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Una sociedad que mata a sus ciudadanos
porque es incapaz de aliviar su dolor

Por: Óscar Suárez
El pasado
15 de julio de 2026, Francia dio un paso histórico al aprobar la
eutanasia y el suicidio asistido bajo determinadas condiciones. Con esta
decisión se suma a otros países europeos como Bélgica, Países Bajos,
Luxemburgo y España, donde estas prácticas ya cuentan con un marco
legal.
Más allá de las discusiones jurídicas o políticas, este hecho invita a
una reflexión profunda sobre el rumbo que está tomando nuestra
civilización y sobre la manera en que las sociedades contemporáneas
están comprendiendo el sufrimiento humano.
Es innegable que nadie desea el dolor. La enfermedad, la dependencia, la
pérdida de capacidades físicas o cognitivas, el sufrimiento psíquico y
la proximidad de la muerte constituyen algunas de las experiencias más
difíciles de la existencia. Sin embargo, la pregunta que debemos
hacernos es si una sociedad verdaderamente desarrollada responde a esos
dramas eliminando al que sufre o fortaleciendo todos los recursos
posibles para aliviarlo, acompañarlo y dignificar su vida hasta el
último instante.

Cada vez parece hacerse más frecuente la tendencia a disminuir la
resistencia frente a las situaciones difíciles. En lugar de fortalecer
la capacidad humana para afrontar la adversidad, se busca eliminar
aquello que produce sufrimiento, incluso cuando ello implica terminar
con la propia vida. Bajo el argumento de construir sociedades más
civilizadas, respetuosas de la autonomía personal y del libre albedrío,
la muerte comienza a presentarse como una alternativa legítima para
resolver algunos de los dramas inevitables de la condición humana.
El problema es que, poco a poco, puede producirse un cambio cultural
profundo. La muerte deja de ser un acontecimiento natural del ciclo de
la vida para convertirse en una solución frente al sufrimiento. Y cuando
una sociedad comienza a normalizar esa idea, el riesgo es que el umbral
de tolerancia frente al dolor disminuya progresivamente.
Hoy se habla de enfermedades terminales; mañana podrían ampliarse las
causales hacia enfermedades crónicas, discapacidades severas,
sufrimientos psicológicos persistentes, soledad extrema o incluso el
agotamiento propio de la vejez. La frontera ética puede ir desplazándose
casi imperceptiblemente hasta el punto de considerar que determinadas
vidas han perdido suficiente calidad como para justificar su final
anticipado.
No se trata únicamente de un debate religioso o moral. Incluso desde una
perspectiva humanista, psicológica y antropológica, vale la pena
preguntarse qué mensaje estamos transmitiendo acerca del valor de la
existencia humana.
La vejez nunca ha sido una enfermedad. Tampoco la dependencia o la
vulnerabilidad son sinónimo de indignidad. Son etapas posibles de la
condición humana que exigen solidaridad, redes de apoyo, cuidados
paliativos de calidad, acompañamiento psicológico, atención médica
integral y una cultura del cuidado.
Cuando una sociedad encuentra más sencillo ofrecer la muerte que
garantizar esos apoyos, quizá el verdadero problema no sea el
sufrimiento de quien solicita morir, sino la incapacidad colectiva para
aliviar ese sufrimiento.
Como psicólogo, durante décadas he conocido personas que en determinados
momentos manifestaron deseos intensos de morir. Muchas de ellas no
buscaban realmente la muerte; buscaban que cesara un dolor físico,
emocional o existencial que les parecía insoportable. Cuando recibieron
atención adecuada, apoyo familiar, tratamiento oportuno y acompañamiento
profesional, recuperaron el sentido de vivir.
Esto demuestra que el deseo de morir, en numerosas ocasiones, no es
estable ni definitivo. Es la expresión extrema de un sufrimiento que
puede modificarse cuando aparecen nuevas razones para vivir.
Existe además otro aspecto que merece especial atención: el mensaje que
estas transformaciones culturales envían a las nuevas generaciones.
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Vivimos en una época caracterizada por la inmediatez. Todo parece
orientado hacia la rapidez, la comodidad y la obtención de resultados
con el menor esfuerzo posible. La inteligencia artificial, aunque
representa uno de los avances tecnológicos más extraordinarios de
nuestra historia, también puede contribuir —si no se utiliza
críticamente— a fortalecer la cultura del atajo, donde pensar menos,
esperar menos y esforzarse menos parecen convertirse en virtudes.
Las nuevas generaciones crecen rodeadas de tecnologías que simplifican
procesos, automatizan decisiones y reducen tiempos. Ese progreso es
positivo en muchos aspectos. Sin embargo, también puede favorecer una
menor tolerancia a la frustración y una creciente dificultad para
afrontar los procesos largos, el dolor, la incertidumbre y la espera,
elementos inseparables de toda existencia humana.
Si a esa
cultura de la inmediatez se suma la idea de que incluso la muerte puede
convertirse en una respuesta socialmente aceptable frente al
sufrimiento, el riesgo es que terminemos debilitando uno de los pilares
fundamentales de la salud mental: la capacidad de resiliencia.
La resiliencia no consiste en negar el dolor, sino en desarrollar
recursos personales y sociales para enfrentarlo. Es precisamente en
medio de las dificultades donde muchas personas descubren fortalezas que
desconocían, reconstruyen vínculos, encuentran nuevos significados y
transforman su propia historia.
Una
sociedad verdaderamente humana no debería medir su grado de civilización
únicamente por el reconocimiento de nuevas libertades individuales.
También debería evaluarse por su capacidad para cuidar a quienes sufren,
proteger a los más vulnerables, combatir la soledad, fortalecer la salud
mental y garantizar que ninguna persona llegue a pensar que morir es su
única alternativa.
El
progreso no consiste simplemente en ampliar el catálogo de derechos
relacionados con la muerte. El auténtico progreso consiste en construir
comunidades capaces de hacer que la vida, incluso en medio del
sufrimiento, siga siendo digna de ser vivida.
Quizá el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea aprender a facilitar
la muerte, sino aprender nuevamente a acompañar la vida.
Porque una sociedad que termina ofreciendo la muerte como respuesta al
sufrimiento corre el riesgo de convertirse, paradójicamente, en una
sociedad que mata a sus ciudadanos porque ha renunciado a aliviar su
dolor.
EL SER HUMANO DE CONQUISTADOR A CUIDADOR

Por: IVAN R. PULIDO G INGENIERO AGRONOMO
"La grandeza de una civilización no se mide por las
ciudades que levanta, sino por los bosques que decide conservar".
Mucho
antes de que el ser humano apareciera sobre la Tierra, la vida ya había
escrito la mayor parte de su historia, durante más de tres mil
quinientos millones de años, océanos, montañas, ríos, bosques y millones
de especies evolucionaron siguiendo un orden silencioso donde cada ser
cumplía una misión indispensable, unos transformaban la luz en alimento,
otros reciclaban la materia, algunos transportaban el polen y otros
dispersaban las semillas que permitirían renacer a los bosques, ninguna
especie acumulaba más de lo necesario ni destruía el sistema que
garantizaba su propia existencia.
Hace apenas trescientos mil años apareció el ser humano, un instante
casi imperceptible en la historia del planeta, no surgió separado de la
naturaleza, sino como una de sus expresiones más complejas, la evolución
le concedió un atributo único, la conciencia, es la única especie capaz
de preguntarse quién es, de dónde viene, hacia dónde va y cuáles serán
las consecuencias de sus actos.
Ese privilegio nunca significó el derecho de dominar la Tierra, por el
contrario, convirtió al ser humano en el único ser con la
responsabilidad moral de protegerla, la inteligencia encuentra su mayor
grandeza cuando comprende que el conocimiento solo tiene sentido si
preserva la vida, los primeros seres humanos jamás se consideraron
propietarios del mundo, eran vulnerables frente al clima, la escasez y
los depredadores, sobrevivían porque aprendieron a escuchar la
naturaleza, observaban las estaciones, seguían el comportamiento de los
animales, reconocían las plantas que alimentaban o curaban y entendían
que los ríos, los bosques y las montañas hablaban un lenguaje que debía
ser respetado.
La naturaleza fue su primera escuela, allí descubrieron que toda forma
de vida depende de otra, que el agua siempre encuentra su camino, que
los árboles sostienen la fertilidad del suelo y que ningún ser puede
vivir aislado del equilibrio que sostiene al conjunto, comprendieron,
sin necesidad de leyes ni tratados, que destruir el entorno era destruir
las condiciones de su propia existencia, la Tierra no era una propiedad,
era el hogar compartido de toda la vida.
Con el
nacimiento de la agricultura comenzó una de las transformaciones más
profundas
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de la historia humana,
la posibilidad de sembrar permitió establecer aldeas, construir ciudades
y dar origen a las grandes civilizaciones, florecieron la ciencia, la
filosofía, el arte y la escritura; la humanidad descubrió una capacidad
creadora que cambiaría para siempre su destino.
Pero junto con ese progreso empezó a modificarse la relación con la
naturaleza, el bosque dejó de verse únicamente como refugio para
convertirse en tierra cultivable; los humedales fueron drenados; los
ríos desviados y las montañas abiertas para extraer sus riquezas, lo que
durante milenios había sido contemplado como el fundamento de la vida
comenzó a percibirse como un depósito inagotable de recursos.
Al principio, aquella transformación respondió a una necesidad legítima,
alimentar poblaciones cada vez mayores, sin embargo, existe una
diferencia esencial entre satisfacer las necesidades de la vida y
alimentar una ambición que no conoce límites, cuando la riqueza comenzó
a medirse por la capacidad de extraer, acumular y consumir, la humanidad
empezó a olvidar que toda prosperidad depende de la capacidad de la
naturaleza para regenerarse.
La historia conserva innumerables advertencias, grandes civilizaciones
desaparecieron después de agotar sus bosques, erosionar sus suelos o
destruir las fuentes de agua que sustentaban su economía, ninguna
sociedad puede prosperar indefinidamente cuando destruye los sistemas
naturales que hacen posible su existencia.
Más tarde, la ciencia y la tecnología multiplicaron el poder
transformador del ser humano, la revolución industrial permitió producir
más bienes en menos tiempo, impulsó el crecimiento económico y aceleró
el desarrollo científico, sin embargo, también fortaleció la idea de que
el progreso consistía en dominar la naturaleza y que sus recursos eran
inagotables.
Desde entonces, el éxito comenzó a medirse por la producción y el
consumo, mientras los bosques disminuían, los suelos perdían fertilidad,
los ríos se contaminaban y el clima empezaba a alterarse, la economía y
la ecología, nacidas de una misma raíz, terminaron recorriendo caminos
opuestos.
La mayor paradoja de nuestra civilización consiste en que, cuanto más
poderosa se considera, más depende de aquello que no puede fabricar,
ninguna tecnología puede sustituir un bosque produciendo oxígeno, un
humedal purificando el agua, las abejas fecundando los cultivos o los
millones de microorganismos que mantienen viva la fertilidad del suelo,
son procesos silenciosos, invisibles y gratuitos que sostienen toda la
economía humana.
La verdadera riqueza del planeta no se encuentra únicamente en las
ciudades, las industrias o los mercados, descansa, sobre todo, en esos
procesos naturales que hacen posible la vida, cada bosque protege el
aire que respiramos; cada río mantiene el ciclo del agua; cada
centímetro de suelo fértil es el resultado de siglos de trabajo
biológico; cada especie representa una página irrepetible del largo
libro de la evolución.
Hoy la ciencia confirma lo que la naturaleza siempre enseñó, la
seguridad alimentaria, el agua potable, la estabilidad del clima, la
salud y la prosperidad económica dependen del equilibrio de los
ecosistemas, conservar la naturaleza no significa únicamente proteger
paisajes o evitar la desaparición de especies; significa preservar las
condiciones que hacen posible la continuidad de nuestra propia
civilización.
La verdadera conquista del ser humano no consiste en someter la Tierra,
sino en comprenderla, la inteligencia alcanza su máxima expresión cuando
deja de servir a la ambición y se convierte en instrumento de
responsabilidad, el progreso del siglo XXI no será recordado por la
velocidad de nuestras máquinas, sino por la sabiduría con que aprendamos
a convivir con el planeta que nos sostiene.
Quizá la lección más profunda de nuestra historia sea reconocer que
nunca dejamos de pertenecer a la naturaleza, podemos construir
rascacielos, desarrollar inteligencia artificial o explorar otros
planetas, pero seguiremos respirando el oxígeno de los bosques, bebiendo
el agua de los ciclos naturales y alimentándonos de la fertilidad de los
suelos, ningún avance científico podrá reemplazar los procesos que la
Tierra perfeccionó durante miles de millones de años.
Por ello, el verdadero desarrollo no consiste en producir cada vez más,
sino en aprender a producir mejor, una sociedad verdaderamente
civilizada es aquella capaz de generar bienestar sin destruir el
patrimonio natural que también pertenece a quienes aún no han nacido, la
prosperidad deja entonces de medirse por lo que extraemos del planeta y
comienza a medirse por aquello que somos capaces de conservar.
La Tierra puede continuar su historia sin la presencia del ser humano,
como lo hizo durante miles de millones de años, el ser humano, en
cambio, nunca podrá existir un solo día sin la Tierra, el comprender
esta verdad cambiará inevitablemente, nuestra manera de habitar el
mundo.
Cuando aceptemos que no somos propietarios del planeta, sino apenas una
generación de paso en su inmensa historia, dejaremos de actuar como
conquistadores y recuperaremos nuestra verdadera misión, ser guardianes
conscientes de la vida, porque el mayor legado que una generación puede
entregar no son sus monumentos ni su riqueza, sino un planeta más sano,
más diverso y más fértil que el que recibió.
Solo entonces podremos afirmar que la inteligencia humana alcanzó su
propósito más elevado, proteger aquello que jamás podrá reemplazar.
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