Bogotá, Colombia -Edición: 744

 Fecha: Viernes 10-01-2025

Página 9

 

    

\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

Un cambio de esquema

 

Colombia enfrenta un punto de inflexión histórico en su modelo económico y social. Durante tres décadas, el Estado Social de Derecho se subordinó a los intereses corporativos, consolidando un modelo extractivista que privilegió la ganancia privada sobre el bienestar colectivo. Este periodo dejó a Colombia con una economía dependiente, desigual y con uno de los índices de productividad más bajos del mundo.

El gobierno actual propone una transición hacia un Estado inversor fuerte, una idea que promete transformar la relación entre lo público y lo privado. Bajo este enfoque, el Estado busca asumir un rol activo en la economía, promoviendo la inclusión de las economías solidarias, populares y circulares. Este cambio no es menor: implica desmantelar un esquema de privilegios para el sector privado que, amparado en la confianza inversionista, ha dependido del erario público mientras perpetúa desigualdades estructurales.

El Estado inversor tiene el potencial de cerrar brechas, garantizar trabajo digno y promover justicia social y ambiental. Pero este modelo enfrenta desafíos importantes. Primero, la eliminación de beneficios a grandes empresas privadas debe ir acompañada de una reestructuración profunda que evite que las nuevas políticas terminen replicando las prácticas de corrupción y despilfarro del pasado. Segundo, la coordinación y efectividad de las políticas públicas será clave para garantizar que la inversión estatal llegue a todos los municipios de forma equitativa y sostenible.

 

La transición hacia este modelo también requiere un enfoque integral que priorice la erradicación de la pobreza, la universalidad de servicios esenciales como la salud y la educación, y la ordenación del territorio basada en principios de sostenibilidad. No se trata de un simple cambio administrativo, sino de una transformación estructural que necesita del compromiso de todos los actores económicos y sociales.

 

El éxito del Estado inversor dependerá de su capacidad para equilibrar la autosuficiencia del sector privado con la inversión en el bienestar colectivo. Si se implementa con transparencia y eficiencia, este modelo puede convertirse en el motor de un desarrollo más justo, sostenible y humano para Colombia.

 

 

 

El yo-yo y el cómo voy yo

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  

 

Los colombianos han desarrollado una personalidad muy particular en el mundo del habla español que donde llegan cuando hablan se distingue que son colombianos. Las historias que se han tejido sobre ciertos personajes nacionales ha dado para hacer más de un largometraje, cortometraje y documentales que han informado a quienes los ven sobre la idiosincrasia lo que es esta gran nación.

No se puede ocultar estos detalles de una nación y ellos hacen que ella sobresalga sobre las demás y entre en la lista de importantes a nivel mundial. Sin querer queriendo, como decía el Chavo del 8, Colombia es una potencia humana que está mal dirigida y que una minoría de oligarcas pobretones la han controlado y no han podido avanzar en el concierto de la prosperidad y el bienestar social.

Esa sociedad pobretona ha desarrollado una serie de eslogan que hace que la base social que son todos sigan pensando que es correcto, pero es más una distracción que lo que realmente debería ser.

El Yo-Yo prima porque desplaza al verbo nosotros y todos creen que siendo individual van a prosperar y ser grandes en lo que hagan, pero la realidad esto crea una envidia por ese individualismo y todo lo que el otro pretenda hacer no lo dejan avanzar. Es normal que alguien abra un negocio y sus más cercanos vengan a la inauguración, y por allá entre ellos conversen y hagan cábalas de duración del negocio. Es corriente que algunos pasen a ver si el negocio está abierto aún.

Lo que debería ser es que todos alrededor del negocio acudan a él a comprar y a que prospere y la economía local también se lleve su parte.

Dentro del sistema gubernamental es otro flagelo. Las negociaciones dependen de cómo voy yo. (CVY). La corrupción aquí es mayor porque el mismo sistema gubernamental alimenta esta podredumbre. No la detienen porque todos los políticos y empleados hacen parte de este acto de corrupción. Se necesitan palancas para alcanzar cualquier puesto y los políticos pagan sus favores con puestos o contratos que al final pagan los electores con sus impuestos.

Aunque se haga lo que se quiera hacer no es posible desmontar este sistema, porque está afincado por la presunción que es una democracia, pero la democracia es la base de la corrupción porque si no hay negociación entre quienes apoyan a los candidatos y los contratistas no hay dinero para hacer la campaña y comprar los votos.

 

 

 

QUÉ LEE GARDEAZÁBAL

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

 

Donde crece el peligro
De William Ospina
Editado por Random House

 

Audio: https://www.youtube.com/watch?v=9UEEI8U80V4

 

Muy pocos escritores en Colombia lo hacen con la calidad y finura con que logra William Ospina expresarse. En un país de inmediatistas William resulta ser un extraño pensador, de esos que creíamos que no volverían a retoñar.

 

Ejerce entonces un oficio que los Médici de Florencia apreciaría en demasía, pero que en Colombia no levanta un polvero. Lo que dice serían verdades de puño pero como finalmente quedan ante los ojos del lector como parte de la misma misa renacentista con que ornamentaron las sapiencias de Occidente para que todos las aceptaran sin chistar, desmembrar sus escritos resulta entonces criminal.

 

Y hurgar más allá de lo que dicen, es una equivocación total. William Ospina ha sido y lo será hasta el final de sus días un defensor de la tesis de que es el corazón el que mueve el cerebro.

No importa que ya los científicos nos hayan dicho que el cerebro es la reproducción del cosmos. A él lo invade la generosidad del maestro medioeval frente a sus monjes aprendices.

Por eso, tal vez, tiene este libro de ensayos tanta abundancia de citas, refrendando inútilmente que la mejor cualidad de todo escritor es ser mejor lector.

A veces sus ideas son precisas como las de su amado Baudelaire, otras revestidas de tanto fatuo como las estrofas inentendibles del Barco Ebrio de Rimbaud, pero por encima de todo impone la sapiencia que extrajo del Dante.

Leerlo entonces produce sensaciones ignotas pero como de música no parece saber, todo los textos quedan nimbados por el mismo sonsonete monocorde haciendo perder la gravedad e importancia de lo afirmado.

Solo al final, en el último ensayo que le da título al libro, forjando un arrepentimiento aparecido de la nada, se confiesa admirado de la filosofía cristiana para poder desembocar en un canto del cisne pesimista donde quiere encumbrar la frase de Thomas Mann: “De esta larga noche, de esta fiesta de la muerte que incendia en torno suyo el cielo de esta noche lluviosa, ¿se levantará el amor algún día?”

 

 

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