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INFORME |
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El ángel caído..., y surgió el odio
Por: Agustín Perozo Barinas
«Si tu corazón es un volcán, ¿cómo pretendes que broten las flores?»
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A usted le roban todos los días: ¿dónde cree va a parar una buena
proporción de sus impuestos?
El odio colectivo en una sociedad contra instituciones públicas o corporaciones privadas surge desde el descontento hasta mutar progresivamente en una efervescencia sangrienta fuera de control. Y como "todo mal tiene su origen" los idiotas son los que justifican que estructuras organizadas alrededor de intereses particulares se enquisten en sus sociedades, degradándolas. ¿A cuáles idiotas nos referimos? Veamos:
La palabra "idiota" nos llega del griego 'idiótes', utilizado
para referirse a quien no se metía en política, preocupado tan solo en lo suyo,
incapaz de ofrecer nada a los demás. Originalmente se refería a una persona
ordinaria o privada, en oposición a alguien que era "pública" o activa en los
asuntos públicos: ser un ciudadano activo en la vida política se consideraba un
deber y un signo de virtud.
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Se abre el telón:
https://youtube.com/shorts/t5M2BYc41zQ?si=LwDwqS6_9Nj-pibL
En el siglo XIX el pintor francés Alexandre Cabanel pintó en óleo
sobre tela, a la edad de 24 años, «El ángel caído». En la mirada muy expresiva
hay mezcla de rabia y desafío contra el que lo ha desterrado..., y surgió el
odio.
Y para el psicoanalista Pierre Delaunay: “Quien odia niega toda
existencia al objeto de su odio; hasta el punto de reprimirlo si se manifiesta
en lo más mínimo. Petrifica al otro para que apenas exista y, por si fuera poco,
lo mata. No quiere tener nada que ver con la existencia del otro".
El individuo, pieza del tablero, consume. Consume cosas e ideas. Entre las ideas está la que idealiza el amor. Sin embargo, recordemos que hay amores que matan o, igual de amargo, algunos matan por amor. Existe el amor "bueno": el de la generosidad, solidaridad, desinterés, transparencia, honestidad (una cualidad aprendida, no existe entre los animales), fraternidad, etc. Algo como: «La liberación de la naturaleza del terror y la angustia hacia una interacción completamente armoniosa y hermosa entre los humanos y el mundo natural».
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El respeto común encuentra entonces un flanco oscuro, tan sombrío como el lado infausto que todos tenemos y mantenemos en secreto absoluto dentro de nuestras propias mentes: traición, dolor, enfermedad, ingratitud, chisme, mentira, soberbia, envidia, tacañería, intriga, avaricia, obscenidad, hipocresía, lujuria y un largo etcétera, hasta el umbral de la muerte.
Muchos han vivido esos pesares del vivir que agravados por la frustración y el resentimiento engendran el mayor mal exclusivo al ser humano pues ningún otro animal lo conoce. La naturaleza, sin ley moral, nos enseña a matar y a robar para sobrevivir en el mundo natural. Incluso a mentir... ¿qué es el camuflaje sino una forma de mentira? Pero no nos enseña a odiar.
Para odiar hay que razonar, para razonar debemos tener lenguaje, o sea: humanos. Únicamente los Homo sapiens podemos racionalmente expresar frases como: «La vida es movimiento, pero no todo lo que se mueve está vivo», o incluso, «Cuando no hay miedo a la muerte todo está perdido». Ningún otro animal puede conceptualizar la Divinidad y su opuesto. Solo nosotros tenemos la capacidad de elegir bandos o astutamente jugar para ambos: con Dios y/o con el diablo. En ese juego olvidamos que «si la traición tuviera perdón, el diablo estuviera al lado de Dios».
Se ha planteado que empezamos a aprender a odiar cuando éramos cazadores-recolectores en constante desplazamiento como tribus y que al encontrarnos con otras tribus extrañas compitiendo por el mismo territorio empezaron los enfrentamientos que transmutarían en odio. Sumado a disputas entre miembros de la misma tribu que pudieran haber degenerado en odio entre pares.
Odiar es herir. El odio alimenta guerras y riñas. Hay una delgada línea entre lo que llamamos amor y este endriago. Cuando alguien desquiciado mata su pareja es la desesperación mutada en odio (de ahí la frase popular "se le metió el diablo"). Lanzar bombas, misiles y balas hacia "el enemigo", real o creado, militar o civil, es odio dirigido. Odio entre naciones, etnias...
Con todo, la necedad del hombre es infinita. En su afán de poder
no asume que el último poder es la muerte, que es la nada, donde -talvez- no
haya movimiento ni tiempo ni memoria..., y nos vamos deslizando en la vida hacia
el odio; o lo das o lo recibes. En tan solo una década la República Dominicana acumuló sobre treinta mil muertes violentas y en accidentes de tránsito. Buscar en Google: "Accidentes de tránsito dejaron 26,527 muertos en ocho años en la República Dominicana" y "Un promedio de 1,445 homicidios se registran cada año en la República Dominicana". Sin dudas hay que odiar un país para crear estas condiciones y que un matadero de estas magnitudes exista. Total, Agustín de Nipona escribió: «Sin justicia, ¿qué es el Estado sino una banda de ladrones?».
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