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EDITORIAL
¿Más armas o
más oportunidades?
Colombia vive una guerra civil
no declarada, donde la violencia permea cada rincón de la
sociedad. Este conflicto no se limita al enfrentamiento armado
entre grupos ilegales y el Estado, sino que se extiende al día a
día de los ciudadanos. El secuestro, el feminicidio, el hurto y
el desplazamiento son solo algunos de los horrores que
constituyen una narrativa de miedo y desconfianza. Sin embargo,
la solución a este problema no se encuentra en llenar más manos
de armas, sino en construir una justicia social que priorice la
dignidad humana.
La constantes propuestas de armar más a la ciudadanía,
planteadas por diferentes figuras políticas en busca de una
futura elección presidencial, aunque disfrazada de una búsqueda
de seguridad, es un retroceso peligroso. Más armas en
circulación no significan menos violencia, sino más conflictos
letales. Esta medida es un excelente negocio para los vendedores
de armas y los actores que se lucran del caos, pero un pésimo
negocio para la paz. Lo que Colombia necesita con urgencia es
una transformación estructural que privilegie el desarrollo
humano sobre la confrontación armada.
Es innegable que la violencia está profundamente arraigada en el
país, pero la respuesta no puede ser más represión. Un Estado
verdaderamente fuerte es aquel que no necesita recurrir
constantemente al uso de la fuerza. En lugar de alimentar un
ciclo interminable de castigo, debemos apostar por modelos de
justicia restaurativa. La cárcel, en su forma actual, no es una
solución: es una escuela de delincuencia que perpetúa la
marginalización.
La seguridad verdadera radica en garantizar empleo digno, acceso
a la educación y condiciones de vida justas. Está demostrado que
cuando las economías populares y gremiales prosperan, los
índices de criminalidad disminuyen. En lugar de gastar en
armamento, esos recursos podrían destinarse a proyectos que
fomenten la equidad social y ambiental.
En este contexto, la acumulación excesiva de riqueza también
juega un rol crucial. Mientras una pequeña élite controla los
recursos, millones viven en condiciones de pobreza extrema. No
se trata de convencer a los pobres de que dejen de serlo; ellos
ya están más que conscientes de su realidad. El verdadero cambio
vendrá cuando se logre persuadir a los super ricos de compartir,
no por caridad, sino como una medida de justicia.
Convivir en Colombia implica abandonar la lógica de la violencia
como respuesta automática y trabajar hacia un modelo de paz que
valore la vida sobre las ganancias. Más que nunca, necesitamos
ser guerreros de la paz, luchando no con armas, sino con ideas y
acciones que construyan un futuro justo y sostenible.
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La batalla de los sordos

Por: Zahur
Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com
Hay sordera física y sordera psicológica, ambas
impiden escuchar lo que se dice. Pero la sordera física se
remedia con signos que palen la situación. Un sordo de oídos no
puede escuchar ningún sonido, pero percibe las vibraciones de
los sonidos y de las cosas e intuyen lo que está pasando a su
alrededor, porque están alertas con su sexto sentido.
Por lo general los políticos son sordos psicológicos, porque
ellos escuchan lo que quieren escuchar y lo que les conviene. La
razón es muy simple, ellos siempre están rodeados de adoradores
que les están hablando y señalando lo que deben hacer y cómo
aprovechar cualquier terreno donde ellos se metan. Lo importante
aquí es ganar seguidores y votos.
El problema nace cuando ellos se montan en la caravana del poder
y ahí se vuelven sordos psicológicos porque ellos solo se
escuchan a sí mismos para no perder el poder sobre los demás.
Ellos son el poder que una multitud les concede o les presta
mientras ella recibe buenos beneficios.
Al comienzo todo funciona de maravillas, porque quien está en el
poder cree que se las sabe todas y que solo es dar órdenes y que
se hagan las cosas. Pero una sociedad no funciona como una
granja agrícola donde hay peones y los puede ubicar en cualquier
barricada para que duerman y convivan mientras se cosecha.
Una sociedad es un bordado en un tapete donde hay que manejar
colores, espacios, figuras y balance de todo el conjunto para
que tenga su hermosura para que otros transiten sobre él sin
pensar que lo van a estropear.
Históricamente los empoderados del poder que han sido sordos
psicológicos han terminado mal, pero muy mal. El cuadro es
deprimente cuando lo miramos. Pero sin embargo lo vemos que se
repite una y otra vez como en el caso de Venezuela.
Todos estos individuos se creen que fueron elegidos por fuerzas
extraterrestres para gobernar el mundo, y ese cuarto de hora se
agota tarde que temprano. Aunque toda regla tiene su exención y
estos terminan sus días entronizados en el poder hasta que se
mueren de vejez o enfermedades. Aquí hay que hacer un estudio
más profundo para entender lo que realmente hicieron para
sostenerse él en poder.
Hay cosas que pasan en los países que es muy latente lo que está
pasando y se percibe en el ambiente cuando no hay esa
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estabilidad que emana de quien gobierna y que no
sabe cómo manejar o se teje un tapete. Lo que pasa es que todo
termina mal y siempre terminan afuera y en el peor de los casos
asesinados.
CARMIÑA
Crónica #1029

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Audio:
https://youtu.be/oQHs855qB_8
Carmiña Navia Velasco ha resultado, en menos de
una semana, proclamada como miembro correspondiente de la
Academia Colombiana de la Lengua y premiada con la máxima
distinción que otorga el departamento de Valle a la vida y obra
de un artista.
La conocí cuando llegamos a la Universidad del
Valle a estudiar Letras en 1966. Era hija del senador
conservador laureanista Rafael Navia Varón y sobrina del jefe
del ospinismo el eterno congresista Hernando Navia.
Juntos entonces estudiamos toda la carrera y
recibimos los torrentes estruendosos de profesores inolvidables,
algunos tan traumáticos como el filósofo Eduardo Estrecino o tan
serenamente anticuados como Armando Romero Lozano.
Ella y yo fundamos y sostuvimos durante tres años la Página
Nueva del suplemento dominical de Occidente donde publicamos el
primer cuento de Andrés Caicedo. En la sala de su casona del
barrio Granada, que después iría ser la Biblioteca
Departamental, constituimos el Movimiento Literario de Los
Dialogantes, apoyados por el doctor Efrain Lezama, columnista de
El Espectador y protegidos por el poder eterno de Isaías Peña
desde Bogotá.
Fueron años inolvidables que ella reforzó con el paso del tiempo
doctorándose en España, aumentando su feminismo a ultranza y
terminó vinculándose a una comunidad de monjas civiles cuya casa
fundacional ella todavía sostiene en el barrio El Jordán de
Meléndez.
De su pluma han salido gratisimos análisis de mi obra
novelística. De su habilidad poética, infinitos libros de versos
y con la dureza de espíritu con que se adorna, unos estupendos
ensayos sobre la mujer colombiana, sobre su catolicismo de
avanzada y su manera de entender la vida y recibido, por ellos y
por muchos otros textos, aplausos y reconocimientos.
Verla entonces conducida a la gloria y los honores, que bien se
merece, me emociona por ser testigo excepcional de su incansable
trabajo y receptor gratísimo de su afecto.
El Porce, diciembre 20 del 2024
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