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Esta guerra de mierda

Por: Jotamario Arbeláez
Sabemos que
estamos en guerra, incluso que enfrentamos una guerra sucia,
pero ¿qué tan sucia? Apenas vinimos a saberlo el pasado sábado,
al leer las informaciones del comandante de la Policía de
Cundinamarca, coronel Luis Eduardo Herrera, de que las Farc
están apelando al puerco recurso de retacar los cilindros de
gas, la más letal de sus armas para el ataque a las poblaciones
civiles, con sus físicas secreciones.
El coronel encontró listos para explotar y logró desactivarlos
dos de esos cilindros de 40 libras, uno en la vía Subia-Silvania
y otro en la propia cuna del gobernador Álvaro Cruz, en San Juan
de Rioseco.
Imaginemos la sorpresa de los técnicos antiexplosivos cuando, al
inspeccionar el interior de las pipetas de gas, descubrieron la
combinación producto del ingenio de un científico loco, de
pólvora con excreta, palomina, zurullo, maconio, cascarria,
chirle, lo que todos conocemos con el eufemismo de caca. Mierda!
Según el coronel, para que cualquier herida por esquirlas de la
explosión resulte automáticamente infecta.
De modo que, tras de gravemente heridas, recojan los camilleros de la Cruz Roja
a las víctimas contaminados con los virus de una cagada.
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Es el clímax del terrorismo esta
nueva práctica demente y excremencial, más pavorosa que el ántrax de los
talibanes, pues la gente -más que a la propia muerte-
le teme a la inmundicia, sobre todo viniendo de donde viene.
No quiero ni imaginarme una indigesta del mono Jojoy, trenzada con sangre.

¿Le tocará quejarse al Gobierno que nos protege, en vez de a las ONG
especializadas en derechos humanos, a la Organización Mundial de la Salud, para
enfrentar esta nueva escalada de los desechos humanos?.
Por mi parte he acudido, en la soledad de mi biblioteca, a mis tomos de
consulta, y en la Historia de la mierda, de Dominique
Laporte (Pretextos, 1989), no encuentro sino exaltaciones de este producto tabú,
al extremo de llegar a decir que de las numerosas destilaciones de que fueron
objeto las materias fecales se obtenían cosméticos y diversos productos de
belleza, cuyo principal objeto era suavizar y blanquear la piel.
Cita también al izquierdista
utópico Pierre Leroux, quien afirma que “Si los
hombres fueran creyentes, sabios, religiosos, en lugar de reírse, como hacen,
del
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socialismo... cada uno recogería religiosamente su estiércol para
dárselo al Estado... a guisa de impuesto o de contribución personal. La
producción agrícola se vería inmediatamente doblada y la miseria
desaparecería del globo.” En ningún programa de gobierno vi propuesta
tan impactante.
Mi médico personal, el doctor Babel Jarales, tampoco encuentra tan
explícita la hipótesis de que la deposición de la guerrilla esté siendo
utilizado para impulsar una guerra bacteriológica tercermundista.
Más bien, piensa él, se estén utilizando los gases que se generan tras
la degradación del excremento como un elemento adicional para potenciar
la explosión del cilindro.
De todas maneras, a partir de la fecha, estará volando sirle al zarzo de
la Patria,
si no es que comienza por el techo, despachado por las naves fantasmas
que nos vienen sobrevolando.
Más nadaístas que nosotros resultaron los subversivos.
Mientras los irreverentes discípulos del profeta ingresamos –muy a
nuestro pesar– en el clan de los varones ilustres, ellos apelan a la
dialéctica de la bacinilla explosiva.
Y uno, peregrino aspirante a la Academia de la Lengua, tiene que
expresarse en el diario con los términos apestosos a que le obliga esta
guerra de mierda.
¡Qué asco! Alguien debería encender el ventilador.
Junio 13-02
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