Bogotá, Colombia -Edición: 735

 Fecha: Viernes 20-12-2024

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\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

¿Más armas o más oportunidades?

 

Colombia vive una guerra civil no declarada, donde la violencia permea cada rincón de la sociedad. Este conflicto no se limita al enfrentamiento armado entre grupos ilegales y el Estado, sino que se extiende al día a día de los ciudadanos. El secuestro, el feminicidio, el hurto y el desplazamiento son solo algunos de los horrores que constituyen una narrativa de miedo y desconfianza. Sin embargo, la solución a este problema no se encuentra en llenar más manos de armas, sino en construir una justicia social que priorice la dignidad humana.

La constantes propuestas de armar más a la ciudadanía, planteadas por diferentes figuras políticas en busca de una futura elección presidencial, aunque disfrazada de una búsqueda de seguridad, es un retroceso peligroso. Más armas en circulación no significan menos violencia, sino más conflictos letales. Esta medida es un excelente negocio para los vendedores de armas y los actores que se lucran del caos, pero un pésimo negocio para la paz. Lo que Colombia necesita con urgencia es una transformación estructural que privilegie el desarrollo humano sobre la confrontación armada.

Es innegable que la violencia está profundamente arraigada en el país, pero la respuesta no puede ser más represión. Un Estado verdaderamente fuerte es aquel que no necesita recurrir constantemente al uso de la fuerza. En lugar de alimentar un ciclo interminable de castigo, debemos apostar por modelos de justicia restaurativa. La cárcel, en su forma actual, no es una solución: es una escuela de delincuencia que perpetúa la marginalización.

La seguridad verdadera radica en garantizar empleo digno, acceso a la educación y condiciones de vida justas. Está demostrado que cuando las economías populares y gremiales prosperan, los índices de criminalidad disminuyen. En lugar de gastar en armamento, esos recursos podrían destinarse a proyectos que fomenten la equidad social y ambiental.

En este contexto, la acumulación excesiva de riqueza también juega un rol crucial. Mientras una pequeña élite controla los recursos, millones viven en condiciones de pobreza extrema. No se trata de convencer a los pobres de que dejen de serlo; ellos ya están más que conscientes de su realidad. El verdadero cambio vendrá cuando se logre persuadir a los super ricos de compartir, no por caridad, sino como una medida de justicia.

Convivir en Colombia implica abandonar la lógica de la violencia como respuesta automática y trabajar hacia un modelo de paz que valore la vida sobre las ganancias. Más que nunca, necesitamos ser guerreros de la paz, luchando no con armas, sino con ideas y acciones que construyan un futuro justo y sostenible.

 

 

 

La batalla de los sordos

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  

 

Hay sordera física y sordera psicológica, ambas impiden escuchar lo que se dice. Pero la sordera física se remedia con signos que palen la situación. Un sordo de oídos no puede escuchar ningún sonido, pero percibe las vibraciones de los sonidos y de las cosas e intuyen lo que está pasando a su alrededor, porque están alertas con su sexto sentido.

Por lo general los políticos son sordos psicológicos, porque ellos escuchan lo que quieren escuchar y lo que les conviene. La razón es muy simple, ellos siempre están rodeados de adoradores que les están hablando y señalando lo que deben hacer y cómo aprovechar cualquier terreno donde ellos se metan. Lo importante aquí es ganar seguidores y votos.

El problema nace cuando ellos se montan en la caravana del poder y ahí se vuelven sordos psicológicos porque ellos solo se escuchan a sí mismos para no perder el poder sobre los demás. Ellos son el poder que una multitud les concede o les presta mientras ella recibe buenos beneficios.

Al comienzo todo funciona de maravillas, porque quien está en el poder cree que se las sabe todas y que solo es dar órdenes y que se hagan las cosas. Pero una sociedad no funciona como una granja agrícola donde hay peones y los puede ubicar en cualquier barricada para que duerman y convivan mientras se cosecha.

Una sociedad es un bordado en un tapete donde hay que manejar colores, espacios, figuras y balance de todo el conjunto para que tenga su hermosura para que otros transiten sobre él sin pensar que lo van a estropear.

Históricamente los empoderados del poder que han sido sordos psicológicos han terminado mal, pero muy mal. El cuadro es deprimente cuando lo miramos. Pero sin embargo lo vemos que se repite una y otra vez como en el caso de Venezuela.

Todos estos individuos se creen que fueron elegidos por fuerzas extraterrestres para gobernar el mundo, y ese cuarto de hora se agota tarde que temprano. Aunque toda regla tiene su exención y estos terminan sus días entronizados en el poder hasta que se mueren de vejez o enfermedades. Aquí hay que hacer un estudio más profundo para entender lo que realmente hicieron para sostenerse él en poder.

Hay cosas que pasan en los países que es muy latente lo que está pasando y se percibe en el ambiente cuando no hay esa

 

 

 

estabilidad que emana de quien gobierna y que no sabe cómo manejar o se teje un tapete. Lo que pasa es que todo termina mal y siempre terminan afuera y en el peor de los casos asesinados.

 

CARMIÑA
Crónica #1029

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

Audio: https://youtu.be/oQHs855qB_8

 

Carmiña Navia Velasco ha resultado, en menos de una semana, proclamada como miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua y premiada con la máxima distinción que otorga el departamento de Valle a la vida y obra de un artista.

 

La conocí cuando llegamos a la Universidad del Valle a estudiar Letras en 1966. Era hija del senador conservador laureanista Rafael Navia Varón y sobrina del jefe del ospinismo el eterno congresista Hernando Navia.

 

Juntos entonces estudiamos toda la carrera y recibimos los torrentes estruendosos de profesores inolvidables, algunos tan traumáticos como el filósofo Eduardo Estrecino o tan serenamente anticuados como Armando Romero Lozano.

Ella y yo fundamos y sostuvimos durante tres años la Página Nueva del suplemento dominical de Occidente donde publicamos el primer cuento de Andrés Caicedo. En la sala de su casona del barrio Granada, que después iría ser la Biblioteca Departamental, constituimos el Movimiento Literario de Los Dialogantes, apoyados por el doctor Efrain Lezama, columnista de El Espectador y protegidos por el poder eterno de Isaías Peña desde Bogotá.

Fueron años inolvidables que ella reforzó con el paso del tiempo doctorándose en España, aumentando su feminismo a ultranza y terminó vinculándose a una comunidad de monjas civiles cuya casa fundacional ella todavía sostiene en el barrio El Jordán de Meléndez.

De su pluma han salido gratisimos análisis de mi obra novelística. De su habilidad poética, infinitos libros de versos y con la dureza de espíritu con que se adorna, unos estupendos ensayos sobre la mujer colombiana, sobre su catolicismo de avanzada y su manera de entender la vida y recibido, por ellos y por muchos otros textos, aplausos y reconocimientos.

Verla entonces conducida a la gloria y los honores, que bien se merece, me emociona por ser testigo excepcional de su incansable trabajo y receptor gratísimo de su afecto.

El Porce, diciembre 20 del 2024

 

 

 

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