Bogotá, Colombia -Edición: 728

 Fecha: Miércoles 04-12-2024

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\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

El juego sucio

 

En Colombia, la lucha por la supervivencia no solo se libra entre los grandes y los pequeños, sino dentro de la misma clase baja, creando un caldo de cultivo donde la ética y el progreso se ven constantemente amenazados. La realidad social del país parece ser un escenario de contradicciones: por un lado, los ricos explotan a los pobres con una impunidad tan sofisticada que el robo se vuelve invisible para la mayoría, mientras que, por otro, los más necesitados se enfrentan entre sí en una batalla constante por la supervivencia, donde la competencia se convierte en sabotaje y el esfuerzo en despojo.

El contraste es brutal. Mientras los grandes empresarios o las élites disfrutan de un sistema que les permite acumular riquezas sin ser cuestionados, los pequeños comerciantes, los emprendedores con sueños de crecimiento, a menudo se ven acosados por aquellos a su alrededor. Entre ellos, se desarrolla un clima de desconfianza, donde la envidia y la competencia desleal se traducen en robos, trampas y saboteos. La necesidad de sobrevivir, incluso a costa de la dignidad ajena, empuja a muchos a jugar sucio, alimentando una cultura de corrupción que se multiplica a nivel micro y macroeconómico.

 

En este contexto, el colombiano promedio se enfrenta a un dilema existencial: si juega limpio, pierde; si juega sucio, se convierte en parte del sistema de abuso que impera en todos los niveles. Así, lo que debería ser un país en pleno desarrollo se convierte en una sociedad atrapada en la rueda del "todos contra todos". Los más pobres, desprovistos de recursos, luchan no solo contra la pobreza, sino también contra aquellos que se aprovechan de su vulnerabilidad. Los empresarios, lejos de ser ayudados por un sistema de apoyo a los pequeños, son víctimas de sus propios pares.

 

Este círculo vicioso de desconfianza, saboteo y robo no solo empobrece la calidad de vida, sino que limita las posibilidades de progreso. El miedo a ser estafado, el temor a los impuestos asfixiantes y la angustia de no saber quién te puede traicionar, sumergen a los colombianos en un estado de resignación. En lugar de buscar la innovación y el crecimiento, muchos optan por una "comodidad estable", donde la mediocridad y la supervivencia son los únicos objetivos alcanzables.

El problema radica en que, cuando una gran parte de la sociedad adopta esta mentalidad, el país queda estancado. Los ideales de una economía limpia y justa son reemplazados por atajos que perpetúan la corrupción y la desigualdad. En lugar de fomentar un espíritu empresarial basado en la ética, la sociedad colombiana permite que los males del capitalismo salvaje se infiltran incluso en las clases más bajas, donde la desesperación dicta las reglas del juego. Si no se cambia esta mentalidad, el futuro de Colombia será más de lo mismo: un campo de batalla donde el que no roba es robado.

 

 

 

¿A dónde van nuestros impuestos?

Por: Zahur Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com

 

Esta práctica milenaria que han impuesto los soberanos a sus súbditos y hoy en día el Estrado que va de la mano de los políticos, nos comprime y nos hace vomitar nuestras viseras para que el establecimiento sobreviva.

En el mundo primitivo siempre ha sido normal esta práctica gubernamental. Y para todos es lógico que esto se haga sin ningún cuestionamiento y sin un raciocinio sobre dónde irán esos dineros que recibe el Estado.

Las sociedades han evolucionado genéticamente y lo que antes era una práctica normal hoy es un hecho cuestionable, porque esos dineros salen del esfuerzo de millones de seres que trabajan y pagan impuestos y no reciben nada a cambio.

Nuestra sociedad se siente acorralada por la cascada de impuestos que le vienen imponiendo en nuestros días los políticos al pueblo. Esto hace que el crimen aumente y la corrupción se afinque en las instituciones de Estado y esta simbiosis impida que las ciudades crezcan saludables.

Los impuestos que recibe el Estado diariamente, son fortunas que desaparecen sin que nadie se entere a dónde fue a parar esas contribuciones. De ese erario sólo una mínima parte llega a los sitios que realmente deberían recibir esos dineros.

La ignorancia del pueblo es la base para que crezcan estas situaciones y nunca ellos reciban lo que les pertenece y por lo que han pagado.

La salud pública es una de las infraestructuras donde deben ir esas contribuciones, pero solo llega gota a gota unos dineros para que sobrevivan y la gente gravite como si ellos fueran los culpables de lo que está pasando. Si la salud falla, el sistema se desploma y eso es lo que está pasando cuando se desvía lo recaudado.

La medicina privada es uno de los más grandes negocios porque ella vive de millones de pacientes que pagan de sus bolsillos los costos de la atención médica. A su vez nacen hacen simbiosis con las aseguradoras para que todo funcione en beneficio de ellos y no de los pacientes.

Es una obligación del establecimiento velar por la salud del pueblo, porque ese pueblo es el que sostiene el establecimiento y mantiene la economía en movimiento. El pueblo paga para que todos los servicios básicos sean cubiertos con el pago de sus impuestos y no para sostener una burocracia del Estado que le paga a miles de empleados con sueldos como prestación por haber apoyado al candidato en la campaña electoral.

Si la sociedad tuviera un mayor conocimiento de cómo funciona la economía de un país y estuviera atenta del movimiento de esos dineros, no pasaría tantas necesidades en el transcurso de su vida. Porque los políticos ya no serían políticos corruptos sino servidores públicos
que se acogen a las leyes que rigen una comunidad.

 

 

  

La gran mayoría de los países están como están, es porque los ciudadanos creen por acto de fe lo que dice un individuo en campaña y no porque realmente conocen la economía de su territorio.

 

Estudia bien al candidato, que ha hecho y en que ha triunfado, Ahí tienes la respuesta de lo que será el futuro.

 

 SI ESPERAMOS HASTA EL 26 NO QUEDA NADA
Crónica #1017

Gustavo Alvarez Gardeazábal

Audio: https://youtu.be/SVceor7fv48


Ante el estado de zozobra que el país está viviendo, y de forma precipitada en cuanto se va acercando la navidad, hay distintas maneras de entender los cuestionamientos que se hacen a la realidad nacional.

Muchos escritos y lecturas sobre el tema se han dado en los últimos días. Desde la serenidad inteligente y picante del exministro Caballero Argáez en su columna de El Tiempo hasta las agresivas, pero ciertas, diatribas del abogado De la Espriella.

Empero, la defensa del régimen y la explicación de sus equivocaciones y provocaciones no ha corrido por cuenta de los alfiles presidenciales sino por el tuiter o los discursos del primer mandatario, lo que resulta muy indicativo y genera especulaciones sobre el resquebrajamiento de la unidad entre quienes nos gobiernan.

Sin embargo lo más común, en redes y corrillos, en playas y bares, al lado de una gaseosa o de un ron doble, tanto por cuenta de los partidarios del presidente como de los dirigentes de lo que ahora llaman derecha, es la de que no jodamos tanto, que esperemos hasta el 2026 y dejemos gobernar.

Así es Colombia, siempre busca acomodarse. Quizás porque no existen líderes capaces de convocar y aglutinar el rechazo y mucho menos de acudir a la imaginación para frenarnos la carrera al abismo, nadie encabeza la protesta y nadie se atreve a proponer la solución.

Como no se puede negar que los elementos constitutivos del mal gobierno se agravan. Como las colas de los enfermos que no reciben sus medicinas de las EPS crecen.

Como las bandas de traquetos se han convertido en ejércitos en zonas enteras de la Colombia rural o en pandillas de extorsionistas sin hígados en barrios y comunas de las grandes ciudades.

Pero como la sensación es de que al ejército y la policía les tienen las manos amarradas y a los aviadores y a los marinos los han dejado sin helicópteros o sin chalupas, deberíamos todos, unos y otros, irnos imaginando en consenso la salida que nos salve.

Si esperamos hasta el 26, no habrá quedado nada.

El Porce, diciembre 04 del 2024

 

 

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