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COLUMNISTA |
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El río de la vida
Por: Jotamario Arbeláez
Cuánto hace ayer
no más que éramos muchachos y ya nos suenan campanas
octogenarias. Para uno en los veinte las personas de arriba de
setenta despachaban desde ultratumba, así todavía parpadearan.
Nuestra revaluación era contra todo, no sólo contra el orden
establecido del que pretendíamos desafiliarnos buscando
habitación en las comunas del anarquismo sonriente, sino contra
la cultura oficial para establecer la contra-cultura, contra la
moral represiva para imponer el libertinaje, contra la academia
para entronizar la vanguardia, contra el trabajo al que
oponíamos el ocio creador, contra los lazos familiares para
sentirnos totalmente desamarrados, contra la economía que fue lo
único que terminaría por doblegarnos. Y llegamos a arremeter
contra la vejez —y sus secuelas de chochez y de prostatitis—, a
la que no pensábamos arribar ni de fundas. Hoy la próstata es
una vieja colaboradora del cuerpo que se nos fue, dejando en
seco pero intacta la fiesta del alebreste.
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apetitos desordenados como el deseo si los satisfacíamos a tutiplén. La cama nos servía para tirar, leer, escribir y seguir soñando despiertos que el mundo se haría mejor con el testimonio de nuestro paso. No teníamos qué desayunar pero nos sentíamos dueños del mundo. No éramos unos grandes inventores como Edison y Westinghouse, ni unos guerreros de a puño como Tirofijo y el Che, ni unos pacifistas contundentes como Cassius Clay y Martin Lutero King, pero le supimos decir NO a toda circunstancia aberrante contra la dignidad de los seres humanos y cuadrumanos incluidos nosotros mismos. Los apologistas del sexo aplaudían nuestro comportamiento sicalíptico que sacaba de casillas a los moralistas religiosos. A nuestra llegada le impusimos el adjetivo libre al amor y hasta allí duró el mito del virgo intocado bajo pecado entre las mujeres antes del matrimonio. Y a continuación nos encargaríamos de desacreditar el casorio. Al presente vemos que ya casi nadie se casa. Se necesita ser muy marica.
Vinimos al mundo por nuestra propia cuenta y riesgo, crecimos, nos reprodujimos, aquí vamos y parece que nos pasamos. Luchamos desde el ocio con cortapapeles sin filo, nos hicimos escritores para no tener que tomar las armas, nos bebimos a los burgueses y les dimos sopa y seco a los desnutridos intelectuales.
Se dice que los amados de los dioses mueren jóvenes, como lo
hemos comprobado con nuestros difuntos precoces. Todos estábamos destinados,
como ellos, a desocupar el local que es el cuerpo antes de que se empezaran a
descascarar las paredes y atascar los desagües. Pero algunos cuerpos se
sublevaron y diciendo por lo menos diez veces ¡Salud! al día, decidieron jugar
la partida completa desafiando los almanaques |
y llegando a peinar canas en la cabeza, en los bigotes, en el pecho mas no en el pubis. Y los inmortales que siempre fueron decididamente canos como Zeus y Jehová, a juzgar por sus barbas y sus desmanes, habría de suponerse que esperan la llegada de los demorados como colegas.
Lo curioso del caso
es que entrado en los ochenta sigo como en los veinte. Bailando los ritmos de
entonces pero sin esos pasos mortales de la caída de la hoja y la tijereta. Más
bien en el amacice y apretuje con mis levantes, como es de uso en El Goce
Pagano, donde mujer que no se entrega es porque no la llevaron. Leyendo de nuevo
a los que me dañaron el coco a ver si no se me arregla. Sade, Casanova, Miller,
Bataille, Genet y Bukowski. Escribiendo de lo que se me pasa por la cabeza así
sea sin pies ni cabeza. |
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