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EDITORIAL
Amoroso 2025
No se conoce mayor ventaja
para un ser que tener a alguien a quien amar. Nacimientos,
honores, sexo, drogas, riqueza, nada puede como el amor inspirar
a la humanidad en el objetivo de vivir tranquilamente. El amor
es una fuerza que inspira valor y asemeja a las personas que
aman a héroes. Sólo los amantes saben vivir él uno para él otro.
El amor torna a la gente noble y generosa, y en efecto quien ama
tiene un no se sabe qué de más divino que quien es amado.
El amor hace que floten mariposas en el estomago porque en el
corazón se ha instalado un poder que insufla cosquillas por todo
el cuerpo, siendo así que desde la antigüedad se ha dado en
decir que existen dos tipos de amor, el celeste y el popular.
Las personas que cultivan el arte de las palabras, dicen con
sencillez que es bueno conceder amores a quienes los aman, sea
persona joven o vieja.
Las épocas sociales que tiranizan mediante la autoridad
terrorista de Estado o bajo el yugo de agentes armados a la
población civil, son derrotados cuando en el corazón de las
comunidades se establecen vínculos de amistad y relaciones
vigorosas con las cuales enfrentar la amenaza y el asedio de los
agentes externos e incluso la adversidad con que la naturaleza
en ocasiones actúa, porque el amor hace crecer la unidad con la
cual se vence al miedo y sus demonios.
El amor se expresa con una
combinación de actitudes que permite amar a la vista de todo el
mundo y a la vez amar en secreto. Se dice que los juramentos no
obligan en los asuntos del amor porque el amor es libre en darse
y no pedir a cambio en que se dé, para que las mujeres y los
hombres en razón de ello consientan en tolerar y respetar todo
aquello que hacen los seres a quienes aman.
En suma, el amor consiste en
querer poseer siempre lo bueno, siendo este el amor general o
celestial, es lo que impulsa a las personas en particular a ser
los productores y reproductores de su propia belleza mediante el
sentir-pensar y los músculos del cuerpo. La unidad binaria de la
mujer con el hombre para la reproducción es una obra divina que
se manifiesta a través de la fecundación, la vida y la cultura
humana, literal, el amor es una enfermedad de transmisión
sexual.
Los que quieran aspirar al amor celestial y popular deben hacer
de su mente-cuerpo un bello atributo, porque la belleza que
reside en todos los cuerpos es una e idéntica, sin que predomine
alguna armonía de todas las formas de belleza existentes. El
sentir-pensar también debe expresar proposiciones que describan
la personalidad de las personas que tratan a sus semejantes,
como individuos bellos y amorosos.
La unión sexual de la mujer con el hombre perpetúa la mortalidad
de la especie, puesto que sustituye a un individuo viejo por uno
joven. En cuanto a la fecundidad con relación al sentir-pensar,
lo que le corresponde a cada uno es parir su propia sabiduría
teniendo en cuenta que no se deben tener deudas para con la
humanidad ni para con sus dioses. Feliz año nuevo amoroso…
bellezas.
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Los carroñeros
que olvidaron sus raíces

Por: Zahur
Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com
Cuando crecía e iba a la escuela, muchas veces
escuche al maestro decir que los indios no tenían alma y que los
perros eran más valiosos que esos animales. Estaba en tercero de
primaria y ya me perfilaba en lo que hoy soy. Lo escuche decir
esas palabras y eso me hizo afinar el sentido de la
razonabilidad.
Ese maestro hoy debe de estar enterrado bajo la misma tierra de
sus antepasados aborígenes en el más completo olvido.
La tierra nunca ha sido de nadie, el que la reclame como propia,
sobre ella vivirá sólo para labrarla y morir esclavo de ella.
Los primeros humanos y descendientes han vivido como parte de
ella y han convivido en paz. Pero unos sicópatas de los primeros
siglos cuando la Mesopotamia y la Grecia eran colmenas todas
funcionaban bien. Esto duró hasta que un arrogante guerrero
macedonio conquistó parte del mundo y cambio el orden de la
tenencia de la tierra.
Los españoles por azar apoyando a Colón llegaron a estas tierras
donde antes habían llegado otros navegantes y se regresaron
dejando todo intacto como lo encontraron.
Castilla y León, un mísero territorio se lanzó a la devastación
de un extenso continente y lo que era de todos los que lo
habitaban lo hizo propio blandiendo una cruz y una espada
asesinando millones de sus habitantes.
Hoy siglos después, los bastardos descendientes que no pudieron
regresar reclaman las tierras que no son de nadie y que las han
habitado los aborígenes en ella.
En Colombia el Estado carroñero los desplaza y les asigna
territorios como si esas tierras no fueran de ellos. Y lo más
interesante es que bandidos de todas las calañas reclaman como
propio lo que nunca ha tenido dueño. Y por eso se creen que son
dueños y demarcan territorios para sentirse dueños de una tierra
que siempre estará ahí.
El aborigen no tiene el sentido de la propiedad porque no hace
parte de su información genética, todo es de todos y por eso
toman lo que encuentran si les es útil para comer o fabricar sus
cosas básicas.
El descendiente del macedonio todo lo ve como un tesoro y quiere
apropiarse de lo que encuentra a su alrededor. Lo marca, lo
titula y lo convierte en un negocio para oprimir al otro.
Mientras que el nativo ve las cosas como parte del todo y para
todos. Por eso es que nace el crimen, por esa sed de poseerlo
todo y sentirse dueños de todo. Así nace el mercado de las
cosas. No el canje, yo tengo y tú tienes e intercambiamos
elementos según nuestras necesidades.
Las leyes exitosas son aquellas donde la participación de todos
se combinan entre unas cosas y otras y se llenan los vacios con
la aportación de todos.
La democracia obliga a elegir a unos individuos por una minoría
que al final son ellos lo que esclavicen a sus electores
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obligándolos a pagar impuestos para que ellos
construyan un establecimiento que permite crear la corrupción
más monumental.
Este continente evolucionaba lentamente y todos vivían al ritmo
de su quehacer cotidiano al igual que los que habitan la
amazonia o las selvas profundas de este continente.
Solo cuando llega el invasor blandiendo su espada
y sus leyes, la tierra se convierte en una cloaca de su
humanidad.
QUÉ LEE GARDEAZÁBAL

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
El Ritmo de Harlem
De Colson WhiteHead
Editado por Random House
Audio:
https://www.spreaker.com/episode/57952861
El autor de esta monstruosa novela es un profesor
negro de Columbia y Princenton, ganador dos veces del respetado
premio Pulitzer, de la beca Guggenheim y del codiciado premio
Mac Arthur.
Por supuesto por su titulo, por ser el autor un afro alabado por
unos y otros y por la frescura narrativa que exhibe desde el
primer renglón hasta el último, cuando se queda mirando como
construyen los primeros muros del World Trade Center en los años
sesenta, esta novela es una novela de negros, una novela de
Harlem y una novela de hampones.
Es una novela sobre y para reducidores. Es de una perfección
estructural de tal magnitud que cuando se termina de leer y el
premio gordo de vender y comprar tantas cosas robadas no lo
logra el personaje principal, el señor Cartney, el dueño del
almacén de compraventa de muebles ni con las claves encontradas
en el último maletín del millonario descarriado que fungía de
socio y amante de su primo Fredy, ni siquiera en ese momento
final, uno se siente frustrado o al menos desilusionado.
Y no se siente así porque la narrativa del autor de EL RITMO DE
HARLEM permite meterse por tantos recovecos del ultramundo del
barrio negro de New York, que el asunto central, la historia del
señor Cartney, el vendedor de muebles usados, sobreviviente de
todas batallas y todos los enredos ha copado con creces la
atención de cualquier lector.
Hay entonces un manejo admirable de tensión como elemento
tradicional de la buena crónica. Pero también un habilidoso
tratamiento de la descripción de los perfiles de los personajes,
grotescos casi todos en esa barriada, al punto que el lector no
necesita sino imaginarse frente a una pantalla donde el audio le
describe lo que está viendo o lo que se está imaginando sin que
se lo digan.
Es un libro a todas luces recomendable para poderse enredar en
la maraña oscura neoyorkina o en la estridente del barrio Harlem
que rodea al Hotel Theresa y así y todo el enredo resulte
exagerado, también permite sentirse inmensamente satisfecho.
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