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Comeos los unos a los otros
Por: Jotamario Arbeláez
A quién no le ha provocado comerse físicamente lo que más quiere. De allí que el verbo alimenticio se haya convertido en un eufemismo para designar el acto carnal. Podéis comer de cualquier fruto del jardín, menos del fruto de este árbol, dijo el Señor señalando a Eva. Y fue lo primero que se comieron.
Los habitantes del mundo se debaten en la disyuntiva de comer o ser comidos, no importa el sexo. Se sabe que el pez grande se come al pez chico, pero no siempre. La comida del lobo a Caperucita se sigue prestando a equívocos. Comer como las bestias es lo único que no merecería un castigo, escribía Eduardo Escobar cuando tenía muelas. Nada que me nutra, solía contestar yo a la pregunta de que qué quería comer.
En el país de los hornos crematorios, donde no escasea la comida, un curioso gourmet tuvo la idea de solicitar a través de Internet presas humanas para su consumo. El aviso decía: Ven a mí y me comeré tu carne deliciosa. Y allá fue a dar un parroquiano con ganas de ser comido. Cuando supo que el anunciante no se andaba con maricadas, sino que iba a terminar en el microoondas, se sintió todavía más realizado. De todas maneras había pensado en suicidarse, era bisexual frustrado por ambos frentes, y le propuso al insólito comensal que lo dejara participar del banquete donde él iba a ser el
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plato. Espero que me encuentres
sabroso, le dijo en una declaración que significa la máxima entrega. Sin
pensarlo dos veces, el hoy llamado Caníbal de Rotemburgo cercenó con el cuchillo
de cocina el pene del voluntario no sabemos si antes hizo otro uso de él, lo
puso a freír en la sartén y lo sirvió para ser consumido a la manera del
salchichón o el perro caliente, en rodajas, retirado el cuerito, con mayonesa.
Para que en caso de que se
descubriera el festín macabro y no fuera a malinterpretarse, el hambriento
victimario grabó toda la sesión culinaria con su cámara de video, donde quedó
consignado que el hombre plato no sólo aceptaba sino que deseaba fervientemente
la muerte, lo que convertiría este asesinato en un piadoso
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caso de eutanasia. Y como en ninguna parte del mundo el canibalismo es delito, pues parece que el monstruo va para afuera, donde se le quedaron sin comer 245 personas que respondieron el anuncio. Más el joven batracio con apetitosas ancas de rana que descubrió el aviso a la policía.
Diariamente
encuentro por Internet y en la prensa similares reclamos: Hombre dispuesto al
sacrificio de dejarse comer, necesito o Cómeme, soy tuyo, y los había dejado
pasar desapercibidos. Tal vez por la connotación homoerótica de la que ya nadie
se espanta. Pero me provoca hacerles el seguimiento ¿se imaginan el reportaje
que podría conseguirse con un sofisticado personaje que por correspondencia y a
la carta se lo quiera papear a uno? ¿Quién además pone la cámara? Pero si hay
aberrados sexuales como este cuarentón alemán que practican el garrote para sus
satisfacciones extremas, a muchos kilómetros de allí hay otro personaje que vive
placeres tanto más plenos, utilizando tan sólo la zanahoria. Es Hugh Heffner, el
fundador de Playboy, revista que está cumpliendo 50 años, y quien a sus 77 años
vive hiperactivamente con 7 conejitas, una para cada día de la semana, en una
lujosa mansión a prueba de voyeristas. A todas se las come, en el buen sentido
de la palabra, sin necesidad de condón porque no las presta y todas han pasado
la prueba del sida, aunque a veces se aparezcan por allí a bañarse en la piscina
peligrosos personajes como Jack Nicholson, Leonardo di Caprio y Cameron Díaz.
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