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La maldición del arriero

Por: Agustín Perozo Barinas
«Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron con él».
Sartre

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Y sumergido diariamente entre ese bombardeo publicitario, se lo
cree, consumiendo hasta lo innecesario; pero hay un trasfondo: un individuo
frustrado, rabioso e impredecible. Mantiene un nivel de autocontrol precario
entre sus aspiraciones y su realidad: «¿Qué necesita un ser humano para no
apartarse de sí?» (Silvio)
No le perturba la privación de cosas materiales y murmura la obviedad de Marco
Aurelio: «¿A qué tienes miedo de perder si en realidad nada de lo que hay en el
mundo te pertenece?»
Como casi todos, cuando niño, era apasionado de una pelota, cualquier pelota. Ya
como adulto ve millones de dólares pagados a deportistas por jugar con algún
tipo de pelota: fútbol, tenis, béisbol, golf, etc., mientras los desarrolladores
de vacunas, como ejemplo, no son compensados merecidamente por sus aportes,
subvaluados en este mundo del entretenimiento.
Y así continúa su andar observando injusticias por doquier. Se carga de odio, lo
acumula y evoluciona como escribiera Ren Maran: «El odio es una larga espera».
Le es casi imposible procesar algún tipo de equilibrio entre su mente y el mundo
con sus variables, buenas y malas.
Un día, con su mente perturbada más allá del autodominio, decide
ejecutar lo que ha sido planificado: arrollar una multitud con un vehículo en
alta velocidad; disparar aleatoriamente contra personas con armas automáticas de
alto calibre; acuchillar transeúntes desprevenidos, autoinmolarse con un
artefacto explosivo en alguna calle concurrida... las posibilidades son muchas.
Especialistas de la conducta humana podrían encasillarlo dentro de algún
diagnóstico psicótico pero su descarrilamiento mental responde también a algo
lóbrego... que talvez ni él mismo comprenda: «Nadie se hace malvado de repente»,
sentenció Juvenal.
Para Mefisto la siembra de odio entre los hombres ya es tan sencillo como
esparcir granos de trigo en un labrantío: odiar a tu prójimo, es la máxima
torcida. «Entonces esto es lo más parecido al infierno. Jamás lo hubiera
imaginado. ¿Recuerdas todo lo que nos dijeron acerca de las cámaras de tortura,
el fuego y el azufre? ¡Son solo cuentos antiguos! No hay necesidad de ser
fanático del rojo vivo, ¡El infierno son las otras personas!» (Sartre)
¿Y qué tiene que ver la economía con el odio? Una mente inestable por fuertes
presiones económicas es más propensa a sentir ira... un portal muy conveniente
para penetrar el odio. Una condición económica precaria y sostenida genera esa
inestabilidad mental necesaria para odiar y borrar la línea divisoria entre el
bien y el mal, como escribió Spurgeon: «Quien le sirve a Dios por dinero es
capaz de servirle al diablo por un mejor salario».
El odio entonces, según Mefisto, hay que guiarlo con motivaciones: políticas,
raciales, migratorias, religiosas, ideológicas... hasta sentimentales, si se
quiere. La delincuencia más violenta tiene sus raíces en el odio, muchas veces
por vacíos sociales. Por ejemplo, los atracadores son depredadores cargados de
odio puro, sin retoques.
¿Por qué ya no es aconsejable tener un terreno rural para una linda casita
campestre y solitaria en la República Dominicana? ¿Por qué más negocios
populares tienen barras protectoras como jaulas? ¿Por qué tantos residenciales
custodiados con personal de seguridad? ¿Por qué casi todas los hogares, de ricos
y pobres, están enrejados? ¿Acaso es producto de «ama al prójimo como a ti
mismo?»
No. Es el odio, la distorsión de todo lo bueno. Es el resultado de infravalorar
al ser humano en un submundo con escasas oportunidades desde su infancia. Pero
también secuela de otras causas muy variadas, tantas como hay seres humanos con
sus particularidades existenciales. El odio es más versátil que el amor y se
ajusta a cada necesidad.
¿Y qué importancia tiene saber o no sobre estas cosas? Muy simple: hasta que no
llegue a la puerta de tu casa... El odio no se conoce hasta que no se siente.
Similar al dolor y la angustia, desgarra las personas. Casi todos vemos estas
cosas como lejanas y no nos mortificamos sobre si nos acaecerán o no, pero están
latentes en nuestro errar por la vida. No hay finales felices... ¿o morimos
felices?
Concluimos este collage literario con una reflexión: «¹Cuando veas a un hombre
malo, examínate a ti mismo y ten mucho ojo, ²que el destino se lleva siempre su
parte y no se retira hasta obtener lo que le corresponde». Confucio¹/Murakami²
Autor del libro sociopolítico La Tríada II en Librería Cuesta.
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No seamos ingenuos,
el odio se está esparciendo rápidamente por el mundo... mientras más aprieta una
crisis en los bolsillos de los ciudadanos de cualquier país más perentorio es
buscar culpables, los chivos expiatorios: los inmigrantes. Los judíos conocieron
bien esto dentro de la Alemania nazi.
En las redes sociales circula un escrito atribuido a un político estadounidense,
aunque no hay registros de que lo haya dicho, y dice: «Las personas emigran
ilegalmente a los Estados Unidos porque sus países son un asco. Es culpa de los
gobiernos corruptos que se roban el dinero. Si les dieran un salario digno la
gente se quedaría en su país». Bueno, no todo es tan simple pero ciertamente es
parte del problema.
La corrupción rampante y criminal, más la otra, la "legalizada", como son los
salarios, pensiones, exoneraciones, viáticos y demás privilegios exorbitantes,
son una succión extraordinaria de los recursos públicos. De los negocios turbios
en contra del Estado, ni hablar...
Para agravar el escenario las masas acéfalas enfrentan la consabida inflación y
en consecuencia un menor poder de compra al pasar el tiempo. Como si fuera poco,
pagando impuestos sobre el dinero que ganan; sobre el dinero que gastan; sobre
cosas que ya poseen, por las cuales ya pagaron impuestos con dinero que también
ya fue gravado. Y continúa la loca carrera de endeudamiento público que se paga
con, adivine usted: impuestos, más impuestos.
Sobre esta realidad en la República Dominicana un ciudadano comentó: "Este es el
elefante que tenemos dentro de la habitación y nos han entretenido a base de pan
y circo para que no lo podamos ver".
¿En qué se utilizan
esos recursos o, mejor dicho, en qué no se utilizan? La idea de gravar nuestros
ingresos y nuestras compras para alimentar al Estado podría haber tenido un
encomiable propósito: garantizar una existencia plena a todos los tributantes.
Pero resultó que
no... las privaciones económicas, sociales, políticas y culturales que han
limitado el desarrollo humano y la integración social se explican por sí mismas.
Ya lo había advertido Claude Bastiat: «Cuando el saqueo se convierte en una
forma de vida para un grupo de hombres en una sociedad,
con el transcurso del tiempo
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se crean un sistema
legal que lo autoriza y un código moral que lo glorifica».
No olvidemos los premiados con las exenciones, el aclamado gasto fiscal, que,
más allá de su finalidad en cada caso, se acomodó como algo rutinario mientras
que el resto de los mortales continúa sumido en un sistema que recuerda otro
premio de consolación que supone trabajar durante más de once meses para poder
disfrutar de unas semanas de descanso. (Jorge Fdez Mencías)
Las mayorías sufriendo las privaciones de sus hijos y una angustia diaria que no
da respiro: deudas sobre deudas, carencias tras carencias... y en esa licuadora
de problemas van surgiendo mentes dañadas, y he aquí la historia de una de
ellas...
Con mayor frecuencia tenemos en las noticias, desde cualquier rincón del
planeta, atacantes radicalizados dentro de alguna ideología o religión extrema,
con violencia letal hacia personas inocentes y también actos barbáricos contra
poblaciones civiles en conflictos bélicos.
¿Qué impulsa a algunos seres humanos a estos niveles de insensibilidad? La
deshumanización que proyectan es la privación de las cualidades que distinguen a
esas personas como seres humanos, que al empezar a ser comparados con objetos o
animales puede ser considerados como incapaces de sentir algo más que dolor.
Vivir experiencias muy traumáticas no hizo a nuestro antihéroe marginado
necesariamente más fuerte, sino más frío; como la frialdad de un sepulcro. Su
mirada se tornó en un abismo impenetrable e hizo de la soledad una aliada
incondicional: un ser sin nada que perder, parece más bien un espanto, una
aparición.
Ese tipo de hombre
es más común de lo que se piensa, ajeno al apaciguante mundo natural -la versión
no agresiva de la naturaleza-, y que vive en un mundo moderno rodeado de
cemento, metales, plásticos, tejidos, cibernética, informática, vehículos,
electricidad y tecnología por doquier...
La publicidad le brinda la idea de un mundo casi idílico. Advirtió Hoffman: «El
problema es que vivimos en la cultura del final feliz, la cultura del "como
debería ser" en lugar del "como es". Si no nos hubieran enseñado esa fantasía
creo que seríamos menos neuróticos».
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