como los adalides de la revolución fueron tomando caminos raros nos volvimos a refugiar en las doctrinas de Oriente, como en nuestro periodo hippie.

 

Entiendo que el día de mi cumpleaños editorial Planeta estará surtiendo las librerías con “Y vivo todavía”, ese libro que es un mentís a la muerte que me endilgaron. Aunque me siento más maduro que un plátano, pero más vivo que un renacuajo, dedicaré los días que me restan, que han de ser largos, a darle fin a los doce tomos de “Los días contados”, para que no digan que no dejé qué leer.

 

 

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