Bogotá, Colombia -Edición: 994

 Fecha: Domingo 06-09-2026

 

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COLUMNISTA

 

 

 

La amenaza del fin

 

Por: Jotamario Arbeláez

 

Vejete que vegeta entre vegetales, bajo las hojas asoleadas de la arboleda y entre un bosque de libros, continúo escribiendo en primera persona del singular y en presente de indicativo, con leves alusiones a esos tiempos remotos que me tocaron y evocando a esos amigos marchitos con los que de tanto caminar fuimos borrando el camino, para dejar el testimonio de los vientos que pasan y de los virus guerreros que nos carcomen.

En mis manos recae la ópera prima de Homero, de quien a pesar de las dudas acerca de su existencia siete ciudades griegas se disputan su nacimiento. También miro por Netflix la película Troya, donde Aquiles se presenta como Brad Pitt. Quien termina por abatir la ciudad de los altos muros. La de Troya es la única guerra que me interesa. Donde dijo Néstor ante los jefes aqueos, de lo cual tomé atenta nota: “Sin familia, sin ley y sin hogar debe vivir quien apetece las horrendas luchas intestinas”.

Desde hace algunos años, aunque debiera decir que durante casi toda la vida, he venido sintiendo que se cierne sobre el planeta, donde por azar de los himeneos vinimos a parar todos, la amenaza del fin. Más concretamente ahora que en los comienzos del milenio uno y hasta del dos, amparada en los vaticinios de profetas

 

 

 

lunáticos que no cumplieron. Sus seguidores en túnicas y sandalias se quedaron con las pancartas que decían “Se acerca el fin”.

 

Y se acerca, no tengamos la menor duda. Por diferentes factores. Y puedo decirlo porque me jubilé de profeta, así fuera de opereta o de pandereta. En mi caso personal considero como causa primera la longevidad que nunca esperaba, que es la que induce fatalmente a la despedida. Me fui volviendo un coleccionista de años, como antes lo fui de estampillas y pelanduscas. Y acomodado en la hamaca de mi casa de campo me doy cuenta de que casi todos mis contemporáneos se han ido bajando de sus hamacas y no propiamente para ir a orinar. En la infancia filosofábamos en la escuela que el anuncio del apocalipsis era una pavada porque no existiría el fin del mundo. Que el mundo se acababa para el que se iba muriendo. Y el que fungía de sacristán apuntaba que la vida seguía en un planeta celeste donde tocaban y cantaban bandas de ángeles.

 

Llegó la guerra y tras ella la guerra fría, congelada por años después de la segunda mundial, que dejó sesenta y dos millones de muertos, más los 300 mil mal contados de nuestra primera Violencia nacional colombiana. En cualquier momento una de las dos potencias triunfantes, por error o errada interpretación de los pasos del oponente, podría descargar su bomba de hidrógeno, o a menor escala lo que ahora está usando la santa Rusia contra la madre Ucrania, mísiles supersónicos contra la población civil y hasta sobre hospitales de infantes como en Mariúpol, lo que ha ocasionado, además de los muertos, la emigración multitudinaria a través de Polonia. A muchos de los izquierdistas que

 

 

se habían justificando a Putin porque “el gobierno de la Ucrania independizada es de tendencia fascista”, y machacando el imperialismo de Estados Unidos, que desapareció con la muerte del Tío Sam cuando el gobierno de Obama, lo que para los izquierdistas parece que pasó desapercibido. Juro que lo leí en periódicos del 2015, en letra chiquita en algún rincón, y no tuve el tino de guardar el recorte.

 

Y qué tal la aparición del implacable e inaplacable sida, como advertencia a los tiradores de cuerpo entero, sobre todo de angosta vía. Hasta se lo catalogó de castigo divino a los practicantes del “sexo excrementicio”, como lo definió un senador. Pero en comparación con la irrupción del novedoso Covid 19, la poeta Dina Merliní apuntaba que por lo menos aquel se adquiría fornicando, y no como el virus chino por sencillamente obturar un timbre o saludar de mano a un infectado. Por dos largos años ha tenido al mundo enmascarado y empanicado.

 

Y llegamos a las jornadas electorales en nuestro precioso país. Tiembla el establecimiento y quienes han conducido la batuta, por el triunfo previo de quien se ha propuesto desafiarlo y desenmascararlo. Ante ese terrorífico aviso los que han tenido la sartén por el mango deberán apelar a medidas desesperadas, lo que podría propiciar la hecatombe. Porque se siente que el pueblo no aguanta más.

 

Pero ya no estoy para echarle leña al fuego, aparte de la de mi chimenea. Que me permite seguir tranquilamente leyendo a Homero. Tan sólo preocupado porque se acabe el mundo primero que yo.

 

 

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