Bogotá, Colombia -Edición: 980

 Fecha: Domingo 19-07-2026

 

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COLUMNISTAS

 

 

 

Una sociedad que mata a sus ciudadanos porque es incapaz de aliviar su dolor

 

 

Por: Óscar Suárez

 

El pasado 15 de julio de 2026, Francia dio un paso histórico al aprobar la eutanasia y el suicidio asistido bajo determinadas condiciones. Con esta decisión se suma a otros países europeos como Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo y España, donde estas prácticas ya cuentan con un marco legal.

Más allá de las discusiones jurídicas o políticas, este hecho invita a una reflexión profunda sobre el rumbo que está tomando nuestra civilización y sobre la manera en que las sociedades contemporáneas están comprendiendo el sufrimiento humano.

Es innegable que nadie desea el dolor. La enfermedad, la dependencia, la pérdida de capacidades físicas o cognitivas, el sufrimiento psíquico y la proximidad de la muerte constituyen algunas de las experiencias más difíciles de la existencia. Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos es si una sociedad verdaderamente desarrollada responde a esos dramas eliminando al que sufre o fortaleciendo todos los recursos posibles para aliviarlo, acompañarlo y dignificar su vida hasta el último instante.

 



Cada vez parece hacerse más frecuente la tendencia a disminuir la resistencia frente a las situaciones difíciles. En lugar de fortalecer la capacidad humana para afrontar la adversidad, se busca eliminar aquello que produce sufrimiento, incluso cuando ello implica terminar con la propia vida. Bajo el argumento de construir sociedades más civilizadas, respetuosas de la autonomía personal y del libre albedrío, la muerte comienza a presentarse como una alternativa legítima para resolver algunos de los dramas inevitables de la condición humana.

El problema es que, poco a poco, puede producirse un cambio cultural profundo. La muerte deja de ser un acontecimiento natural del ciclo de la vida para convertirse en una solución frente al sufrimiento. Y cuando una sociedad comienza a normalizar esa idea, el riesgo es que el umbral de tolerancia frente al dolor disminuya progresivamente.

Hoy se habla de enfermedades terminales; mañana podrían ampliarse las causales hacia enfermedades crónicas, discapacidades severas, sufrimientos psicológicos persistentes, soledad extrema o incluso el agotamiento propio de la vejez. La frontera ética puede ir desplazándose casi imperceptiblemente hasta el punto de considerar que determinadas vidas han perdido suficiente calidad como para justificar su final anticipado.

No se trata únicamente de un debate religioso o moral. Incluso desde una perspectiva humanista, psicológica y antropológica, vale la pena preguntarse qué mensaje estamos transmitiendo acerca del valor de la existencia humana.

La vejez nunca ha sido una enfermedad. Tampoco la dependencia o la vulnerabilidad son sinónimo de indignidad. Son etapas posibles de la condición humana que exigen solidaridad, redes de apoyo, cuidados paliativos de calidad, acompañamiento psicológico, atención médica integral y una cultura del cuidado.

Cuando una sociedad encuentra más sencillo ofrecer la muerte que garantizar esos apoyos, quizá el verdadero problema no sea el sufrimiento de quien solicita morir, sino la incapacidad colectiva para aliviar ese sufrimiento.

Como psicólogo, durante décadas he conocido personas que en determinados momentos manifestaron deseos intensos de morir. Muchas de ellas no buscaban realmente la muerte; buscaban que cesara un dolor físico, emocional o existencial que les parecía insoportable. Cuando recibieron atención adecuada, apoyo familiar, tratamiento oportuno y acompañamiento profesional, recuperaron el sentido de vivir.

Esto demuestra que el deseo de morir, en numerosas ocasiones, no es estable ni definitivo. Es la expresión extrema de un sufrimiento que puede modificarse cuando aparecen nuevas razones para vivir.

Existe además otro aspecto que merece especial atención: el mensaje que estas transformaciones culturales envían a las nuevas generaciones.
 

 


Vivimos en una época caracterizada por la inmediatez. Todo parece orientado hacia la rapidez, la comodidad y la obtención de resultados con el menor esfuerzo posible. La inteligencia artificial, aunque representa uno de los avances tecnológicos más extraordinarios de nuestra historia, también puede contribuir —si no se utiliza críticamente— a fortalecer la cultura del atajo, donde pensar menos, esperar menos y esforzarse menos parecen convertirse en virtudes.


Las nuevas generaciones crecen rodeadas de tecnologías que simplifican procesos, automatizan decisiones y reducen tiempos. Ese progreso es positivo en muchos aspectos. Sin embargo, también puede favorecer una menor tolerancia a la frustración y una creciente dificultad para afrontar los procesos largos, el dolor, la incertidumbre y la espera, elementos inseparables de toda existencia humana.

 

Si a esa cultura de la inmediatez se suma la idea de que incluso la muerte puede convertirse en una respuesta socialmente aceptable frente al sufrimiento, el riesgo es que terminemos debilitando uno de los pilares fundamentales de la salud mental: la capacidad de resiliencia.

La resiliencia no consiste en negar el dolor, sino en desarrollar recursos personales y sociales para enfrentarlo. Es precisamente en medio de las dificultades donde muchas personas descubren fortalezas que desconocían, reconstruyen vínculos, encuentran nuevos significados y transforman su propia historia.

 

Una sociedad verdaderamente humana no debería medir su grado de civilización únicamente por el reconocimiento de nuevas libertades individuales. También debería evaluarse por su capacidad para cuidar a quienes sufren, proteger a los más vulnerables, combatir la soledad, fortalecer la salud mental y garantizar que ninguna persona llegue a pensar que morir es su única alternativa.

 

El progreso no consiste simplemente en ampliar el catálogo de derechos relacionados con la muerte. El auténtico progreso consiste en construir comunidades capaces de hacer que la vida, incluso en medio del sufrimiento, siga siendo digna de ser vivida.

Quizá el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea aprender a facilitar la muerte, sino aprender nuevamente a acompañar la vida.

Porque una sociedad que termina ofreciendo la muerte como respuesta al sufrimiento corre el riesgo de convertirse, paradójicamente, en una sociedad que mata a sus ciudadanos porque ha renunciado a aliviar su dolor.

 

EL SER HUMANO DE CONQUISTADOR A CUIDADOR

 

 

Por: IVAN R. PULIDO G INGENIERO AGRONOMO

 

"La grandeza de una civilización no se mide por las ciudades que levanta, sino por los bosques que decide conservar".

 

Mucho antes de que el ser humano apareciera sobre la Tierra, la vida ya había escrito la mayor parte de su historia, durante más de tres mil quinientos millones de años, océanos, montañas, ríos, bosques y millones de especies evolucionaron siguiendo un orden silencioso donde cada ser cumplía una misión indispensable, unos transformaban la luz en alimento, otros reciclaban la materia, algunos transportaban el polen y otros dispersaban las semillas que permitirían renacer a los bosques, ninguna especie acumulaba más de lo necesario ni destruía el sistema que garantizaba su propia existencia.

Hace apenas trescientos mil años apareció el ser humano, un instante casi imperceptible en la historia del planeta, no surgió separado de la naturaleza, sino como una de sus expresiones más complejas, la evolución le concedió un atributo único, la conciencia, es la única especie capaz de preguntarse quién es, de dónde viene, hacia dónde va y cuáles serán las consecuencias de sus actos.

Ese privilegio nunca significó el derecho de dominar la Tierra, por el contrario, convirtió al ser humano en el único ser con la responsabilidad moral de protegerla, la inteligencia encuentra su mayor grandeza cuando comprende que el conocimiento solo tiene sentido si preserva la vida, los primeros seres humanos jamás se consideraron propietarios del mundo, eran vulnerables frente al clima, la escasez y los depredadores, sobrevivían porque aprendieron a escuchar la naturaleza, observaban las estaciones, seguían el comportamiento de los animales, reconocían las plantas que alimentaban o curaban y entendían que los ríos, los bosques y las montañas hablaban un lenguaje que debía ser respetado.

La naturaleza fue su primera escuela, allí descubrieron que toda forma de vida depende de otra, que el agua siempre encuentra su camino, que los árboles sostienen la fertilidad del suelo y que ningún ser puede vivir aislado del equilibrio que sostiene al conjunto, comprendieron, sin necesidad de leyes ni tratados, que destruir el entorno era destruir las condiciones de su propia existencia, la Tierra no era una propiedad, era el hogar compartido de toda la vida.

 

Con el nacimiento de la agricultura comenzó una de las transformaciones más profundas

 


de la historia humana, la posibilidad de sembrar permitió establecer aldeas, construir ciudades y dar origen a las grandes civilizaciones, florecieron la ciencia, la filosofía, el arte y la escritura; la humanidad descubrió una capacidad creadora que cambiaría para siempre su destino.


Pero junto con ese progreso empezó a modificarse la relación con la naturaleza, el bosque dejó de verse únicamente como refugio para convertirse en tierra cultivable; los humedales fueron drenados; los ríos desviados y las montañas abiertas para extraer sus riquezas, lo que durante milenios había sido contemplado como el fundamento de la vida comenzó a percibirse como un depósito inagotable de recursos.

Al principio, aquella transformación respondió a una necesidad legítima, alimentar poblaciones cada vez mayores, sin embargo, existe una diferencia esencial entre satisfacer las necesidades de la vida y alimentar una ambición que no conoce límites, cuando la riqueza comenzó a medirse por la capacidad de extraer, acumular y consumir, la humanidad empezó a olvidar que toda prosperidad depende de la capacidad de la naturaleza para regenerarse.


La historia conserva innumerables advertencias, grandes civilizaciones desaparecieron después de agotar sus bosques, erosionar sus suelos o destruir las fuentes de agua que sustentaban su economía, ninguna sociedad puede prosperar indefinidamente cuando destruye los sistemas naturales que hacen posible su existencia.

Más tarde, la ciencia y la tecnología multiplicaron el poder transformador del ser humano, la revolución industrial permitió producir más bienes en menos tiempo, impulsó el crecimiento económico y aceleró el desarrollo científico, sin embargo, también fortaleció la idea de que el progreso consistía en dominar la naturaleza y que sus recursos eran inagotables.

Desde entonces, el éxito comenzó a medirse por la producción y el consumo, mientras los bosques disminuían, los suelos perdían fertilidad, los ríos se contaminaban y el clima empezaba a alterarse, la economía y la ecología, nacidas de una misma raíz, terminaron recorriendo caminos opuestos.

La mayor paradoja de nuestra civilización consiste en que, cuanto más poderosa se considera, más depende de aquello que no puede fabricar, ninguna tecnología puede sustituir un bosque produciendo oxígeno, un humedal purificando el agua, las abejas fecundando los cultivos o los millones de microorganismos que mantienen viva la fertilidad del suelo, son procesos silenciosos, invisibles y gratuitos que sostienen toda la economía humana.

La verdadera riqueza del planeta no se encuentra únicamente en las ciudades, las industrias o los mercados, descansa, sobre todo, en esos procesos naturales que hacen posible la vida, cada bosque protege el aire que respiramos; cada río mantiene el ciclo del agua; cada centímetro de suelo fértil es el resultado de siglos de trabajo biológico; cada especie representa una página irrepetible del largo libro de la evolución.

Hoy la ciencia confirma lo que la naturaleza siempre enseñó, la seguridad alimentaria, el agua potable, la estabilidad del clima, la salud y la prosperidad económica dependen del equilibrio de los ecosistemas, conservar la naturaleza no significa únicamente proteger paisajes o evitar la desaparición de especies; significa preservar las condiciones que hacen posible la continuidad de nuestra propia civilización.

La verdadera conquista del ser humano no consiste en someter la Tierra, sino en comprenderla, la inteligencia alcanza su máxima expresión cuando deja de servir a la ambición y se convierte en instrumento de responsabilidad, el progreso del siglo XXI no será recordado por la velocidad de nuestras máquinas, sino por la sabiduría con que aprendamos a convivir con el planeta que nos sostiene.

Quizá la lección más profunda de nuestra historia sea reconocer que nunca dejamos de pertenecer a la naturaleza, podemos construir rascacielos, desarrollar inteligencia artificial o explorar otros planetas, pero seguiremos respirando el oxígeno de los bosques, bebiendo el agua de los ciclos naturales y alimentándonos de la fertilidad de los suelos, ningún avance científico podrá reemplazar los procesos que la Tierra perfeccionó durante miles de millones de años.

Por ello, el verdadero desarrollo no consiste en producir cada vez más, sino en aprender a producir mejor, una sociedad verdaderamente civilizada es aquella capaz de generar bienestar sin destruir el patrimonio natural que también pertenece a quienes aún no han nacido, la prosperidad deja entonces de medirse por lo que extraemos del planeta y comienza a medirse por aquello que somos capaces de conservar.

La Tierra puede continuar su historia sin la presencia del ser humano, como lo hizo durante miles de millones de años, el ser humano, en cambio, nunca podrá existir un solo día sin la Tierra, el comprender esta verdad cambiará inevitablemente, nuestra manera de habitar el mundo.

Cuando aceptemos que no somos propietarios del planeta, sino apenas una generación de paso en su inmensa historia, dejaremos de actuar como conquistadores y recuperaremos nuestra verdadera misión, ser guardianes conscientes de la vida, porque el mayor legado que una generación puede entregar no son sus monumentos ni su riqueza, sino un planeta más sano, más diverso y más fértil que el que recibió.

Solo entonces podremos afirmar que la inteligencia humana alcanzó su propósito más elevado, proteger aquello que jamás podrá reemplazar.

 

 

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