Bogotá, Colombia -Edición: 922

 Fecha: Viernes 06-03-2026

 

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COLUMNISTA

 

 

 

Esta guerra de mierda

 

Por: Jotamario Arbeláez

 

Sabemos que estamos en guerra, incluso que enfrentamos una guerra sucia, pero ¿qué tan sucia? Apenas vinimos a saberlo el pasado sábado, al leer las informaciones del comandante de la Policía de Cundinamarca, coronel Luis Eduardo Herrera, de que las Farc están apelando al puerco recurso de retacar los cilindros de gas, ­la más letal de sus armas para el ataque a las poblaciones civiles, con sus físicas secreciones.

El coronel encontró listos para explotar y logró desactivarlos dos de esos cilindros de 40 libras, uno en la vía Subia-Silvania y otro en la propia cuna del gobernador Álvaro Cruz, en San Juan de Rioseco.

Imaginemos la sorpresa de los técnicos antiexplosivos cuando, al inspeccionar el interior de las pipetas de gas, descubrieron la combinación producto del ingenio de un científico loco, de pólvora con excreta, palomina, zurullo, maconio, cascarria, chirle, lo que todos conocemos con el eufemismo de caca. Mierda!
Según el coronel, para que cualquier herida por esquirlas de la explosión resulte automáticamente infecta.

 
De modo que, tras de gravemente heridas, recojan los camilleros de la Cruz Roja a las víctimas contaminados con los virus de una cagada.

 

 

 

Es el clímax del terrorismo esta nueva práctica demente y excremencial, más pavorosa que el ántrax de los talibanes, pues la gente -más que a la propia muerte-
le teme a la inmundicia, sobre todo viniendo de donde viene.

No quiero ni imaginarme una indigesta del mono Jojoy, trenzada con sangre.

 



¿Le tocará quejarse al Gobierno que nos protege, en vez de a las ONG especializadas en derechos humanos, a la Organización Mundial de la Salud, para enfrentar esta nueva escalada de los desechos humanos?.

Por mi parte he acudido, en la soledad de mi biblioteca, a mis tomos de consulta, y en la Historia de la mierda, de Dominique Laporte (Pretextos, 1989), no encuentro sino exaltaciones de este producto tabú, al extremo de llegar a decir que de las numerosas destilaciones de que fueron objeto las materias fecales se obtenían cosméticos y diversos productos de belleza, cuyo principal objeto era suavizar y blanquear la piel.

 

Cita también al izquierdista utópico Pierre Leroux, quien afirma que “Si los hombres fueran creyentes, sabios, religiosos, en lugar de reírse, como hacen, del
 

 


socialismo... cada uno recogería religiosamente su estiércol para dárselo al Estado... a guisa de impuesto o de contribución personal. La producción agrícola se vería inmediatamente doblada y la miseria desaparecería del globo.” En ningún programa de gobierno vi propuesta tan impactante.

Mi médico personal, el doctor Babel Jarales, tampoco encuentra tan explícita la hipótesis de que la deposición de la guerrilla esté siendo utilizado para impulsar una guerra bacteriológica tercermundista.

Más bien, piensa él, se estén utilizando los gases que se generan tras la degradación del excremento como un elemento adicional para potenciar la explosión del cilindro.

De todas maneras, a partir de la fecha, estará volando sirle al zarzo de la Patria,
si no es que comienza por el techo, despachado por las naves fantasmas que nos vienen sobrevolando.

Más nadaístas que nosotros resultaron los subversivos.

Mientras los irreverentes discípulos del profeta ingresamos –muy a nuestro pesar– en el clan de los varones ilustres, ellos apelan a la dialéctica de la bacinilla explosiva.

Y uno, peregrino aspirante a la Academia de la Lengua, tiene que expresarse en el diario con los términos apestosos a que le obliga esta guerra de mierda.

¡Qué asco! Alguien debería encender el ventilador.

Junio 13-02

 

 

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