Bogotá, Colombia -Edición: 994

 Fecha: Domingo 06-09-2026

 

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AGROECOLOGÍA

 

 

 

CIEN AÑOS DE SOLEDAD RURAL

 

 

POR. - IVAN R. PULIDO G / INGENIERO AGRONOMO

 

Las mariposas amarillas aún vuelan sobre Colombia, porque cien años de soledad rural ya han sido demasiados.

 

Dicen que las mariposas amarillas acompañaban a Mauricio Babilonia, tal vez algunas, cansadas de volar sobre Macondo, decidieron atravesar el tiempo y sobrevolar montañas, valles, ríos y llanuras hasta llegar a los rincones más apartados de Colombia y posarse para preguntarnos, ¿qué hicimos con esos cien años que nos fueron regalados?

 

Encontraron un país diferente, carreteras, edificios, celulares, satélites, drones, inteligencia artificial y ciudades que crecen hacia el cielo, pero también encontraron algo inquietantemente parecido a Macondo, una sociedad que cambia de gobiernos, nombres y discursos y que, con demasiada frecuencia, vuelve a encontrarse con los mismos problemas.

 

Tal vez por eso “cien años de soledad rural” no sea solamente una metáfora de la pobreza campesina, sino la paradoja de un país que aún no ha logrado construir una política rural de Estado que trascienda los gobiernos de cuatro años, cada gobierno con nuevos programas, nombres y promesas; luego llega otro y comienza de nuevo, no obstante, la tierra no cambia de gobierno, el árbol no cambia de parcela y el suelo no puede esperar otros cuatro años.

El país político piensa en períodos electorales; la naturaleza piensa en generaciones, allí comienza nuestra paradoja, exigimos resultados inmediatos a cultivos que necesitan años para producir; mientras las políticas que deberían acompañarlos cambian antes de llegar la primera cosecha.

García Márquez imaginó una sociedad atrapada entre la memoria y el olvido, Colombia parece haber desarrollado una versión moderna de aquella enfermedad, no hemos olvidado nuestros problemas; pero si hemos olvidado que ya los habíamos discutido, son nuevas palabras para problemas antiguos con cada gobierno, el campesino vuelve a escuchar que ahora sí llegarán el crédito, la asistencia técnica, la infraestructura, la tecnología, el mercado y quizá se está cansando de tanto esperar, y cuando un agricultor abandona su parcela, no solamente pierde una familia, sino se pierde una posibilidad de futuro para Colombia, en Cien años de soledad, el tren representó la llegada de una modernidad que transformó a Macondo, el tren también llegó, simbólicamente, a Colombia y trajo progreso, comercio y oportunidades, pero permanece una pregunta, ¿en cuántas estaciones rurales se detuvo realmente?


Hoy hablamos de inteligencia artificial, drones, biotecnología y transformación digital, mientras muchos productores todavía necesitan algo mucho más sencillo, saber qué sembrar, cómo producir, cuánto producir, dónde vender y cuánto recibir para vivir dignamente.

El problema no es que Colombia avance, sino que el progreso no llega a todos los territorios, hoy podemos observar un cultivo desde un satélite y utilizar drones para identificar sus problemas, pero la necesidad real del campesino es no encontrar un técnico que llegue a su finca y le ayude a resolverlos.

Colombia posee una extraordinaria vocación agrícola, diversidad de climas, suelos,

 

 

 

agua,  biodiversidad y conocimiento campesino, sin embargo, mientras hablamos de innovación, la ciencia agrícola todavía lucha por llegar al lugar donde debe demostrar su verdadero valor: el surco.

Instituciones como AGROSAVIA representan parte fundamental de nuestra capacidad para investigar y generar conocimiento agropecuario, debilitar presupuestalmente esa investigación agraria, significa reducir la capacidad futura del país para producir alimentos, competir, adaptarse y regenerar sus territorios.

 

La ciencia no puede permanecer archivada en informes técnicos, el conocimiento que no llega al surco permanece incompleto, Colombia necesita fortalecer la transferencia tecnológica y la extensión rural, acompañadas de un crédito productivo que comprenda los tiempos de la agricultura y respete los ciclos de la naturaleza, sin obligar a la tierra a someterse al calendario de las vigencias presupuestales, los gobiernos cuentan los años; la tierra cuenta los ciclos.

 

A esta soledad sumada la del agricultor frente al mercado, compra los insumos, paga trabajadores, enfrenta el clima, espera meses por la cosecha y asume buena parte de los riesgos; sin embargo, cuando llega al mercado, muchas veces son otros quienes deciden cuánto vale su producto, no basta con producir alimentos si quienes alimentan al país continúan siendo pobres, el campo necesita mercados transparentes, transformación agroindustrial, asociatividad, infraestructura y capacidad de negociación, quien siembra y asume el riesgo también debe participar dignamente de la riqueza que genera, porque una agricultura que alimenta al país, pero no permite prosperar a quien la trabaja, todavía tiene una deuda pendiente con la sociedad.

 

Pero Colombia aún tiene la oportunidad de aprender de la naturaleza, durante demasiado tiempo ha construido su economía basada en extraer, producir, consumir y desechar; la naturaleza enseña algo diferente, los residuos agrícolas pueden convertirse en materia orgánica; la biomasa, en compost y biochar; los subproductos pueden regresar al sistema productivo; los árboles pueden producir alimentos, madera, sombra, biodiversidad y servicios ecosistémicos, ¿por qué nuestra economía ha de ser diferente?

Ante el contexto, la agroforestería regenerativa puede convertirse en un punto de encuentro, producir mientras restaura, generar ingresos mientras recupera biodiversidad y regenerar el suelo mientras produce alimentos, no se trata de escoger entre economía y naturaleza, se trata es de construir una economía circular cuya prosperidad dependa de mantener vivo el capital natural que la sostiene.

Quizá Jaime Garzón comprendió algo que también habitaba en Macondo, Colombia tiene una extraordinaria capacidad para convertir la tragedia en conversación, el problema en chiste y el absurdo en costumbre, nos reímos de aquello que debería preocuparnos, hasta que la costumbre termina adormeciendo la conciencia, pero llega un momento en que el chiste deja de ser gracioso y es cuando los recursos destinados a escuelas rurales, carreteras, riego, investigación e infraestructura productiva no cumplen su propósito, no solo se pierde dinero; se pierde tiempo y un país que lleva cien años esperando no puede darse el lujo de seguir perdiéndolo, porque cuando a una nación se le roba tiempo, se le está robando su futuro.

No hace falta señalar nombres ni partidos, la corrupción no pertenece a una ideología; el hambre tampoco, tal vez nuestra gran tragedia sea seguir creyendo que cada gobierno debe comenzar de nuevo, unos que construyen y otros que desmontan; unos que avanzan y otros que regresan, mientras tanto, el suelo, el agua, el campesino y nuestra necesidad de alimentarnos permanecen.
 

 

 

Por eso el campo colombiano no deberá continuar siendo el escenario de batallas ideológicas, sino el lugar donde Colombia pueda reconciliarse consigo misma, el pequeño y mediano productor no necesita compasión, necesita oportunidades, ciencia en su parcela, crédito que acompañe sus ciclos, mercados que reconozcan su trabajo y condiciones que permitan a sus hijos encontrar un futuro digno en su territorio.

El Estado debería medir el éxito de su política rural no solamente por cuánto dinero entrega, sino por cuánto futuro deja instalado, ¿cuántas familias aumentaron sus ingresos?, ¿cuántos jóvenes permanecieron en sus territorios?, ¿cuántas hectáreas recuperaron productividad?, ¿cuánto suelo fue regenerado?, ¿cuánta biodiversidad regresó? y ¿cuánto valor quedó en las manos de quien produce?


Una política rural que pertenezca a Colombia y no a un gobierno; que sobreviva a las elecciones, que convierta la ciencia en infraestructura estratégica, el crédito en herramienta productiva, el mercado en aliado del agricultor y el capital natural en patrimonio nacional.

 

Quizá Macondo no sea solamente un pueblo imaginario, quizá sea una advertencia a una sociedad que puede quedar atrapada, cuando olvida lo que aprendió, destruye lo que construyó y vuelve a comenzar en cada generación.

Pero Colombia todavía puede romper ese círculo, necesita continuar, con la ciencia que funciona, con las instituciones que sirven, con las obras que producen, con el conocimiento acumulado y con la capacidad de nuestros agricultores para sembrar, aprender y corregir aquello que no ha funcionado.

 

García Márquez nos dejó, desde la ficción, una advertencia sobre las sociedades que repiten su historia porque no aprenden de ella, Jaime Garzón, desde el humor, nos ayudó a mirarnos en el espejo de nuestros propios absurdos, quizá ambos nos dejaron, desde lenguajes diferentes, una pregunta semejante, ¿cuánto tiempo puede una sociedad repetir sus errores antes de decidir cambiar?

 

Colombia debe elegir otro destino, las mariposas amarillas aún vuelan sobre nuestras montañas, valles, ríos y llanuras, el campo todavía respira, la tierra todavía puede regenerarse, nuestros agricultores saben de su oficio de sembrar y mientras exista alguien dispuesto a poner una semilla en la tierra, habrá posibilidad de futuro.

 

Necesitamos continuar con lo que ha funcionado, fortalecer el conocimiento, invertir en la ciencia, llevarla hasta el surco, hacer del crédito una herramienta para producir, construir mercados donde quien trabaja la tierra pueda prosperar, convertir nuestros residuos en recursos y nuestros suelos degradados en territorios de vida.

Pero, sobre todo, necesitamos recuperar algo que ninguna tecnología puede reemplazar, la confianza en nosotros mismos y en nuestra capacidad de construir juntos, esa es la verdadera transformación que Colombia necesita, una que nos encuentre alrededor de aquello que todos compartimos, la tierra que nos alimenta, el agua que nos da vida y el futuro que tendremos que entregar.

Quizá entonces, cuando las mariposas amarillas vuelvan a posarse sobre nuestros campos, no tendrán que preguntarnos qué hicimos durante estos cien años, podremos responderles que finalmente entendimos que la tierra no era solamente el lugar donde vivíamos, sino el legado que nos correspondía cuidar y que después de tantos años de soledad rural, decidimos volver a sembrar juntos.

 

 

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