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COLUMNISTA |
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Las crueldades del Niño Dios
Por: Jotamario Arbeláez
Fue el poeta Jaime
Jaramillo Escobar, cuando cumplí 20 años y él se firmaba X-504,
quien me regaló esta edición pirata empastada en cuero de foca
de Los evangelios apócrifos, de la cual he leído todos los días
de mi vida -aún en los de retiro del mundo, cuando he fingido
catalepsias o en mis inconfesables lunas de miel-, versículos
que han templado mi alma, y en los últimos tiempos me han
impelido a imitarlos para contar las andanzas de nuestro santo y
loco movimiento nadaísta y las mías propias.
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la Biblia canónica era sustituida, por el momento, por los evangelios de marras –insuflados a improbables escribas por númenes más inspiradores que el espíritu santo-, los cuales aún leídos sin fe nos llenaban de fervor por un Cristo aún más fantástico.
Afirma Borges el escéptico que este libro atribuye al Dios baby
crueles milagros, propios de un niño todopoderoso que no ha alcanzado todavía el
uso de razón. Instigado por este señalamiento, y porque estamos en vísperas de
Navidad en uno de los países más sanguinarios del ancho mundo, ¡Viva Colombia!,
incurro en las páginas del Evangelio de Santo Tomás, que es uno de mis
preferidos -con el Evangelio árabe de la infancia-, para repasar algunas de las
aventuras del Mesías irrazonable.
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maldecía, produciendo muerte a granel. Y les instaban a que abandonasen la aldea.
José lo reprendió, pero el niño como respuesta lo que hizo fue dejar ciegos a los acusadores. Y lo más que pudo hacer el padre impotente fue propinarle un fuerte tirón de oreja. Sólo después de que hubo deslumbrado al maestro de escuela Zaqueo y de recibir su aquiescencia, se avino a desmaldecir a los maldecidos y tanto ciegos como muertos recuperaron la vista y la vida. Y en adelante se dedicó a resucitar a cuanto fallecido se iba encontrando.
Si se arrepintió el niño Dios, ¿por qué no me puedo arrepentir yo que no soy tan niño? No hay nada más cómico, ni más trágico, además, por lo inexplicable, ni que sorprenda por igual en los cielos, en los infiernos y en estas tierras, que la conversión de los anticristos. Aunque habría que aclarar que Anticristo no hay sino uno. Y lo más asombroso es que eso haya llegado por la lectura de Los evangelios apócrifos.
A diferencia de nuestros primeros tiempos, cuando combatíamos a grito herido a punta de panfletos y de blasfemias, ahora lo hacemos con pacientes parábolas, a ver si por fin alguien nos para bolas. Ya no se trata de seguir matando en Colombia, a bala o con la palabra, sino de resucitar a los muertos. Alguien tiene que hacerlo, señores asesinos y mandatarios, así sea con una justa reparación. ¡Amén pa’ las ánimas! |
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