Bogotá, Colombia -Edición: 730

 Fecha: Domingo 08-12-2024

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\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

Certeza

 

Hay mucho en común entre la voluntad del suicidio y el sentimiento de la muerte. El drama del yo es la muerte, y esta es una larga espera que desespera, es el destino de la vida. Todo el tiempo de existencia del cosmos es un despojo y en la esencia de los seres vivos yace el ser despojo mortal. Se nace con la lápida pegada a la sangre, los huesos y la carne. Morir es el acto absoluto, la finalidad de quienes observan y gozan de la existencia hasta el día en que expira el tiempo de vivir.

 

Suicidarse y morir son hechos naturales de la naturaleza existencial en el ciclo continuo en el que se representa la vida y la muerte. Lo único seguro que tiene la vida es la muerte sin misterio alguno, la muerte es una realidad que transcurre en un instante y concluye con el decorado que se le otorga con el rito de la honra fúnebre que acompaña el duelo social por la ausencia definitiva de los seres amados que dejan esa huella de tristeza y melancolía en los instantes efímeros en los que se recuerda su alegre compañía.

La muerte es un merecimiento y sucede en el momento oportuno, bien sea en lo máximo del esplendor existencial o en la pesadumbre de la desazón. La muerte es imprevista, en ocasiones ni se siente, pero en tanto que no es, está presente y su presencia matiza la existencia de la vida colmándola de apegos placenteros y dolorosos. Saberse un destino mortal es una pulsión vital del cuerpo y de la mente que tiemblan de pánico ante el acontecimiento de la desintegración orgánica, porque la vida viene de un polvo y en polvo se convierte.

La cultura enajenada en la inmortalidad intenta evadir el principio y fin del camino de la vida con destino a la sepultura, aunque la certeza de la mortalidad haya establecido solapadamente la cultura del menosprecio por la vida, con los viejos trucos que rinden culto a los héroes y mártires de la humanidad y de la patria, motivos por los cuales muchos ponen en riesgo su vida por una causa que les asegure sus 15 minutos de fama.

Todos aquellos que de manera consciente y continua ponen en peligro su vida, sabiendo que lo que hacen acelera el fin de su existencia, sea porque se alistan en un ejercito para ir a la guerra o porque practican un deporte extremo, o levantan su voz en la tribuna a favor de las causas sociales que perturban la vida de sus comunidades, son suicidas que excitan la hormona de la adrenalina para enfrentar la hormona de la cadaverina que ronda en el ambiente.

En todo caso, la vida se debe vivir artísticamente. Ello consiste en saber armonizar el principio del placer con el principio de realidad, sabiendo renunciar a un placer momentáneo, de consecuencias inciertas, pero tan sólo para alcanzar, por un nuevo camino, un placer ulterior y seguro. Así pues, el mejor medio para ello habrá de ser la ciencia, que ofrece también placer intelectual durante el trabajo y una ventaja práctica final. Sin la necesidad de suicidas heroicos o mártires.

 

 

 

SOBRE AUTONOMÍA SOCIAL

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  

 

No nos podemos quejar de la democracia; la democracia es: Cuando se eligen a individuos para que gobiernen a los electores a su saber y antojo sin que los electores puedan reclamar por los actos de los elegidos.

La democracia es el gobierno de los elegidos por la sociedad. La sociedad en una democracia está sometida a las leyes y reglamentos que ésta imponga. La forma de sobrevivir de una democracia es a través de impuestos, manejo del poder y la corrupción que ella establece para crear la criminalidad. La democracia no permite que la sociedad intervenga en sus asuntos y allí es donde se establece la represión contra los que protestan o reclaman una equidad, autonomía o libertad social.

Estamos viviendo en una democracia y eso es lo que hemos elegido establecer.

En verdad en eso es lo que tú quieres vivir.

El comunismo, el socialismo, la dictadura y la monarquía tienen los mismos principios y el mismo fin, gobernar a la sociedad a través de impuestos a toda costa.

La democracia va en contravía a la autonomía, porque la democracia es una institución administrada y dependiente de los políticos y estos son mantenidos a través del voto de unos pocos. Los políticos manipulan el concepto democracia como una ramera que vive de los impuestos producto del trabajo de los ciudadanos.

¿Entonces por qué apoyar el concepto de democracia?

La autonomía no es posible si existe la democracia o sistemas políticos afianzados en estos principios. Autonomía es la capacidad que tiene cada individuo de poder decidir por sí y organizarse como él considere adecuado en una sociedad que entre todos han construido. Todo esto basado en la autonomía de los individuos que son los que representan la nación, el Estado y las instituciones. Cuando se pueda entender este concepto, podemos considerarnos seres libres y autónomos. De lo contrario seremos esclavos de quienes representan la democracia.

Quienes gobiernan las naciones manipulan el intelecto social para fines personales y establecen su propio ejército como medida de represión a quienes no apoyan sus leyes y mandatos.

Los impuestos, la vacuna, la extorsión o cualquier medida que se aplique para recolectar dineros para sostener el sistema democrático, es imposición de quienes están al frente, porque ellos son los que al final van a usufructuar de esos impuestos y no la sociedad que los paga. Las medidas que todo sistema democrático impone están basadas en el dominio de una sociedad que acepta esa imposición sin racionalizar el verdadero origen de esa imposición.

La sociedad ha logrado evolucionar paulatinamente a través de experiencias obtenidas en el manejo del Estado donde el individuo es conducido como borrego por los políticos de turno. Este manejo lo ha llevado a los más horribles holocaustos donde no ha habido escapatoria para ninguna persona que viva en ese dominio.

Ya hemos llegado al primer eslabón del comienzo de una nueva era donde el ser
humano reconoce su individualidad social y como parte de esa unidad que es la

 

 

 

sociedad. Por eso este reconocimiento de sí lo hace apartarse del político y de aquellos que pretenden gobernar a una sociedad que está alerta de los movimientos de quienes se lucran del esfuerzo social y que al final son los políticos y los banqueros.

 

La democracia es la mayor generadora de crimen y corrupción, es solo mirar las estadísticas desde que se conoce como tal. Y allí encontrará la respuesta a todas las desgracias que la humanidad vive.

 

QUÉ LEE GARDEAZÁBAL

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

Para escribir he vivido
Carlos Gustavo Alvarez
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Audio: https://youtu.be/RLDtKNBKJxE

 

Durante casi 40 años los colombianos hemos leído notas periodísticas de Carlos Gustavo Alvarez. Las hizo casi todas en El Tiempo o en Portafolio, donde fue director de la revista Elenco y finalmente columnista.

Allí lo conocí y comencé a leerlo. Desde cuando se jubiló honrosamente le hemos seguido con alguna dificultad sus notas diarias en la complicada catedral de Facebook sin que haya perdido ni un ápice de su estilo moderado y compensatorio de mirar el mundo y el diario transcurrir.

Ahora las ha reunido para estos días decembrinos en un libro donde se puede apreciar desde su habilidad narrativa hasta su liviandad ideológica, aprendida sin duda alguna en El Tiempo cuando el faro era siempre el pensamiento de los Santos.

Hay toda clase de temas en los 56 artículos que este libro recoge, muchos de ellos inolvidables como el homenaje a Jorge Valencia Jaramillo, el creador de las Ferias del Libro en Colombia o la página magistral sobre Simons y los judíos fundadores de Pavco en Colombia.

Hay otros repletos de añoranzas como cuando recuerda a su madre o describe la enfermedad que le dañó la cocorota al final de sus días a García Márquez.

Abundan frases que irremediablemente hay que subrayar y otras tan generales como ingenuas. Graneaditas hay algunas cargadas de humor como cuando cuenta que le ha tocado firmar libros como si fuera Gardeazábal porque muchos creen que, al ser tocayos, él soy yo.

Curiosamente no hay una sola nota sobre sus tormentosos amores femeninos que le hemos conocido y con metáforas tímidas, pero siempre dentro del estricto margen del componedor de entuertos que ha sido, apenas si menciona la presencia del fruto de esas relaciones al anotar las habilidades tecnológicas de su hijo.

Pero lo que sí tiene por doquier y le da categoría al libro es su permanente demostración de amplísima cultura y de una perspectiva sicológica irrefutable como cuando narra las aventuras de Flora Tristán la locata peruana que se creía hija de Bolívar o describe el historial de la kola granulada JGB y el anecdotario de don Jorge Garcés Borrero, el fundador de esos inolvidables laboratorios.

Es un libro amable que podría volverse texto universitario si todavía hay quienes estudien ciencias de la comunicación porque es una cátedra continua de por qué se vive para escribir.

El Porce, diciembre 8 del 2024

 

 

 

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