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Bogotá, Colombia -Edición: 729 Fecha: Viernes 06-12-2024 |
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COLUMNISTA |
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La iglesia de Bellavista
Por: Jotamario Arbeláez
El pueblo se llamaba –se llama, irónicamente, pues lo que quedó de él fueron ruinas, sangre seca, lágrimas vivas, casas abandonadas y un populoso cementerio–, Bellavista, cabecera de Bojayá, en el Chocó, ese 2 de mayo de 2002, cuando fuerzas paramilitares que había entrado por el Atrato provenientes de Turbo, ante la vista gacha de la fuerza pública, y se habían hecho fuertes en Puerto Conto, a una orilla del río, se preparaban para recibir la ofensiva de las Farc, apostadas en la otra orilla, en el pueblo de San Martín. En los diez días anteriores a la confrontación, los habitantes del pueblo pidieron inútilmente a los paras que se retiraran de la zona llena de civiles. La Defensoría del Pueblo alertó al Ministerio de Defensa y a la fuerza pública de que allí se podía desencadenar una tragedia con la población. Silencio en la noche. Al amanecer del 1 de mayo se inició el despiporre, así no sea muy castrense el término. Las balas rasgaban la mañana de doble vía. Pronto todo era humo. El párroco tuvo la idea de proteger a los habitantes del pueblo, en número de mil quinientos, atiborrando la iglesia, la casa cural y la de las misioneras
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agustinas. A orar y cantar en medio de la
batalla. Arrodillados, tendidos, cubriendo a los niños. En medio de la refriega
y a media mañana a una pareja de intrépidos guerrilleros se les ocurrió hacer el
lanzamiento de pipetas al centro del pueblo para provocar el repliegue
paramilitar. Con la tercera, los pretendidos defensores del pueblo hicieron
blanco desafortunado en la iglesia, a partir de la cúpula, directamente en el
altar del Cristo crucificado. Más de cien, en su mayoría niños y ancianos
murieron por el impacto y la asfixia en medio de los gritos y la confusión y
otros tantos resultaron seriamente heridos. Pero la batalla seguía, con bajas
menores entre los aguerridos combatientes. Y una cuarta pipeta cayó, pero no
explotó, en la casa de las misioneras agustinas. Se había configurado una de las
peores matanzas de nuestra historia. La opinión mundial quedó estupefacta. La
mayoría de los sobrevivientes buscó refugio en Quibdó.
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guerrilleros igualmente demacrados por la vergüenza ante el pueblo. Hubo rituales emberas para limpiar los “pecados” de los responsables, los jóvenes hicieron una representación teatral señalándolos y las matronas cantaron los alabaos funerales. Al gobierno también iban dirigidas sus quejas. Y a la prensa, a la que pedían “no permitir que la memoria se borre”.
Que llegué el perdón en las formas en que llegue, es lo que espera la mayoría de los colombianos, porque ya no queda sangre para más desangre. Pero que no se espere, no sólo de los periodistas, sino de los narradores y poetas y dramaturgos, que olviden el sacrificio de un pueblo por parte de los excesos de la guerrilla, así ella, como proclama, también haya llevado del bulto. Lo estamos dando todo por la paz, y hasta por el perdón, pero nada por el olvido. De las bestialidades de todos. Porque nunca las guerras fueron de un solo bando. La intervención de los poetas en la guerra consiste en denunciarla en sus cantos, para ver de impedir su repetición. Algo que ha sido imposible. Pero tratemos.
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