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Un bel morir tutta una vita onora

Por: Jotamario Arbeláez
Muertes heroicas, si las hay, por la patria, por la libertad,
por el pueblo, estarían mandadas a recoger.
Templando en el octavo piso de la temporalidad concedida por la
existencia terrena, así me sienta sano y salvo con los siete
cuerpos mortales y el alma imperecedera, la ruptura del hilo de
plata se me puede presentar en cualquier momento, en cualquier
recodo, en un país por la violencia y la corrupción.
Leí desde adolescente, cuando daba sus primeros frutos la tierra
y sus primeros pasos la curiosidad por lo que había pasado antes
del presente, un verso de Petrarca que me marcó, ese que
utilizaría como exergo Álvaro Mutis en una de sus novelas: “Un
bel morir tutta una vita onora”. Término al que se sumó en su
Canción para Sergio Stepansky León de Greiff: “Y en el recodo de
todo camino / la vida me depare un bel morir… / (Un bel morir,
un bel morir, un bel morir).
En principio supuse que se trataba de
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exaltar las muertes heroicas, como la de Lord
Byron en Missolonghi por la independencia griega, como nos cuentan, pero según
el informe médico fue de malaria. Muertes heroicas, si las hay, por la patria,
por la libertad, por el pueblo, estarían mandadas a recoger. Como las de los
kamikazes japoneses o los que se fueron de cabeza para abatir las Torres
Gemelas. Muertes atroces autoinfligidas que no alcanzaron a ser premiadas ni por
el Emperador Hiroito ni por Alá.
No creo tampoco que sea un bel morir por los otros, como hizo Jesucristo en el
Calvario, Girardot en el Bárbula y Ricaurte en San Mateo. Ni las de tantos
santos en el martirio. Ni suicidios magnicidas como el de Mishima a través del
seppuku por la pérdida del poder y de la divinidad de Hiroito, ni los de Andrés
Caicedo y María Mercedes Carranza, autores de Que viva la música y Tengo miedo,
con sendos frascos de seconal y antidepresivos.
Ni siquiera el tan comentado deceso (o desexo) de Felix Faure, presidente de
Francia, el 16 de febrero de 1899, en el Salón Azul del Palacio del Elíseo,
donde le desfiló desnuda su dama de compañía Marguerite Steinheil, quien
procedió a una sesión de succión con la consecuencia de que el derramamiento
presidencial seminal coincidió con un derrame cerebral contundente. Tenía 58
años. De una descarga similar en las agallas de la Lewinsky se salvaría en el
Salón Oval el
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presidente Clinton, de cuya muerte política lo protegió la propia señora.
También tenía 58 años Atila, El azote de Dios, cuando después de perdonar la
invasión a Roma con su horda de hunos, por la misteriosa mediación del Papa
Inocencio, decidió contraer nupcias con la princesa germana Ildico, y luego de
una bárbara charanga y en medio de la jornada desfloradora el desfloripado fue
él con la daga de la novia que le atravesó la garganta, similar a lo que hizo
Judith con el gigantesco Holofernes. No fue ningún bel morir el de aquel que por
donde pasaba con su caballo no volvía a crecer la hierba.
Tampoco habría que confundir tal máxima con la muerte del justo de las vitelas
religiosas, ni con morir en la cama como los generales y Tirofijo, el decano de
las guerrillas, ni el de los bomberos en los rescates. Ninguna de tales
defunciones se merece el rubro de bel morir.
Imagino mi bel morir. Uno que me garantice la trascendencia. Vestido con el
último traje de paño que me confeccionó mi papá, con la corbata azul donde posa
Marilyn sentada con sombrero de copa, acompañado por mis dos perros Dina y León
subiendo por el cerro de Iguaque hacia la laguna sagrada, de donde bajó Bachué
con su hijo a poblar la tierra. Y, siguiendo su ejemplo, sumergirme, así me
convierta yo también en serpiente. Me daría el gusto de atender a perpetuidad la
visita y consultas de los turistas. Los perros retornarían a casa con la
noticia.
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