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COLUMNISTA |
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Navidad con mis tres jesuses
Por: Jotamario Arbeláez
A Salomé y Salvador
Don Jesús Ordóñez, generoso fundador y
propietario de la Librería Nacional de Cali, donde a pesar de
mis reticencias laborales acababa de engancharme como
relacionista, el 24 de diciembre de 1966 me regaló una edición
de lujo del guion de la película La pasión según San Mateo, un
suculento pernil de cordero, una botella de vino chileno, me
hizo un adelanto del sueldo y me palmeó feliz navidad. Con este
trofeo a cuestas, urgido de compartirlo, me dirigí al
apartamento de la Avenida Sexta donde me daba cobijo mi recién
cobrada amante modelo de Bellas Artes. Quien no estaría muy
satisfecha de verme hasta el momento colaborar con nada.
El Profeta me había instruido, amén, de mantenerme lo más alejado de la divinidad posible. Mientras la iglesia hiciera uso de ella para soportar el poder temporal de Roma, que falsificaba el rostro de Cristo, nuestra misión estaría en otra parte. Sin embargo, a pesar de mi ateísmo natural y del impartido, en forma reiterada recibía signos que me ponían en evidencia al Señor por estas calles de Dios y de La Sultana, que requerían de mí gestos de caridad, los cuales asumiría mientras pudiera. No sin dejar de preguntarme, como el terrible Rimbaud en su infernal temporada: “¿La caridad será para mí hermana de la muerte?”
Avancé caminando por un mar de triquitraques, totes, diablitos y buscaniguas. Surqué media ciudad de entonces pasando por San Nicolás, el barrio donde naciera y de donde habíamos salido a las volandas por la explosión del 7 de Agosto. Del Bar de Cuco bajé por la calle 19 que iba a dar a
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Acapulco, donde comenzaba la zona de
tolerancia. Pasé por la casa de citas de Janeth, donde esa noche no había
servicio, pues las mujeres de vida alegre como por entonces se las definía, se
dedicaban a cantar villancicos alrededor de un pesebre coqueto del que eché de
menos la Virgen. Ni siquiera me saludaron cuando las oteé por la ventanilla. |
una especie de biombo que ocultaba un colchón astroso. El campesino se arrodilló hasta tocar con su frente el suelo y puso sus manos sobre la cabeza, en señal de haber desaparecido. “No nos culpe –me dijo señalándolo–, ni a él ni a mí, cada uno era para el otro lo único que le quedaba en el mundo. Fuimos de la ceca a la meca y en una de esas lo metí en este embrollo. El pobre ya ni siquiera me habla”. Debía tener más de 60 años, el vivo retrato del arrepentimiento y el desamparo. Ni siquiera tuvo el valor de mirarme. “Viejo puto”, susurré para mis adentros. El rictus de resignación de la niña la hacía patéticamente bella. No temas, le dije, impidiéndole que apagara la luz. Saqué la pierna del cordero y la botella de vino y las puse en sus manos puras. Los billetes de don Jesús los dejé sobre la mesita. Al viejo le acaricié la cabeza y al niño le piqué el ojo. Y me alejé entre sollozos en busca del hogar paterno.
Antes de tocar a la puerta, pues las llaves las había entregado cuando me fui detrás de la modelo de mis desvelos, quien también me habría de sacar lágrimas amargas por su inconstancia, pensé en mi hermano Jesús Antonio, quien por esa época fungía como Jesús de Kalí, quien debería andar en su túnica por los barrios de la ciudad acompañado por sus discípulos que portaban una inmensa bandera blanca con la palabra Castidad estampada en azul, en su función de asistente de moribundos y redentor de rameras.
Menos mal que Jesús mi padre también había traído a casa un pernil de cordero y
una botella de vino, regalo condescendiente de don Jacobo Acherman, su patrono
judío en la sastrería del pasaje Zamoraco, además de cancelarle la prima de
Navidad. Las hermanas habían salido a cenar con sus novios. Mi hermano, en pleno
período paranóico-crístico, estaría con sus doce amigos. Y esa noche me dijeron
que, aunque deploraban no tanto la pérdida de la fe religiosa como mi
incredulidad generalizada, lo que haría que ni en este mundo ni en el otro me
hicieran caso, más aún deploraban lo que les acababa de referir por teléfono mi
modelo de compañera, invitada a cenar por su esposo: que nunca trajera un
centavo a casa por andar reparando en pretendidos ‘episodios providenciales de
compasión’, que se me iban presentando y en los que dilapidaba lo poco que
conseguía. Y que por lo tanto a ella le tocaba con mucha pena hacer lo que
hacía. Claro que peor era el otro, quien ni siquiera le hacía poner bolsillos a
los pantalones, tal era su repudio al billete; y así fueran ricos los que morían
extremaungidos por su pulgar con oleo sagrado y querían dejarle alguna donación
por allanarles el camino hacia el más allá, él nunca les recibía, y con las
damiselas, por predicarles que el cuerpo no tenía precio pues era templo del
Altísimo y que más bien se entregaran al Señor en busca de amparo, cada vez
estaba más a punto de ganarse su garrotazo.
Contratiempo, 2000
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