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AGROECOLOGÍA |
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CIEN AÑOS DE SOLEDAD RURAL
POR. - IVAN R. PULIDO G / INGENIERO AGRONOMO
Las mariposas amarillas aún vuelan sobre Colombia, porque cien años de soledad rural ya han sido demasiados.
Dicen que las mariposas amarillas acompañaban a Mauricio Babilonia, tal vez algunas, cansadas de volar sobre Macondo, decidieron atravesar el tiempo y sobrevolar montañas, valles, ríos y llanuras hasta llegar a los rincones más apartados de Colombia y posarse para preguntarnos, ¿qué hicimos con esos cien años que nos fueron regalados?
Encontraron un país diferente, carreteras, edificios, celulares, satélites, drones, inteligencia artificial y ciudades que crecen hacia el cielo, pero también encontraron algo inquietantemente parecido a Macondo, una sociedad que cambia de gobiernos, nombres y discursos y que, con demasiada frecuencia, vuelve a encontrarse con los mismos problemas.
Tal vez
por eso “cien años de soledad rural” no sea solamente una metáfora de la
pobreza campesina, sino la paradoja de un país que aún no ha logrado
construir una política rural de Estado que trascienda los gobiernos de
cuatro años, cada gobierno con nuevos programas, nombres y promesas;
luego llega otro y comienza de nuevo, no obstante, la tierra no cambia
de gobierno, el árbol no cambia de parcela y el suelo no puede esperar
otros cuatro años.
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agua,
biodiversidad y conocimiento campesino, sin embargo, mientras hablamos
de innovación, la ciencia agrícola todavía lucha por llegar al lugar
donde debe demostrar su verdadero valor: el surco.
La ciencia no puede permanecer archivada en informes técnicos, el conocimiento que no llega al surco permanece incompleto, Colombia necesita fortalecer la transferencia tecnológica y la extensión rural, acompañadas de un crédito productivo que comprenda los tiempos de la agricultura y respete los ciclos de la naturaleza, sin obligar a la tierra a someterse al calendario de las vigencias presupuestales, los gobiernos cuentan los años; la tierra cuenta los ciclos.
A esta soledad sumada la del agricultor frente al mercado, compra los insumos, paga trabajadores, enfrenta el clima, espera meses por la cosecha y asume buena parte de los riesgos; sin embargo, cuando llega al mercado, muchas veces son otros quienes deciden cuánto vale su producto, no basta con producir alimentos si quienes alimentan al país continúan siendo pobres, el campo necesita mercados transparentes, transformación agroindustrial, asociatividad, infraestructura y capacidad de negociación, quien siembra y asume el riesgo también debe participar dignamente de la riqueza que genera, porque una agricultura que alimenta al país, pero no permite prosperar a quien la trabaja, todavía tiene una deuda pendiente con la sociedad.
Pero
Colombia aún tiene la oportunidad de aprender de la naturaleza, durante
demasiado tiempo ha construido su economía basada en extraer, producir,
consumir y desechar; la naturaleza enseña algo diferente, los residuos
agrícolas pueden convertirse en materia orgánica; la biomasa, en compost
y biochar; los subproductos pueden regresar al sistema productivo; los
árboles pueden producir alimentos, madera, sombra, biodiversidad y
servicios ecosistémicos, ¿por qué nuestra economía ha de ser diferente? |
Por eso
el campo colombiano no deberá continuar siendo el escenario de batallas
ideológicas, sino el lugar donde Colombia pueda reconciliarse consigo
misma, el pequeño y mediano productor no necesita compasión, necesita
oportunidades, ciencia en su parcela, crédito que acompañe sus ciclos,
mercados que reconozcan su trabajo y condiciones que permitan a sus
hijos encontrar un futuro digno en su territorio.
Quizá
Macondo no sea solamente un pueblo imaginario, quizá sea una advertencia
a una sociedad que puede quedar atrapada, cuando olvida lo que aprendió,
destruye lo que construyó y vuelve a comenzar en cada generación.
García Márquez nos dejó, desde la ficción, una advertencia sobre las sociedades que repiten su historia porque no aprenden de ella, Jaime Garzón, desde el humor, nos ayudó a mirarnos en el espejo de nuestros propios absurdos, quizá ambos nos dejaron, desde lenguajes diferentes, una pregunta semejante, ¿cuánto tiempo puede una sociedad repetir sus errores antes de decidir cambiar?
Colombia debe elegir otro destino, las mariposas amarillas aún vuelan sobre nuestras montañas, valles, ríos y llanuras, el campo todavía respira, la tierra todavía puede regenerarse, nuestros agricultores saben de su oficio de sembrar y mientras exista alguien dispuesto a poner una semilla en la tierra, habrá posibilidad de futuro.
Necesitamos continuar con lo que ha funcionado, fortalecer el
conocimiento, invertir en la ciencia, llevarla hasta el surco, hacer del
crédito una herramienta para producir, construir mercados donde quien
trabaja la tierra pueda prosperar, convertir nuestros residuos en
recursos y nuestros suelos degradados en territorios de vida.
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