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El disco rayado

Por: Jotamario Arbeláez
Comencé hace ya un buen rato, desde que me instalé en mi paraíso
en Villa de Leyva -donde hubo un mar y vivieron dinosaurios
antes que yo-, a joder con la muerte en mis escritos de prensa,
hasta que de pronto la misma prensa dio la noticia de mi muerte
mientras yo roncaba feliz en una clínica de reposo donde en un
pulmón me descubrieron un trombo que ya se fue. Mi anunciado
deceso despertó llanto colectivo mundial y alborozo cuando se
desmintió la noticia que voló como pájaro migratorio por las
redes y los periódicos. Hubo una aclamación general acerca de
mis cualidades y mis bondades, de algunas de las cuales ni yo
mismo tenía noticia. No puedo negar que la arisca fortuna al fin
me peló los dientes.
Con las pastillas anticoagulantes el trombo se volvió humo, pero
debo seguir tomándolas para impedir que retorne. El problema
latente es que la sangre adquiere tal fluidez que por ejemplo si
me corto las venas me muero, o si me hago una herida en la cara
con la navaja, e incluso se me pincho con una rosa como le
sucedió al poeta Rilke, o a la mujer del cuento de Gabo que se
iba desangrando en la nieve.
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Cuando Dios dijo “hágase la muerte” la muerte se hizo la muerta. Y eso hice yo.
Ya a la muerte me la pasé por la faja pero no sé qué me quedo haciendo en la
repetición de los mismos rituales, dormir y despertar y bañarse y desayunar y
hacer del cuerpo y hacer de cuenta que se hizo el amor con las novias que se
vuelven a vestir y se van. Vivir la vida como un disco rayado. Menos mal que
quedan los libros que no se han alcanzado a leer y las películas que uno no
recuerda si vio. Y que quedan algunos alzadores de pesas y diestros con el
violín y el pincel que sacan la cara por la especie mientras que con el corazón
en una mano y el sombrero en la otra asistimos al entierro de los amigos que
esperaron toda la vida sepultarnos con la pompa que merecíamos. Porque uno
espera que se vaya primero el otro con quien se compartió pan y pedazo. Unos se
entristecen y otros ni siquiera se darán cuenta. Nadie sabe para quién se muere.
La muerte está feliz conmigo mientras le cante como le encanta.
La muerte es un bombillo prendido que sigue encendido así se vaya la luz. No
sólo de luz vive el ojo. Los seres de la oscuridad se dejarán ver un día, y no
necesariamente serán seres de las tinieblas. No hay nada más bello que besar al
oscuro. Ya ni siquiera vale la pena navegar montado en la lisergina. Lo dijo
Leonard Cohen en un poema: “La vida es una droga / que deja / de hacer efecto”.
Nunca olvido que en parte de mi juventud fui un dechado de desdichas, un varón
de
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dolores. Sufría por lo que me dolía en el cuerpo y en el alma
que no tenía, pero también por los dolores del mundo que no
sabía cómo apagar. Pero como eso era el mal de mi generación, no
me abstuve de bailar la conga en una sola pata en cada reunión a
la que asistía y en la cual encontraba por lo general a una
pareja que con su otra sola pata me seguía el paso. Eduardo
Escobar me motivó a dar el salto con su eslogan para una lotería
“Salga de la depresión”, y a la publicidad fui a parar de
cabeza, para mofas de la insurgencia. Y con sus honorables
honorarios más los denarios de los premios de poesía construí mi
blanca morada.
Creo que ya hice todo lo que tenía qué hacer. Lo que me falta es
pasarlo a limpio. Guardé lo que tenía que guardar y tiré lo que
tenía qué tirar. Pero debo dejar alistados los 10 tomos de Los
días contados, y eso me va a requerir una temporada. Los poemas
narrativos que lo componen los fui colando en mis columnas de
prensa en forma de borradores que después terminé por aderezar y
convertir en rapsodias con temas diferentes según el tomo. Por
eso pocas veces he abandonado el tono confesional tratando de
sostenerlo con una prosa salpicada de jugarretas. Donde han
cabido mi mujer, mis hijos y nieta, los personajes de la casa de
las agujas, los amigos del alma y las amigas del cuerpo. Le pedí
tiempo al tiempo para cumplir y el tiempo fue cumplido conmigo.
Y para volver a citar a Cohen que me mantiene despierto: “Ahora
que estoy contemplando cara a cara a la muerte / no me
arrepiento / de un solo paso”.
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