Bogotá, Colombia -Edición: 738

 Fecha: Viernes 27-12-2024

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\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

Todos contra todos


Los ricos roban a los pobres y los pobres entre ellos. Cómica situación en donde el acontecimiento de ser pobre coloca al ciudadano al filo de la existencia en Colombia.

 

Constantemente se habla de cómo los ricos usurpan, explotan y se aprovechan de aquellos con menos recursos. Pero, esto es la menor de las preocupaciones, de cierto modo, ya que sus robos son tan limpios que simplemente el colombiano promedio no logra saber dónde fue que lo robaron.

 

Por otro lado se encuentra el robo entre personas de bajos recursos, de hecho parece ser que el primer gran muro que es necesario dominar el en camino de los pequeños empresarios, es impedir que otros se aprovechen de su situación de crecimiento y terminan robando el producto de su trabajo, en otras palabras, los más acaudalados no tienen que preocuparse que los de menos recursos logren llegar a ser grandes competencias, ya que entre los pequeños exponentes se sabotean, esto siempre y cuando sea entre pequeños comerciantes, ya que de no ser un comerciante con cierto ideal del capitalismo salvaje, sera un amigo de lo ajeno, de trabajo fácil que estará dispuesto a robar cada centavo de cualquier persona por el simple hecho de que ellos deben de sobrevivir.

 

Es en este juego en donde el colombiano vive en un constante terror, si consigo me roban, si juego limpio pierdo, y si llego al éxito los impuestos me tragan vivo, entonces nace el colombiano que se acomoda en una comodidad estable, una comodidad que como mínimo le permitirá tener tranquilidad. Esto en uno o dos casos será normal, pero cuando una gran mayoría adquiere este pensamiento crea un gran problema para una sociedad que debe crecer económicamente, ya que aquellos que quedan y obtienen el éxito talvez y solo tal vez han decidido dejar de jugar con las consignas de una economia limpia, permitiendo de esta manera jugar de manera amañada, dando luz verde a los males que han acompañado a Colombia durante mucho tiempo.

 

 

 

 

En la búsqueda de un futuro presente

 

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  

 
La falta de conciencia y sentimientos de autonomía nos lleva a vivir dependiendo de otros que se aprovechan de nuestras inseguridades. Y esto ha sido una constante en la evolución humana que la gente acepta como algo normal.

En verdad es normal para los seres que su capacidad de raciocinio no ha evolucionado lo suficiente como para dilucidar la realidad de las cosas que el hombre pretende establecer.

 

La vida social en la actualidad es muy compleja y ha entrado en una maraña de sentimientos que existen en diferentes estados y esto hace que cada uno responda a impulsos emocionales. Pero quienes están al mando del establecimiento usa esas condiciones para manipular a una mayoría que le son fieles sin importarles el sufrimiento que los seguidores puedan sentir.

Por esos los Estados se vuelven poderosos al mando de un hombre o un líder quien es el que rige el destino de todos. Al final todos sufren y pierden. Pero cuando la sociedad aprende de esas experiencias se organiza y establece una ruta a seguir todo cambia.

Los congresistas no piensan más allá de la realidad que ellos están viviendo porque es su forma natural de manejar su entorno. Pero el pueblo al final es el que determina para dónde va la nación y quien será el que llegue al congreso.

El tiempo hace que las sociedades maduren o se estanquen y otras aprenden del pasado como si fuera una lección de conocimiento. Esto nos diferencia en muchas formas los unos a los otros aunque vivamos en una misma civilización.

La Nueva Granada fue grande porque era un territorio colonizado por barbaros oportunistas que todo les llego por azar de las circunstancias y al final lo perdieron todo. Esa sociedad que quedo nacida de la colonización apenas está aprendiendo de la miseria, el maltrato y la vergüenza de ser mestizo, criollo o mulato y que hoy es una amalgama de todo un poco y quienes presumen de blancos son simplemente los presuntuosos de algo que no son. El poema de Luis Carlos Gonzáles “Raza” describe muy bien lo que son.

Hay una nueva generación que se está enfrentado no al pasado sino al futuro y están reclamando los derechos que le son propios porque ya no pertenecen a los ancestrales criollos que no supieron gobernar cuando el florero de Llorente. Ya no hay ese temor y esa inseguridad que tuvieron los antepasados, a pesar que hoy no están lo bien preparados para administrar un país, pero si saben cuando una nación está mal administrada y parasitada por el congreso que continúan actuando como si nada pasara en el país. Y
hoy pretenden ser los nuevos gobernantes y continuar viviendo del erario.

 

 

 

QUÉ LEE GARDEAZÁBAL

Gustavo Alvarez Gardeazábal


LA REGENERACIÓN
De Daniel Gutiérrez Ardila
Editado por Taurus

 

Audio: https://www.youtube.com/watch?v=aY3A46T3YlU


Este es un libro catastrófico que pretende solidificar un mito, la Constitución de 1886, pero como quiere al mismo tiempo subvalorar a su gestor, Rafael Núñez, despojándolo de la aureola que la historia le ha creado y que lo protege, tiene un sabor agridulce.

 

Es valioso de todas maneras porque al hacerlo consigue erradicar los dos elementos equivocados en que se ha caído siempre al hablar del monstruo político que fue Núñez: su cacareado matrimonio con Soledad Román y su traición a los ideales dañinos del Olimpo Radical que se entronizó en Colombia con la Constitución de Rionegro en 1863.

 

Pero en su afán de maximizar el producto hace un tan exhaustivo y plausible trabajo investigativo para narrarnos las dificultades por las que pasó Núñez hasta sacar adelante su idea de derrocar la maligna república creada por los idiotas liberales de Rionegro, que en vez de convertir al cartagenero en un manojo de defectos humanos y de equivocaciones, como pretende una y otra vez, termina haciendo un pedestal para reconocer la magnitud de la Carta del 86 pero pegando más ladrillos a la estatua de Núñez.

 

Y lo hace porque ese frágil y feo ser humano fue quien consigue entender lo que todos sentían en la Colombia de 1880 y, con más verraquera que buen tino se encontró las fórmulas legalistas para matar al engendro perverso de la Constitución Liberal de Rionegro y borrar la huella oligarca del Olimpo Radical que mal gobernó a Colombia por casi 25 años.

 

Lo de Nuñez para derrocar la Carta del 63 fue un trabajo de filigrana. Hubo anteproyecto de reforma, plebiscitos municipales, nombramiento de delegatarios y redacción compensada.

 

El libro de Gutierrez Ardila es enjundioso y su lectura amena. La narrativa no es pareja porque se excede en algunos momentos en transcripciones de periódicos y revistas de la época, pero como el autor tiene sentido histórico en su capacidad de detectar hasta las hendijas de un período tumultuoso y taponar los baches de la tradición, Núñez resalta a dolor del mismo Gutiérrez Ardila.

Este libro nos demuestra que la Constitución que Núñez empujó y que Caro y Campo Serrano construyeron a pedido del cartagenero, logra, como los dioses mitológicos de los griegos, quedarse por encima de todo como el esqueleto del verdadero poder constituyente.

Pero en especial porque estableció el orden intocable que hoy todavía nos permite conservarnos como república, aún por encima del otro engendro dañino de la Constitución de Gaviria en el 91 y que pretendió destripar la de Núñez del 86.

 

 

 

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