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COLUMNISTA |
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Contratiempo
Por: Jotamario Arbeláez
El infierno y sus maravillas
Voy a visitar al
amigo de los días que agoniza con parsimonia en un cuarto
alquilado que da a la calle. Vive solo. Mantiene la puerta sin
seguro para que en cualquier momento puedan entrar sin tocar, ya
que le es imposible levantarse. Además, no tiene nada que le
puedan robar. La casera le trae la comida una vez al día y le
administra sus medicinas. Hablamos un rato de lo de siempre, de
lo que nos tocó en suerte, de lo realizado y de lo imposible, de
los sueños cumplidos y de los que se quedaron en el tintero.
Ambos quisimos ser escritores. Pero tal vez nos faltó estar más
despiertos. No soñar tanto. Tiene clara consciencia de que está
en las últimas pero lo consuela sentir que en esas anduvo toda
la vida.
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Borges. Pienso que ya mi amigo no va a llegar hasta ese sitio y no va a echar de menos la ausencia del tomo. Lo meto bajo el brazo y salgo con él.
Una vez en mi confortable habitación de soltero preparo mi cama para leer, me pongo la piyama, enciendo el calentador y la lámpara, y al abrir el libro veo que frente a la portadilla hay una calcomanía de aspecto macabro que reza: “Maldición eterna a quien robe este libro”.
A pesar de que me asusto en principio, me interno en sus páginas,
deslumbrado por lo que narra, la conformación de las estancias de los habitantes
celestes, las costumbres entre los ángeles, el espacio espiritual por donde
pasan los muertos antes de decidir su eterna morada, convertidos en ángeles o
demonios. Me prometo no posar los ojos sobre el tema infernal. Cuando voy a
apagar la lámpara el foco se apaga solo, se ha fundido. También yo me fundo, con
el libro sobre mi pecho. |
Me dirijo a la
habitación de mi amigo. Me dice que me estaba esperando, para comunicarme que se
encuentra en el mundo de los espíritus, decidiendo si toma el camino del
infierno o del cielo. “Cuídate de las maldiciones”, agrega. “Yo estoy pagando
por una. Por un robo insignificante. Tenía la
esperanza de que tú me libraras de ella. Heredándotela.”
Al salir, y ver sobre la mesita el libro de Swedenborg, vacilo entre llevármelo o dejarlo, puesto que ya el robo no opera. Es mi herencia. Como sigo impresionado con el mensaje de mi amigo, prefiero dejarlo.
Al llegar a mi
confortable habitación, veo el libro sobre mi almohada. Me pongo la piyama,
enciendo el calentador y la lámpara a la que he cambiado de foco, y con el libro
entre las manos dudo en seguir leyéndolo. Me decido cuando al abrir la primera
página veo que no existe la calcomanía con la leyenda: “Maldición eterna a quien
robe este libro.” Lo leo entero durante toda la noche. Incluso la parte referida
al Infierno. Dice que sólo los espíritus muy puros se deciden por él. Y dice que
esa noche ha llegado uno, el más puro. Y que está esperando que lo visite. |
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