Bogotá, Colombia -Edición: 731

 Fecha: Miércoles 11-12-2024

 

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COLUMNISTA

 

 

 

Contratiempo

Por: Jotamario Arbeláez

 

Amar al Jim

 

Hace 15 años escribí, para Galería La Cometa, La llama doble, una semblanza celebratoria de la persona y los impactantes logros plásticos de un personaje que, sin ser colombiano de nacimiento, se destaca como uno de nuestros delicados maestros de hierro, Jim Amaral. Como gringo aventurero, y buscador de sí mismo, tuvo el impacto, en Michigan, de vislumbrar cuando buscaban cada uno inscribirse en Crambrook Academy of Art, a esa chica llamada Olga, “de media tobillera, media lengua para el inglés, de faldita, repolluda, toda formal, y él de bluyines californianos, de suéter cachemir, de mocasines exóticos ya en esa época, un hombre encantador, buenmocísimo, yo una colombiana gordita, fue para mí un descubrimiento, los tejidos de mi carrera y de mi señor”, lo expresa ella. Por entonces frisaban los 22. Y ya llevan 67. Y de allí comenzó el idilio de esta pareja de colosos, cada uno en su perspicacia, con el bronce esculpido y con el tejido, que va del hilo de lana al hilo de oro. Ahora están en la noventena, en una casa que es toda una
 

 

 

esplendorosa galería de su arte, sin parar en la creación según sus particulares estilos.

 



Conocedor de mi reverencia por este maestro, me invitó mi hijo Salvador Arbeláez, durante toda su adolescencia enfebrecido cinéfilo, al homenaje que le rendiría al arte de Jim en su programa Extramuros, que dirige semanalmente en Señal Colombia, con duros del arte contemporáneo. El escenario era la gran mesa de la residencia de los artistas. Integrábamos el elenco cuatro invitados. Me sentí orgulloso de participar, leyendo algunos párrafos de mi escrito de aquella época, y compartiendo audio y video con los cercanos amigos del artista, Giorgio Antei y Francisco Arévalo, quienes escrutaron el itinerario del personaje desde sus primeros atisbos, cuando decidió dedicarse a la poesía porque no tenía nada mejor qué hacer y para él era lo máximo, a pesar de que voces piadosas le advirtieran que se moriría de hambre. Ensayó entonces hacer

 

 

 

una especie de cartoons, y así de pronto descubrió que era un excelente dibujante, sin pensar en la inspiración sino en cómo sacar de la cabeza el rebrujo que lo atacaba. Incursionó en una serie de sexos masculinos, a lo que le interrogó Salvador por esa faceta del erotismo, que él desdeñó, pues él quería limitarse a la anatomía. Su obra formidable parece un hangar de objetos bélicos en bronce forjados, en formas esféricas y transversales que emiten un sonido de campaneo al tocarlos y removerlos. Un momento crucial del documental fue la interpretación de Valeriano Lanchas de Oilando, una canción típica del Pacífico. Pero me estoy dejando llevar de la emoción narrándoles el programa, cuando mi intención era invitarlos a Extramuros, que llega a su capítulo 12 el próximo viernes, a las 9 p.m. por Señal Colombia, canal perteneciente a RTVC, dirigido por Hollman Morris. Una entidad que no es ningún refugio de forajidos, como se expresó por ahí, sino un medio de exaltación del territorio, no sólo a través de su programación humanista, sino con la producción de eventos de regocijo popular como el Concierto de la Esperanza, recientemente ofrecido en Buenaventura. Y de programas culturales como Extramuros (plástica), Señal Literaria (literatura), En Clave con Deysa Rayo (música), Heroínas del Pueblo (cultura femenina) y Biografías Urbanas. El enfoque principal de esta gerencia ha sido poner en pantalla la cultura popular de los territorios. Mejor para adonde. Albricias, Jim. Salve, Salva.

 

 

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