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Bogotá, Colombia -Edición: 728 Fecha: Miércoles 04-12-2024 |
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COLUMNISTA |
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Contratiempo
Por: Jotamario Arbeláez
El infierno y sus maravillas
Voy a visitar al amigo de los días que agoniza con parsimonia en
un cuarto alquilado que da a la calle. Vive solo. Mantiene la
puerta sin seguro para que en cualquier momento puedan entrar
sin tocar, ya que le es imposible levantarse. Además, no tiene
nada que le puedan robar. La casera le trae la comida una vez al
día y le administra sus medicinas. Hablamos un rato de lo de
siempre, de lo que nos tocó en suerte, de lo realizado y de lo
imposible, de los sueños cumplidos y de los que se quedaron en
el tintero. Ambos quisimos ser escritores. Pero tal vez nos
faltó estar más despiertos. No soñar tanto. Tiene clara
consciencia de que está en las últimas pero lo consuela sentir
que en esas anduvo toda la vida.
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Borges. Pienso que ya mi amigo no va a llegar hasta ese sitio y no va a echar de menos la ausencia del tomo. Lo meto bajo el brazo y salgo con él.
Una vez en mi confortable habitación de soltero preparo mi cama para leer, me pongo la piyama, enciendo el calentador y la lámpara, y al abrir el libro veo que frente a la portadilla hay una calcomanía de aspecto macabro que reza: “Maldición eterna a quien robe este libro”.
A pesar de que me asusto en principio, me interno
en sus páginas, deslumbrado por lo que narra, la conformación de las estancias
de los habitantes celestes, las costumbres entre los ángeles, el espacio
espiritual por donde pasan los muertos antes de decidir su eterna morada,
convertidos en ángeles o demonios. Me prometo no posar los ojos sobre el tema
infernal. Cuando voy a apagar la lámpara el foco se apaga solo, se ha fundido.
También yo me fundo, con el libro sobre mi pecho.
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Me
dirijo a la habitación de mi amigo. Me dice que me estaba esperando, para
comunicarme que se encuentra en el mundo de los espíritus, decidiendo si toma el
camino del infierno o del cielo. “Cuídate de las maldiciones”, agrega. “Yo estoy
pagando por una. Por un robo insignificante. Tenía la esperanza de que tú me
libraras de ella. Heredándotela.”
Al
salir, y ver sobre la mesita el libro de Swedenborg, vacilo entre llevármelo o
dejarlo, puesto que ya el robo no opera. Es mi herencia. Como sigo impresionado
con el mensaje de mi amigo, prefiero dejarlo.
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