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COLUMNISTA |
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Las horas contadas
Por: Jotamario Arbeláez
Van llegando las
horas de la muerte. Vienen con paso tardo pero firme. Tiemblan
los que la deben, el enfermo, el boleteado, el perseguido por la
mala suerte. El herido se mira en el espejo. Peor está el espejo
con su herida. Tiemblan en la pared los calendarios. Los ayeres
se borran con un trapo. La mañana es la última que alumbra.
Cursa el sol con sus vueltas ya cumplidas. Las nubes perezosas
pesarosas. Los paisajes sentados en el suelo. Se oye pólvora
sorda en el recuerdo. Nadie piensa en el fin hasta que acaba.
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Despertó en mucha gente la esperanza. Y en otra la esperanza de acabarla. No tuvo paz mirando de acordarlas. Pudo ser el patriarca de las horas. El que cantara el fin de la barbarie.
Amaneció con la certeza de que ese día no pasaba. Tenía clara conciencia de todo lo malo hecho y de lo bueno por hacer, que era más difícil. Aunque prácticamente se limitó a poner su tiempo. No se le notaba tristeza, o sólo la de la misión cumplida. No se sentía mal, nada le dolía, estaba a paz y salvo con la caja de su existencia.
Esperaría hasta el final de la noche para marcharse, tal como
había venido, en medio de expresiones gozosas. Cuánta gente había visto morir,
cuánta nacer, cuánta enfermar y sanar, cuánta caer en accidentes o ante
horrendas masacres. |
Todo el mundo sabe que hoy va a morir y a nadie le importa un bledo. Debí haber puesto que un culo pero comprendan que me estoy puliendo. Es la indiferencia por un muerto más en este mundo de muertos múltiples. Todo el mundo llora a los suyos. Aparezcan o no aparezcan. Desde hace más de cincuenta años vivimos en la capital de la muerte. Pero ya estamos saliendo. Aunque muchos prefieran que no salgamos.
Sentimos que a
partir de mañana ya no podremos seguir contando con él. Se va sin gloria ni pena
y serán pocos los que registrarán su recuerdo. Nadie llorará por él como si se
tratara del más pobre hideputa. Así es el destino con quien asume obligado el
rol de su sino. Sin la posibilidad de cambiarlo. Nadie lamentará su silencio en
la fiesta de su deceso. Creo ser el único que por él va a soltar una lágrima, en
vista de mis últimos dictámenes médicos y a que ambos tenemos la edad vivida.
Aplausos, risas,
campanadas. Son las doce de la noche. El año ya terminó.
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