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COLUMNISTA |
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DESPEDIDAS DE CASADAS
Por: Jotamario Arbeláez
No sé por qué las mujeres siguen sufriendo tanto por casarse –o por enmozarse–, cuando a la corta o a la larga van a sufrir más buscando la separación, o el divorcio. Todo el mundo acepta que el amor es eterno mientras dura –y no sólo mientras dura dura- pero ahora se ha comprobado que dura más el edredón que lo que cobija. Mala pata para la iglesia, que se sigue nutriendo de uniones conyugales y de sepelios. Las parejas heterosexuales cada vez acuden menos a los altares y los homosexuales han conquistado con sus besos al señor juez. Estamos ante una nueva consigna matrimoniosa: ¡Que se casen los maricas! Porque ya las parejas tradicionales, nanay.
Sin embargus,
aquellas que se casaron –o se enmozaron con todas las de la ley-
en un momento de su vida y por más bien que estén con el
capturado, tal vez bajo el influjo de amigas avanzadas en la
quedada, deciden que tienen que ver la vida en todas sus demás
aperturas y, por más de que gocen de una que otra comodidad
extralarge, arrojan la coyunda por la borda para no sentirse
inferiores a una época que ya no requiere de protocolos. Lo cual
está bien, no faltaba más, porque el que piense que alguien le
pertenece no sabe el riesgo de enhuesarse que está corriendo. Mujeres liberadas, pues, es lo que estamos
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viendo en pleno trasteo. Con hijos o sin hijos, según la urgencia y el arrebato. Dejando con un palmo de narices a su intrascendental compañero, a quien suponen dejarán ardiendo en las llamas del sufrimiento eterno por no ser más condescendiente. Y esperando desde luego la manutención obligada, mientras renuevan el casorio, porque si no allí estarán los chepitos de Bienestar Familar.
Todo eso está muy bien, si se han de ir que se vayan, mientras apaguen la luz, cierren la puerta y bajen pasito. Si el abandonado sobrevive, con seguridad que ha de ser el que recupere la felicidad más ligero.
Pero mientras llegan de nuevo a la casa de su mamá, en el mejor
de los casos, o a la del galán del bosque o de la pequeña amiga celeste, se ha
impuesto como la última moda hacer una fiesta de despedida de la unión –libre o
sagrada- en la casa de la que sale, que esa noche tirará esa casa por la
ventana, por lo menos en lo que a ella le pertenece. Peroles, escobas, ceniceros
de lujo, edredones, hebillas, aspirinetas, y el espíritu del compañero
sacrificado. Ante todo nada de lágrimas, que eso de llorar ya no se usa ni en la
postiza hora de la desvirgada. La que se separa va en busca de un mundo nuevo,
como Colón en su carabela. De modo que todos los asistentes, familiares
expectativos, compañeras |
solidarias y solitarias, exnovios separados, primos carnales, fotógrafo social, mariachis, y de pronto un yogui contorsionista por cuenta de sus amigas, harán una fiesta del putas a la que no estará invitado el parejo, naturalmente. Al que de peores fiestas lo habrán corrido.
La fiesta, ahora de moda en Estados Unidos y Europa, puede ser tan costosa como la boda, que a diferencia de ésta, paga la novia. Para poder proclamar que comienza una nueva vida. Que se libera del yugo. Que va a poder disfrutar de todo aquello de lo que se había perdido.
Y como ya no sufre
la que se va, mucho menos sufre el que se aviene a que ella se vaya. Con
semejante fiesta en la que por primera vez él no estuvo -y donde quemaron la
alfombra los puchos de los rumberos, y mancharon la hamaca con esperma del
candelero-, se supone que la huidiza estará conforme.
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